9 Sep 2008 - 2:24 a. m.

La memoria del horror ronda en Trujillo

Entre 1988 y 1994, en este municipio del noroccidente del Valle fueron asesinadas y torturadas 342 personas. Este martes, el grupo de Memoria Histórica entregará el informe sobre lo que sucedió en ‘una tragedia que no cesa’.

Redacción Judicial

Hace más de 20 años comenzaron los asesinatos selectivos, torturas y desapariciones de la última violencia en Trujillo. El Grupo de Memoria Histórica entregará este martes a la comunidad de este municipio vallecaucano el informe de 300 páginas: ‘Trujillo, una tragedia que no cesa’, con un documentado estudio de lo que sucedió entre 1988 y 1994, cuando la sociedad de esta población se vio golpeada por una alianza criminal movida por los intereses oscuros del narcotráfico.

La presencia del grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), encabezado por el historiador Gonzalo Sánchez, forma parte de la Semana por la Memoria, que a partir de este martes y hasta el próximo 16 de septiembre realizará múltiples eventos para sensibilizar a la opinión pública nacional en torno a la necesidad de reconstruir la memoria de la violencia colombiana de las últimas décadas, como un derecho de las víctimas y un fortalecimiento de la democracia.

Y este meritorio trabajo arranca con uno de los episodios más dolorosos de la cronología reciente. Los crímenes de Trujillo, que hace 14 años motivaron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a suscribir con el gobierno de Ernesto Samper un acta de entendimiento que creó una Comisión de la Verdad, que en 1995 reconoció la responsabilidad del Estado colombiano en 107 crímenes. Ahora, este municipio volverá a refrendar un diagnóstico lapidario de cómo su gente fue arrasada por las confrontaciones de los violentos.

‘Trujillo, una tragedia que no cesa’ es el recuento de una larga cadena de delitos donde se cruzan como involucrados la Fuerza Pública, implicada en actos de planeación y ejecución de acciones criminales; el narcotráfico, como el principal actor de la sucesión de horrores en asocio con integrantes del Ejército y la Policía, y la guerrilla del Eln, que aparece en el eje de la trama conflictiva que llevó a los dos primeros a integrarse para combatirla y, de paso, agredir a la población civil ajena pero inmersa en el centro del conflicto.

Un diagnóstico necesario que apunta a dejar para la historia respuestas claras a lo sucedido. Los hechos, los contextos, los actores de la barbarie, las luchas por la memoria, la Asociación de Víctimas de Trujillo, los hilos narrativos de su gente aferrada al dolor y a los recuerdos, todo el horror que vivió esta localidad vallecaucana y la violencia que no cesa por las mismas raíces de ayer. Además, las acciones del Estado y de la justicia internacional para que este episodio de la historia reciente no vuelva a repetirse y señale a quienes fueron los responsables.

Sin embargo, de manera paradójica, mientras la CNRR vuelve a Trujillo, Valle, para entregarles a la comunidad local y a sus organizaciones sociales el informe que recoge las verdades de lo sucedido hace dos décadas, en contraste, la verdad procesal sigue sumida en un manto de impunidad o atrasado judicial inexplicable. Hoy, el caso Trujillo sigue estando muy lejos de tener el sello de cosa juzgada y, por el contrario, el episodio avanza lentamente con el agrio sabor de la negación de justicia.

La última decisión en este caso data apenas de hace un mes. El pasado 15 de agosto, la Fiscalía delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá confirmó la resolución acusatoria en contra del mayor Alirio Antonio Urueña Jaramillo y en contra del ex comandante de la Policía de Trujillo, teniente José Fernando Berrío Vásquez, por el delito de homicidio con fines terroristas con carácter de agravado. Las acusaciones por concierto para delinquir y tortura ya están prescritas.

La conclusión parcial de la justicia porque aún no llega la última instancia, es la misma a la que de manera ordenada y rigurosa ha llegado el grupo de Memoria Histórica de la CNRR. Es decir, para confrontar a la guerrilla del Eln que se había asentado en la región, dos narcotraficantes, Diego Montoya Loaiza (alias Don Diego) y Henry Loaiza (alias El Alacrán), se asociaron con integrantes de la Fuerza Pública para desencadenar una oleada de terror, que incluyó procedimientos de tortura innombrables.

Trujillo es una cicatriz en la memoria reciente de Colombia, y constituye apenas una de tantas heridas sin cerrar que merecen explicación. El grupo de Memoria Histórica emprende con este trabajo un esfuerzo que las actuales y próximas generaciones van a apreciar en toda su dimensión. Por fin va a quedar un registro de lo que sucedió en los últimos tiempos. Y en esta Semana por la Memoria habrá oportunidad de reconocer cómo Colombia entera necesita muchos otros capítulos para reconstruir su memoria.

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