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21 Jul 2013 - 9:00 p. m.

La dieta de los tuyucas

Indígenas del Vaupés consumen más de 27 especies de fauna, entre roedores, anfibios, insectos y mamíferos. ¿Colombia desaprovecha su biodiversidad?

Redacción Vivir

Durante seis meses los indígenas tuyucas y baras que habitan las comunidades de Bella Vista de Aviyú y Puerto Loro de Macucú —cerca del río Tiquié, en Vaupés— fotografiaron cientos de animales que cazaron y luego consumieron en sus resguardos. (VER GALERÍA DE IMÁGENES)

Las imágenes hicieron parte de un estudio liderado por el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi), financiado además por el Banco Interamericano de Desarrollo, la Gobernación del Vaupés y Colciencias, y con el que se pretende conocer el uso que les dan estos grupos ancestrales a la fauna silvestre.

“Estas investigaciones nos permiten contar con un diagnóstico y un monitoreo realizados por las mismas comunidades, las cuales revelaron que siguen alimentándose de especies que los habitantes de las ciudades no consumen, como hormigas, termitas, larvas de avispas y de mariposas. Así podemos entregar un material que servirá para documentar las costumbres ancestrales que siguen vivas y que merecen respeto”, dice la directora del Sinchi, Luz Marina Mantilla.

La investigación mostró que estas dos comunidades de la Amazonia colombiana consumen 27 especies de fauna. Se destaca el consumo de roedores, insectos y anfibios y la poca caza de mamíferos de mayor tamaño, como la danta, los venados y los zainos.

El antropólogo Enrique Sánchez, de la Fundación Erigaie y quien lideró la formulación de la Política de Salvaguardia de Alimentos y Cocinas Tradicionales en el país, cuenta que el consumo de fauna silvestre en comunidades amazónicas, como la del Vaupés, es de vieja data. “Aunque algunos crean que se trata de una respuesta a una crisis alimentaria, la dieta de los indígenas de esta región se ha basado tradicionalmente en productos silvestres como insectos o anfibios”.

La peculiar costumbre alimenticia responde a que los suelos de este departamento no son muy fértiles, pero sí cuentan con una gran biodiversidad. “Los indígenas tienen que aprovechar su riqueza para no morir de hambre, por eso prácticamente todo lo que se mueve en esta zona va directamente a la boca de las poblaciones”, resalta el antropólogo.

Si bien la yuca y sus derivados son los elementos principales de la dieta de las comunidades del Vaupés, la fuente de proteínas “depende de la oferta ambiental. Por eso es normal el consumo de carne de monte, armadillo, pescado, insectos, serpientes, tortugas y ranas”.

Lo más común para el consumo es el mojojoy, larva de un insecto que se hospeda abundantemente sobre unas palmas conocidas como moriches. “Es una fuente inmensa de proteínas, carbohidratos, minerales, ácidos grasos y poliinsaturados, y el sabor es muy agradable, como a maní, un poco a la palma donde se hospeda. Se come crudo o asado”, explica Sánchez.

Asimismo, durante las largas temporadas de caza (fundamentalmente masculina) los indígenas van capturando insectos como grillos y se los llevan crudos a la boca. También es común recolectar hormigas, tostarlas en el fogón, machacarlas en el pilón, molerlas y mezclar ese polvo con ají seco y pulverizado. “Esta mezcla, aparte de tener un sabor muy agradable, también se lleva para coger fuerzas durante las duras jornadas de cacería”.

Hay otros platos más sofisticados, por ejemplo, el zarapaté o tortuga asada en su propia caparazón. Para lograrlo hay que tener experiencia y conocimiento de su preparación: “Sacarle la hiel con mucho cuidado y darle vueltas en el fogón hasta un punto exacto. El resultado es un sabor fuerte y exótico para nosotros, pero al que con el tiempo se le va cogiendo gusto”, dice Sánchez.

La sopa de grillos también es muy popular. Además de que el ingrediente principal es abundante y fácil de atrapar, se dice que el caldo de este insecto ayuda a curar cálculos renales y a desinflamar la próstata. Por otro lado, los grillos tienen una eficiencia proteínica increíble: necesitan 12 veces menos alimento que el ganado para producir la misma cantidad de proteínas.

La carne de serpiente, de acuerdo con las descripciones de Sánchez, “es muy sabrosa, pero hay que tener cuidado de quitarles la glándula del veneno y la hiel”.

Según el experto, los indígenas son sabios en el manejo de sus alimentos: “No desperdician nada”. Cuando hay abundancia de algún producto de consumo, hacen fiestas y rituales e invitan a comunidades y familias vecinas, y “al mismo tiempo que se hace uso del excedente de alimentos, se fortalecen los lazos comunitarios”.

La variedad de productos que consumen estas comunidades es inmensa. “Hemos realizado estudios y en un cesto de recolección de un indígena uno puede encontrar, entre raíces, plantas, flores e insectos, hasta 77 productos que comen cotidianamente”.

Pero para lograr esa tremenda variedad, los indígenas tienen que tener habilidades muy bien desarrolladas. “La cotidianidad indígena en la selva depende mucho de la observación y la suspicacia que han desarrollado durante cientos de años. Sus sentidos tienen que ser muy agudos para saber cuándo y dónde van a encontrar sus presas”.

Sobre las técnicas de cocción que utilizan comunidades indígenas como las del Vaupés, el antropólogo menciona como fundamentales el cocido y el ahumado, mientras que “el frito no es tradición amazónica y los alimentos en general tienen pocas grasas saturadas”.

Por eso, explica, “es una dieta muy sana, con alto valor cultural e histórico, porque nos deja ver con mucha fidelidad cómo vivían los indígenas en otros tiempos, y es una comida que nos enseña a usar mejor la oferta ambiental. En las ciudades pasamos por encima de la capacidad que tiene la tierra para darnos alimentos. Sobreexplotamos unos pocos productos y dejamos convertir en maleza flores, raíces y plantas con altos valores nutricionales”.

Para Sánchez, en Colombia falta investigación sobre el consumo de insectos, que sería muy útil si se tiene en cuenta que abundan. Sin embargo, dice, “el país es muy reacio al consumo de especies exóticas, hay muchos prejuicios alimentarios, somos fóbicos a los insectos, pesan las tradiciones europeas y africanas que tiene nuestra dieta y estamos desperdiciando una gran fuente de proteínas”.

Hace unos meses, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) recomendó comer insectos “como una posible solución al hambre en el mundo”, teniendo en cuenta que el cambio climático y la escasez de agua podrían complicar la producción de alimentos y que en 2030 el mundo tendrá que alimentar a más de 9.000 millones de personas.

De acuerdo con el organismo, avispas, escarabajos y otros insectos están “infrautilizados” como alimento. “Los insectos están en todas partes y se reproducen rápidamente con un bajo impacto medioambiental”, destaca.

La FAO señala que los insectos son nutritivos, con alto contenido de proteínas, grasas y minerales, por lo que podrían ser un “suplemento alimenticio para los niños desnutridos”. Además, producen menos gases de efecto invernadero, dañinos para el medio ambiente, que el ganado.

Sin embargo, la existencia de estas dietas, que podrían considerarse un patrimonio cultural inmaterial, corre peligro. Según Enrique Sánchez, los cambios culturales y sociales provocados por la entrada de colonos a las comunidades, los desplazamientos o las pérdidas de territorio, hacen que los indígenas comiencen a basar su dieta únicamente en la yuca (algo que encontrarán en cualquier lugar). La consecuencia, dice, es que se va perdiendo el legado de esta tradición, además de que “el desarraigo es muy peligroso porque lleva a la desnutrición de las comunidades”, resalta.

De hecho, según la última Encuesta Nacional de la Situación Nutricional en Colombia, después de la región Atlántica, la Amazonia presenta los índices más altos de desnutrición crónica en el país (3,6%) y está entre las que menos lácteos y frutas consume a diario.

Pero no sólo las invasiones y los destierros amenazan el patrimonio gastronómico de la selva. Las fobias y la falta de conocimiento de los citadinos también condenan al olvido estos saberes ancestrales.

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FAO
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