28 Oct 2008 - 4:00 a. m.

Las secuelas del secuestro

La mayoría de los hombres de la Fuerza Pública que regresaron del secuestro han vuelto orgullosos a reintegrarse a las filas de sus instituciones. Otros, en cambio, tratan de recobrar sus vidas con otros enemigos.

Luisa Pulido Rangel

Colombia vibra de alegría por el regreso a la libertad del ex representante a la Cámara Óscar Tulio Lizcano, quien permaneció ocho años secuestrado por las Farc.  Sin embargo, sus primeras palabras reflejan una vez más la crueldad a la que son sometidas las víctimas del secuestro. Atados a gruesas cadenas como esclavos, con largos días de hambre y malos tratos, sin contacto con sus familias y desposeídos de sus más mínimos derechos. Algo así como una muerte en vida, una tragedia sostenida en el tiempo.

Óscar Tulio Lizcano recuperó su libertad por un acto de heroísmo, pero son muchos los colombianos que, por fines políticos o extorsivos, continúan en manos de la guerrilla. Por estos días, por ejemplo, varios de esos cautivos están cumpliendo una década secuestrados. En la dolorosa e inagotable memoria del conflicto armado en Colombia, el período 1996-1998 marca una época de agresivas tomas guerrilleras que dejaron decenas de oficiales y suboficiales del Ejército y la Policía privados de su libertad.

Según el Fondo Nacional para la Defensa de la Libertad Personal (Fondelibertad), 535 de esos uniformados fueron liberados en acuerdos humanitarios pactados entre el Gobierno y la guerrilla entre 1997 y 2001. Unos pocos se han fugado y algunos otros han sido rescatados. Sin embargo, 68 de esos secuestrados siguen en poder de los grupos armados ilegales. Veinte de ellos pertenecen a la Policía, en una lista que encabeza el coronel Luis Mendieta, quien el próximo sábado cumple 10 años de haber perdido su libertad tras la toma al municipio de Mitú (Vaupés).

Otros de sus compañeros volvieron a la libertad y restituyeron sus hogares, pero muchos de ellos aún sufren las secuelas del secuestro. Padecen las pesadillas de la guerra, los agobia el silencio que los atormentó por muchos meses o han caído en otras esclavitudes personales. Son las secuelas que deja un delito de lesa humanidad como el secuestro, plagado de atrocidades y vejámenes. Al igual que Óscar Tulio Lizcano, han pasado una página dolorosa en sus vidas para empezar a reconstruir los sueños de vida que alguna vez se marchitaron.

Estas son apenas nueve historias de sobrevivientes del secuestro. Como ellos hay muchos otros que regresaron para dar testimonio de su injusto cautiverio. La mayoría son colombianos anónimos. Fueron noticia cuando recobraron su libertad, pero hoy salen adelante sin el acompañamiento de otros días. Algunos siguieron con las Fuerzas Militares, otros no tuvieron la misma suerte. Pero unos y otros saben que sobrevivieron al infierno y que algún día volverán a reunirse para que se institucionalice en el país el Día Nacional de la Abolición del Secuestro.

Oviedo Gallego Marín

Toma de Miraflores, 3 de agosto de 1998. 2 años, 10 meses

Está en la cárcel desde el 19 de agosto de 2004, pero no tiene conciencia sobre si es o no culpable. Está pagando una pena por homicidio simple, lo acusan de haber asesinado a un cuñado que mató a su hermana mayor. Sólo recuerda que el cadáver estaba en la escalera. Esta tragedia inició seis meses después de que fuera liberado, tras tres años de secuestro por las Farc. En su barrio dicen que él no es el asesino, pero un juez le sugirió inculparse para que la pena no fuera tan larga.

Dos veces a la semana, el dolor y las huellas imborrables del cautiverio lo trasladan de nuevo a la selva. Entonces dispara con un palo, hace tumbos o presta guardia, como en sus épocas de soldado. Para evitar que estas crisis sean tan constantes, toma medicamentos psiquiátricos como Carbamasepina y Amitrictilina. Todo se los suministra el Inpec, porque afirma, el Ejército no le ha ayudado, pero cree que esto va a cambiar porque recibió la notificación de que ganó una tutela que obliga a la institución a cobijarlo con tratamientos especiales por su condición.

Mientras su cara expresa la felicidad de ver el Sol, al mismo tiempo sus ojos lo recienten y pocas veces consigue tenerlos totalmente abiertos. Desde el cautiverio no tolera mucha luz. Está tranquilo por salir del espacio de su realidad, pero asegura que una de las pocas diferencias entre el cautiverio y la cárcel, es que le mejoraron las condiciones. Sin embargo, sueña con salir ya para aprender a usar el computador que fue lo que más le gustó desde que volvió a su casa, porque la libertad la volvió a perder.

Diego Alonso Salazar Braga

Toma de Mitú, 1 de noviembre de 1998. 2 años, 8meses

A las 6:30 a.m. del 1 de noviembre de 1998, 30 guerrilleros fuertemente armados entraron a su casa por la parte de atrás, para retenerlo. Pocos minutos después, y ante toda su familia, Diego Salazar fue secuestrado. Estuvo casi tres años en poder de las Farc. Minutos antes, sus otros tres primos, con los que realizaba labores de auxiliar de Policía en la estación de Mitú, para tener la libreta militar, corrieron con el mismo infortunio. Recuerda que alguien alcanzó a avisarles que la guerrilla


había llegado para llevárselo y estuvo escondido 30 minutos en el cielo raso de su vivienda, mientras cientos de cilindros hacían arder el pequeño municipio donde nació. Hoy, casi 10 años después de ese día eterno, Diego sigue siendo policía. Es subteniente y está a punto de cumplir uno de sus sueños: ser piloto de helicóptero, aunque nunca se ha subido a uno. Para él, el secuestro es únicamente un mal recuerdo. Asegura que las crisis que le han descrito están lejos de él. No tiene pesadillas, duerme tranquilo y vive sus días con intensidad. Su cambio, sostiene, es que ahora es mucho más apegado a su familia y valora todo lo que tiene.

Mientras se alista para cumplir su sueño, Salazar reconoce que tiene muy presente que puede volver a ser secuestrado en cumplimiento de su deber, y sabe que en una próxima ocasión no correría con la misma suerte.

Gabriel Emiro Aponte

Toma de Miraflores, Guaviare, 3 de agosto de 1998. 2 años, 10 meses

Su habitación es normal, salvo por el colchón en el piso y la oscuridad: no tiene bombillo. Ahora prefiere vivir en la penumbra. Desde que volvió de su cautiverio, hace ya siete años, no es el mismo. Dejó de ir a fiestas, es más explosivo, fuma marihuana tres veces al día y en la calle siente que lo persiguen. Varias veces ha sufrido crisis en las calles cuando ve un policía porque, afirma, lo traslada inmediatamente a su época de secuestro. Se gana la vida como “todero”, hace lo que tenga que hacer para ganar dinero y ayudar a su hija. Las crisis emocionales son una constante en su vida, desde que andaba en malos pasos, aunque reconoce que dejó de ir al psiquiatra y reemplazó los medicamentos por los alucinógenos. Sin embargo, la tranquilidad es un estado que poco lo acompaña. Las crisis son tan constantes que la última vez que intentó suicidarse, perdió gran parte de la movilidad de la mano derecha y no puede levantar tres dedos.

John Jairo Castillo

Toma de Curillo, Caquetá,  9 de diciembre de 1999.  1 año, 6  meses

Durante los casi dos años de su cautiverio compuso 15 canciones, pero evita cantarlas. Tiene 31 años, es subintendente de la Policía y si no cuenta que estuvo secuestrado, sería difícil adivinar su doloroso pasado. Sonríe siempre, habla con esperanza en la vida, canta, toca guitarra y pinta, porque con el arte logra “desfogar sus sentimientos”. Hablar del drama que viven sus superiores,  genera un cambio de tono en su voz  y afirma que “todo es muy doloroso”, pero rápidamente regresa el gesto de tranquilidad de su cara y sostiene que el secuestro generó que su familia se uniera en torno al dolor y que al recuperar la libertad, todo es más estable, porque permanecen unidos.


Hermanos Hélbert y Héctor Torres Tunjacipa

Toma de Miraflores, Guaviare, 3 de agosto de 1998. 2 años, 10 meses

Sólo dos años de edad los separan. Desde niños han sido muy unidos, tanto que han vivido casi todo juntos. Incluso, el secuestro. Ambos se fueron a prestar el servicio militar en el Ejército para obtener la libreta militar que les permitiera trabajar y ayudar en la casa. Ya tienen libreta militar, pero no pueden trabajar. Explican por qué: cuando escriben en las hojas de vida que estuvieron secuestrados, los rechazan, y en otras ocasiones, es tal la depresión en la que están, que les cuesta mucho trabajo salir de la casa. Tienen miedo de que los persigan, les hagan daño y que los efectos del estrés postraumático regresen, porque nunca se han ido.

El dolor de los hermanos es notorio. Ambos tienen caras largas y envejecidas a la fuerza —pese a que son jóvenes—, pues el dolor por lo que padecieron en la selva sigue vivo. Por eso, algunas noches, Héctor, el mayor, alucina. “Hablo con mi mamá”, quien murió 11 meses después de que regresaron a la libertad.

Alejandro Martínez

Toma de Curillo, Caquetá,  9 de diciembre de 1.999 1 año, 6 meses

El pasado martes, durante la ceremonia de ascensos de la Policía, el subintendente Martínez era el hombre más feliz en medio de los cientos de filas verdes que formaban hombres y mujeres de la institución. Por fin, subía de rango. Esperó un año para este día y superó una dura crisis por no haber sido llamado al curso, pero la felicidad no podía ser completa. Mientras lo felicitaban, en algunas ocasiones sintió pena de dar la mano a quienes le expresaban su afecto. La razón, además de sus manos, tiene el 40% del cuerpo desfigurado por quemaduras, como uno de los dolorosos recuerdos que le dejó la toma a la estación de Policía de Curillo en la que trabajaba, porque también estuvo secuestrado 19 meses, aunque sólo fue consciente de su condición a los cuatro meses de cautiverio, cuando después de aguas de balso, cremas y curaciones, las quemaduras le cicatrizaron milagrosamente. Desde entonces, los guerrilleros lo obligaron al régimen de los otros secuestrados.

Ocho años atrás, durante la toma, un cilindro bomba cayó justo a su lado y le explotó en el cuerpo. Varias veces lo amenazaron con amputarle los brazos, pues incluso, le salían gusanos. Asegura que salvo evitar estar solo, el secuestro no le dejó ninguna otra secuela, aunque por épocas se deprime, no puede dormir y hasta ronca. Desde la toma, nunca más ha tenido contacto con un arma.     

A los dos meses de haber vuelto del secuestro retomó su trabajo. Ahora está en la Unidad de Sanidad y sigue esperando que le practiquen nuevas cirugías para dejar en el olvido su secuestro y poder dar la mano sin ningún complejo a quienes lo saludan.

Giovany Ardila

Toma de Miraflores, Guaviare, 3 de agosto de 1.998.  2 años, 10 meses

Estuvo secuestrado 1.060 días en algún lugar de la selva colombiana. Es tal el impacto de este hecho, que por eso la obsesión en repetir días  exactos de su padecimiento.

Ahora trabaja en un café internet desde el cual busca apoyo para Cadenas de Libertad, la ONG que quiere agrupar a los cientos de policías y soldados que han sido liberados en acuerdos humanitarios pasados y que pasan por una situación económica difícil. Van a confeccionar ropa y luego a venderla, pese a que reconoce que todavía no sabe coser en la máquina, pero que va a aprender pronto. Pero Giovany es un líder al que no le gusta quejarse de su situación ni del secuestro, por eso son pocas las personas que saben que debe tomar medicamentos por el resto de su vida para superar los vestigios que le dejó el cautiverio. A medida que los días pasan, supera los traumas con los que llegó de la selva. Uno de ellos es la


claustrofobia, que le ha hecho pasar malos ratos, como una vez que iba en un bus y no pudo continuar el desplazamiento porque el encierro le generaba miedo. Así que timbró, pero no le abrieron y se sintió tan mal, que golpeó con tal fuerza la puerta que la rompió, se hizo daño en una mano y asustó a sus acompañantes, quienes no entendían cómo alguien pudiera reaccionar con tanta furia ante un hecho tan común y normal.

Luis Alexánder Cifuentes

Toma de Miraflores, Guaviare, 3 de agosto de 1.998 2 años, 10 meses

Las imágenes escalofriantes del campo de concentración en el que por más de un año estuvieron algunos secuestrados y que estremecen al mundo, no se van de su mente, porque él lo padeció de día, de noche, con frío, calor, lluvia, hambre y dolor y aún hoy, siete años después de regresar a su casa, siente lo mismo y dice que ese sentimiento sólo se irá cuando el último secuestrado  regrese.

Pertenecer al Ejército era su sueño de  niño, anhelo que cumplió, pero que al mismo tiempo le hizo vivir la más dura de sus tragedias. Llevaba sólo 15 días en la institución cuando lo secuestraron y hace tres años está pensionado por esa fuerza.

Esa dolorosa experiencia  lo hizo un hombre silencioso e inseguro y tal vez sea esa la principal causa de su divorcio o esa es a la que él responsabiliza por el fracaso de la unión de la que hay un hijo pequeño.

Sabe que sólo Dios puede traer de regreso a sus compañeros que siguen presos en la selva, pero no pierde la esperanza de que sea pronto. “Creo que para todos nosotros, el día que no haya un solo secuestrado, nosotros podríamos ser libres otra vez”.

Léider Hernández

Toma de Miraflores, Guaviare, 3 de agosto de 1998. 2 años, 10 meses

En junio de 2001, Léider Hernández regresó a su natal Buenaventura después de permanecer tres años secuestrado por las Farc. El amor de su familia lo arropó para que los días de tanto dolor se fueran, pero apenas estaba empezando la segunda parte de su calvario. Aunque por fin volvía a compartir con sus seres queridos, a quienes había extrañado con tanta intensidad y por tanto tiempo, algo le hacía falta y hoy todavía ese vacío sigue y vuelve. Las pastillas que debe tomar por el resto de su vida para mitigar el impacto le ayudan mucho, pero tampoco debe dejar el tratamiento psicológico que lo mantiene estable, pese a que cuando oye un avión, las pesadillas del secuestro y de una posible muerte por bombardeo vuelven.

En sus pesadillas también aparecen los compañeros que siguen en la selva y a quienes recuerda a diario, entre ellos, el teniente Donato, cabo Salcedo, Moreno Chaguatá, y el sargento Delgado.

“Nunca más pude volver a estar solo. Siempre tengo que estar en la compañía de alguien porque de lo contrario me voy al cautiverio”.

En Bogotá espera rehacer su vida, porque en muchas otras lo intentó y no fueron buenos los resultados, porque pocos se atrevieron a emplearlo al saber de su drama. Sus ilusiones profesionales están centradas en encontrar pronto un empleo para vivir tranquilo.

Voluntad política

La senadora Marta Lucía Ramírez, del Partido de la U, exigió la voluntad política del presidente de la Comisión Segunda del Senado para que los miembros de la Fuerza Pública y de la Policía que siguen en cautiverio puedan ascender pronto a los grados correspondientes durante los años que llevan en la selva.

La congresista se queja de la falta de atención que esta comisión, que lidera Manuel Ramiro Velásquez, le da al flagelo del secuestro y cómo desde el Legislativo se puede buscar una solución para acabarlo. Sostiene que los dos proyectos que ha radicado, que corresponden a esta necesidad, aún no han recibido ponencia para empezar a ser debatidos.

A través de una carta, Ramírez también asegura que ya es hora de que el Congreso de la República atienda a las familias de quienes viven este flagelo y les otorgue beneficios.

“Considero primordial darle toda la prioridad a aquellos proyectos de ley, debates de control político y condecoraciones que tengan como fin visualizar el problema del secuestro y proponer soluciones a tan difícil situación”.

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