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Una forma de evadir los grandes temas es enfrascarse en discusiones minúsculas. Nos ha pasado con esa paupérrima argumentación del Ministerio de Educación sobre la financiación de las universidades.
No quiero por tanto señalar otra vez el origen del deterioro de los presupuestos ni discutir si en los pasados 15 años no han aumentado nada, o en algunos casos lo han hecho en un uno o dos por ciento. Todo el mundo sabe que los costos de la educación superior en Colombia y el resto de países han crecido inmensamente.
Siento que estamos en el papel del tendero de barrio que duda si pintar sus estantes es la estrategia adecuada para competir con los hipermercados multinacionales. Si queremos universidades de clase mundial, no se debe discutir sobre el mantenimiento mínimo, sino sobre un salto cualitativo y cuantitativo. ¿Cuáles son entonces las grandes preguntas que el país debía estar haciéndose en este tema? En este breve espacio me referiré sólo a tres.
La primera es qué quiere el país de sus universidades. ¿Se contenta con que sean tradicionales centros de instrucción o quiere verlas como catalizadoras de desarrollo científico, económico, social, cultural y artístico? ¿Desea que sus universidades se conviertan en instrumentos efectivos de movilidad social y de equidad? ¿Cómo ve el papel de la universidad pública en la educación de alta calidad a jóvenes de bajos recursos para que lleguen ellos también a posiciones de liderazgo?
La segunda pregunta es cuál es el papel del Estado en esa tarea. Sin duda, el problema de cobertura es tan complejo que para abordarlo hay que hacer esfuerzos del sector público, así como del privado. Las universidades de los dos sectores lo han entendido. ¿Pero cuál es el papel del Estado para generar condiciones óptimas de crecimiento? ¿Cómo ve el desarrollo a futuro y cómo imagina el financiamiento y el crecimiento de las universidades para que no se queden (como sucedió en la educación básica y media) rezagadas en calidad?
La tercera tiene que ver con el significado de la autonomía universitaria que pareciera ser entendida como un discurso molesto. La autonomía se ha desarrollado durante más de 900 años y es el fundamento de todas las universidades exitosas. Es un instrumento académico, porque la docencia y la investigación son minusválidas sin libertad, y lo es también administrativo y financiero, porque sólo así se soporta esa independencia. La autonomía es el reconocimiento de las sociedades de que las universidades se equivocan menos que los gobiernos. En los momentos históricos en que ha sido vulnerada, la educación se ha deteriorado y la sociedad se ha empobrecido moral e intelectualmente.
Apostilla para los violentos: las maromas argumentativas que se hacen para justificar el irrespeto a los derechos del otro están siempre legitimando futuras vulneraciones de los propios.
*Rector de la Universidad Nacional.