13 Apr 2012 - 3:00 a. m.

La férrea posición de EE.UU

Cinco expertos en la materia le cuentan a El Espectador las razones de Barack Obama para negarse a cambiar su política contra el narcotráfico. Otros mandatarios expondrán alternativas durante la Cumbre de las Américas.

Daniel Pacheco

Luego de 40 años de fracasos, finalmente América Latina logró en la Cumbre de las Américas que EE.UU. se siente, por primera vez y con muchas reservas, a debatir alternativas. ¿Por qué ha sido tan difícil para EE.UU. pensar en cambios de una política de drogas que arroja pocos resultados? ¿Qué obstáculos seguirán frenando el debate? El Espectador consulta cinco expertos en política de drogas y política interna de ese país, y esto fue lo que revelaron:

Peter Hakim, presidente emérito del Diálogo Interamericano —centro de análisis líder sobre América Latina en Washington—, opina que a EE.UU. lo tomó por sorpresa que el tema de drogas haya sido propuesto en esta cumbre por tres de sus aliados (Santos, Calderón y Pérez Molina), de una forma que los acusa de no poder reducir su consumo ni las ganancias para los ‘narcos’.

“El vicepresidente Joe Biden fue enviado de urgencia a Centroamérica para bajarle la caña al debate, pero cuando se dio cuenta de que el sentimiento de una discusión abierta era inevitable, salió con la fórmula de: ‘Lo discutiremos todo lo que quieran, pero no vamos a cambiar de posición. Imagínese qué pasaría si Irán dijera lo mismo de su programa nuclear’. La Casa Blanca no quiere comprometerse en ningún tema que pueda crearle dificultades en un año electoral.

“EE.UU. está menos comprometido con esta cumbre que todas las cumbres que yo he visto en el pasado. Si uno compara las consultas, los documentos, los temas, EE.UU ha propuesto una cumbre de baja energía. Le he preguntado a personas en la Casa Blanca y el Departamento de Defensa cuáles son sus objetivos, y sólo recibo respuestas vagas. Un funcionario me dijo directamente que lo que quieren es una cumbre pacífica, sin controversias”, agrega Hakim.

Otto Reich, quien ha trabajado como asesor en temas de Latinoamérica, para los presidentes Ronald Regan, George H. W. Bush, y George W. Bush, y quien además fue subsecretario de Estado para el hemisferio occidental en el 2002, estima que “Obama va a regañadientes a la Cumbre, no sólo por los temas de drogas, sino porque en general los países de América Latina no se han ayudado a sí mismos en la manera en que han promovido esta reunión. Se han centrado en dos temas importantes para ellos pero que el presidente no puede manejar. El tema de las drogas y los cambios que habría que hacer le pertenecen al Congreso, pues hay que cambiar la ley. Por eso parece que América Latina no quisiera una cumbre exitosa, diciendo ‘vamos a fastidiar a los gringos con estos temas’”.

“Además, no están hablando de los dos puntos fundamentales en el tema de drogas; primero, el del consumo en EE.UU, para el que hay que aumentar las penas de cárcel por consumir, e incrementar el papel de la policía; segundo, el de la corrupción en América Latina, donde hay varios presidentes y gobiernos que se financian del narcotráfico, como Hugo Chávez, quien tiene a nueve altos funcionarios en la lista Clinton. Yo he estado en ese tipo de reuniones con tres presidentes, y sé que Obama tiene muy claro quiénes son”, señala Reich.

Según John Walsh, investigador de WOLA, una organización de derechos humanos en Washington, “las políticas de drogas funcionan bien en EEUU. Los niveles de crímenes están en su punto más bajo en las últimas décadas, a pesar del encarcelamiento masivo de personas”. Y aunque ambos partidos reconocen que la criminalidad es un problema, no hay voluntad de tener un debate más amplio en el tema de política de drogas.

“En un año electoral en el que, además de votaciones para presidente irán a las urnas senadores y representantes, los demócratas que están en el poder siempre se cuidan de aparecer como blandos con las drogas y el crimen. En el caso de Obama en particular, este no quiere aparecer muy acomodador de sus críticos, incluso si son aliados cercanos, en una elección donde las relaciones internacionales pueden ser un tema”.

Alejandro Hope, académico mejicano y director del proyecto ‘Menos crimen, menos castigo’, estima que “el régimen internacional está construido para no cambiar. Es una arquitectura que premia el consenso en organismos como la ONU. Hay un montón de países para los cuales éste es un tema secundario, y a los cuales les funciona la política como está. El consenso que sale de esta discusión es cómo hacemos para que el régimen que tenemos haga menos daños, sin necesariamente transformar radicalmente el sistema de la política antidrogas”.

“Además, falta un esfuerzo de imaginación. Hay varios modelos posibles: para heroína hay un modelo, para la marihuana también, pero para la cocaína no, y esta es el principal problema de América Latina. Da aproximadamente la mitad de las ganancias a los ‘narcos’, y crea más de la mitad de problemas de corrupción y violencia”.

Bill Piper, director de asuntos nacionales de Drug Policy Alliance, un grupo que busca alternativas a la guerra contra las drogas en EEUU, cree que “el sentido de liderazgo de los miembros del congreso estadounidense significa lanzarse al frente de un desfile, cuando ya todo el mundo camina para el mismo lado. Ellos no lideran sino que se toman el crédito por cosas que otras personas ya han hecho, y la política de drogas no es una excepción. Además, Washington, sobre todo, es el último lugar donde ocurren los cambios”.

“La transformación verdadera llegará de las bases hacia arriba. Primero, en los estados y luego en el gobierno federal. En el Congreso no son líderes, por eso es necesario que se muevan primero los estados, que se muevan primero los países latinoamericanos, porque si esperan a que el gobierno federal tome acciones, se quedarán esperando toda la eternidad”, concluye Piper.

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