14 Nov 2009 - 8:59 p. m.

La alegría de respirar sin máquinas

Cinco años después de recibir dos disparos que cambiaron su vida, el profesor Luis Fernando Montoya logró anotar el gol más importante en su rehabilitación.

Pablo Correa

Respirar, algo en lo que la mayoría de seres humanos ni siquiera reparamos, para el profesor Luis Fernando Montoya se convirtió durante cinco largos años en una tarea dispendiosa. Los dos disparos que recibió aquel 22 de diciembre de 2004 lesionaron su médula espinal a la altura de la tercera y cuarta vértebras cervicales, muy cerca de los centros nerviosos que controlan el ritmo respiratorio.

Para llenar sus pulmones de aire, el ‘profe’ dependía desde entonces de un ventilador mecánico y un marcapasos pulmonar. El ventilador, un aparato de unos cuatro kilogramos y del tamaño de tres baterías de carro, hacía las veces de fuelle electrónico impulsando el aire hacia los pulmones. Para programarlo y vigilar que funcionara adecuadamente, un terapeuta respiratorio permanecía cerca las 24 horas del día.

El marcapasos, instalado debajo de una tetilla, servía para enviar impulsos eléctricos al diafragma, principal músculo de la respiración, obligándolo a contraerse y ayudar en el proceso.

Si no fuera porque de esos dos aparatos dependía mantenerse con vida, podría decirse que representaban una tortura diaria. Por eso, el viernes antepasado quedará grabado en la memoria del ‘profe’ Montoya como uno de los más felices de su vida, comparable al de aquella noche que levantó la Copa Libertadores. El doctor Diego Lalinde, especialista en medicina interna y cuidados intensivos de la Clínica Las Américas, fue quien le anunció que estaba listo para desconectarse de los aparatos y respirar por cuenta propia.

Vuelve la voz

“Ha sido el momento más feliz de la recuperación”, responde el ‘profe’ desde su casa campestre en las afueras del municipio de Caldas, Antioquia. La voz ha ido recuperando fuerza, y al otro lado de la línea telefónica ya no suena entrecortada como antes. “Sin el marcapasos y el ventilador puedo conversar mas tranquilamente con los amigos”, celebra el ex técnico del Once Caldas.

Para un hombre del que todos esperan un comentario sobre el último partido de fútbol, un hijo de ocho años queriendo aprender de todo y cuatro cursos de estudiantes del Sena que cada semana esperan las enseñanzas sobre dirección técnica de un equipo, recuperar fuerza en la voz es una de las mejores noticias que podía recibir.

Luis Alfonso Sosa, el psicólogo y amigo personal de la familia Montoya, dice que al dejar de lado las máquinas su paciente ganó más independencia: “Con el lenguaje puede dirigir la vida. Ahora da órdenes que antes intentaba transmitir con señas o los labios”. Sin el grillete que representaba el ventilador, el ‘profe’ puede movilizarse por toda la casa. “Ahora todo es más fácil. Puede ir a los balcones, al comedor, al parqueadero. Los desplazamientos para las clases y los homenajes ahora son menos complicados. Lo mínimo que se lleva es una bala de oxígeno”, cuenta Sosa.

En manos de los médicos

El doctor Lalinde es quien ha estado coordinando cada detalle del proceso de rehabilitación del ‘profe’. Ha tenido que aprender sobre la marcha, pues en Colombia nunca antes se había instalado un marcapasos pulmonar y hoy son muy pocos los que cuentan con uno.

“En cuatro años nos concentramos en un programa de entrenamiento muscular, del diafragma y de los músculos respiratorios”, explica Lalinde. El diafragma izquierdo que no funcionaba luego del disparo lo intentaron rehabilitar reconstruyendo el nervio frénico que inerva este músculo, pero desafortunadamente no tuvieron éxito. Así que toda la tarea dependía de fortalecer la actividad del lado derecho del diafragma. Con intensas jornadas de terapia respiratoria fue aumentando la autonomía del sistema.

“Gracias al marcapasos respiratorio poco a poco fuimos quitando el ventilador mecánico. Primero lo hacíamos por períodos muy cortos, unos pocos minutos. Luego pasamos a experimentar hasta un día completo sin ayuda mecánica”. El viernes antepasado ya no había dudas de que podría respirar por sí mismo.

“La idea mía era quitar el respirador algún día, pero no creíamos que podríamos quitar también el marcapasos”, comenta Lalinde también sorprendido de la recuperación.

Próxima meta

Como buen estratega, Montoya ya está pensando en el siguiente paso. Lo dice de manera escueta: aumentar tono de voz y recuperar movilidad. El doctor Lalinde añade que por lo pronto buscan que tenga una tos efectiva. La tos es la mejor señal de que los pulmones están trabajando sin fallas y el seguro contra las infecciones por culpa de secreciones acumuladas.

“Si somos capaces de que tosa y expectore, el paso siguiente es quitar la cánula de la traqueostomía para que sólo respire por boca y nariz”, comenta Lalinde.

Esos son los planes a corto plazo. Pero está demostrado que a Montoya le gustan los premios gordos.  “Él dice que quiere volver a ponerse al frente de un equipo -confiesa su amigo, el psicólogo Sosa-. Ahora tiene mucha más energía psicológica. Muchos de los pacientes en condiciones similares se derrumban cuando no ven avances. No ha sido el caso del ‘profe’”.


¿Recuperar movilidad?

Una lesión con arma de fuego sobre las vértebras cervicales es una de las lesiones más graves que puede sufrir un ser humano. Los millones de axones, largas colas de las neuronas que se extienden a lo largo de la médula y que constituyen la red eléctrica que conecta cada parte del cuerpo con el cerebro, son brutalmente cortadas. Los más antiguos médicos, 1700 años antes de Cristo, ya advertían los malos pronósticos de estas lesiones medulares: “Una dolencia que no debe ser tratada”.

Aunque la medicina en el siglo XX ha logrado avances extraordinarios, aún sigue siendo un reto para la ciencia descubrir la manera de reconectar los dos haces de nervios. Las células madre y la microelectrónica son campos en los que bullen las esperanzas.

“En lesiones de médula espinal a nivel del tórax y en la zona lumbar ya se están haciendo trasplantes de células madre con relativo éxito”, explica Lalinde. Luego de experimentos con ratas y conejos rehabilitados ya están en curso algunos con humanos.

En las zonas cervicales, donde se encuentra la lesión de Montoya, la investigación va un poco más retrasada. La médula aquí es distinta y más compleja.

Para el ‘profe’, como lo apuntó en su columna de El Espectador el pasado 31 de octubre citando a Voltaire: “Más verdad dice la fe que los ojos”.

Molécula para reconectar nervios

En agosto de este año investigadores de la Universidad de California en San Diego (Estados Unidos) anunciaron que habían logrado la reconexión anatómica de los nervios cortados en la médula espinal de ratones.

En el estudio, publicado en la revista ‘Nature Neuroscience’, explicaron la nueva técnica, que consiste en utilizar una molécula que se produce de forma natural y que promueve el crecimiento de los nervios. Injertos de médula ósea fueron utilizados para servir de puentes a los nervios en crecimiento.

Cinco años de recuperación

Apenas seis meses después de levantar la Copa Libertadores con su equipo el Once Caldas en julio de 2004, el técnico Luis Fernando Montoya fue víctima de un robo en el que resultó herido con dos disparos.

Desde que fue atendido en la Clínica Las Américas de Medellín los médicos tuvieron que conectarlo a un ventilador mecánico, pues la lesión en la médula espinal afectó los centros nerviosos que controlan el movimiento de los músculos a cargo de la respiración.

Según el terapeuta respiratorio Alexánder Palacios, quien asiste al ‘profe’ en turnos de 12 horas diarias, ha sido necesario estar siempre a su lado para limpiar las secreciones, programar la máquina y resolver emergencias como un corte de luz. “Si no se tienen los cuidados necesarios, el ‘profe’ podría morir en cualquier momento”, apuntó.

Ahora que lo han desconectado y respira por su propia cuenta, los riesgos de infección disminuyen drásticamente.

Superman no logró dejar el ventilador

El 22 de mayo de 1995 la vida del actor estadounidense Christopher Reeve, famoso por su papel de Superman, cambió para siempre. Durante una competición hípica en Culpepper, Virginia, cayó de su caballo y se fracturó las dos primeras vértebras cervicales quedando cuadripléjico.

Durante nueve años, junto a su esposa, Dana Reeve, dirigieron una fundación dedicada a prestar ayuda a otros pacientes con lesiones similares y a buscar apoyo político y financiero para impulsar la investigación con células madre para el tratamiento de la médula espinal.

El 9 de octubre de 2004, aquejado por una infección, Reeve sufrió un ataque cardíaco y falleció horas más tarde. En los nueve años nunca logró desconectarse del ventilador mecánico.

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