14 Sep 2013 - 9:00 p. m.

La vida de los otros

Más allá de la competencia, el significado del vínculo que lograron establecer los participantes del programa, de Caracol T.V., con un pueblo de Senegal.

Santiago La Rotta

La familia como respuesta evolutiva ante la adversidad. La comunidad como medio de supervivencia. Esto lo sabe gente como Samba, miembro de la tribu serer, que hospedó en Senegal  la producción de Desafío África: el origen.

El valor de la cooperación es una lección dura y áspera, una que, parece, se va desaprendiendo desde pequeños. Tanto discurso que quiere formar líderes y dirigentes y gerentes. Al final, lo que queda apenas es un individuo, casi nunca un trabajador en equipo.

Trabajar en equipo es un asunto complejo con 40 grados de temperatura en un día algo nublado. Trabajar en equipo es una tarea exasperante cuando los demás no hablan español y el agua potable escasea y la tierra está seca, dura y caliente, tan caliente.

La cooperación va forzando su entrada a punta de necesidad. Todos deben dormir en una choza. ¿Cuántos? Demasiados. Y así, más vale levantar otras y sudar con los demás, no importa que el uno no entienda lo que el otro dice.

El día a día de los seres es un asunto ligado al agua: un calendario de vida que se parte entre las lluvias y la estación seca. La agricultura es posible sólo en la primera. En su relato, Samba, habla de este momento como un tiempo de relativa abundancia; su tono parece llevar cierto dejo de facilidad, de familiar simpleza. En el segundo caso, en la temporada de sequía, las cosas se complican y los miembros del grupo deben emplearse como mano de obra en oficios varios en otras aldeas.

Como otros productos de su clase, esta producción propuso la superación personal (o la destrucción televisada de cada uno, ambas igual producen un buen espectáculo) como fuerza narrativa. Con algo de grandilocuencia esta vez, un esfuerzo logístico muy superior, el género del reality suele sugerirle al televidente que sea testigo de la comedia de los errores, una expresión ya célebre de por sí.

El público asiste entonces a la exacerbación del individuo a través de la competencia y en el camino se espera que la dureza de las pruebas, más que erosionar el barniz de la civilización, permita la producción de un mejor ser humano a través del espectáculo de sus sufrimientos.

En esta oportunidad, el formato presentó una especie de contrasentido: anudar una competencia que en el fondo es profundamente individualista (y de pronto todas lo son) a una experiencia colectiva extrema, mediada por la brecha de las diferencias culturales.

En medio de esa amalgama de propósitos parece que emergió algo real, un vínculo humano no ensayado: generación espontánea, no producción.

Y esto se antoja como una gran paradoja porque, aun en su pose de real, bajo su disfraz de no ficción, la televisión suele tener el inagotable tufo del rating detrás.

En un principio, los líderes del grupo se negaron a participar en el proyecto. Una mezcla de desconfianza y miedo ante lo extraño. Suena normal.

Después de algunas reuniones internas accedieron. En parte por curiosidad. En parte por una incierta obligación moral, un código no escrito de recibir a los extraños. La hospitalidad como valor nacional, al menos según Samba.

¿Pensaron que todo era sólo televisión, parte del espectáculo? “Creo que dejamos de pensarlo cuando llegamos a Bogotá. Gente que jamás habíamos visto, que no nos estaba esperando, quería una foto con nosotros, quería saludarnos y abrazarnos”, dijo Samba desde un estudio de televisión en donde se grabó el último episodio de la producción, un momento emotivo que, más que la culminación de la competencia, marcó la ruptura de un proceso que, en palabras de los serer, se transformó en un asunto íntimo, familiar en todos los sentidos de la palabra.

Cuando se les pregunta, unos dicen que la experiencia les cambió la vida. Los otros aseguran que emergieron más sabios del proceso. Y las declaraciones vuelan encima de grabadoras, periodistas y cámaras, todos testigos de un espectáculo, claro.

Lecciones de un participante: “El valor de la vida simple. Vivir con poco. Suena a frase de cajón, pero uno da las cosas por sentadas: todo está hecho. Usted abre la llave y sale agua, abre la nevera y toma su comida. El verdadero valor de estas cosas se aprende cuando no existen en sitios como el que habita este pueblo”.

Pero en muchos momentos, aún en Senegal, la grabación paró y el telón de la vida normal subió. Y en las horas más oscuras de la noche se dijeron cosas y en esas voces parece que encontraron significado, algo de valor, algo diferente del premio de la competencia.

Una especie de sentido de pertenencia a un lugar que puede que jamás vuelvan a visitar; la aparente contradicción funciona para ambos bandos. Más que el apego territorial, e incluso más que los lazos personales, lo que sucedió, en apariencia, fue algo así como la inscripción en un terreno de la humanidad que no es visitado a menudo y que entraña cosas como la solidaridad y el trabajo a varias manos. En últimas, lo que la experiencia propuso para todos fue la confianza en el otro.

Esta tarea puede ser  un riesgo para ciudadanos de un país tropical que se ha especializado en masacrarse (no se trata de Senegal).

Sin necesidad de considerar que aquellos que viven con menos son excepcionales por obra exclusiva de la escasez (algo cercano al concepto del buen salvaje, quizá), enfrentarse a algo nuevo puede moldear nuevas relaciones, tender puentes más allá del idioma para conectar algunos de los aspectos más básicos de la experiencia humana: pasar de un día al siguiente.

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