En vivo
Contrato del Mintic: juez decide si envía a la cárcel a tres implicados
Abogados de Emilio Tapia, Luis Fernando Duque y Juan José Laverde se defienden de acusaciones de la Fiscalía sobre su supuesto rol en el escándalo del contrato con Centros Poblados.
Abogados de Emilio Tapia, Luis Fernando Duque y Juan José Laverde se defienden de acusaciones de la Fiscalía sobre su supuesto rol en el escándalo del contrato con Centros Poblados.
Minimizar
14 Apr 2012 - 4:26 a. m.

Los rostros de la droga

En el marco del debate sobre la eventual legalización que se dará en la Cumbre de las Américas, El Espectador buscó el testimonio de cinco personas que de una u otra forma se encuentran enfrentado el problema. Estas son sus historias.

Daniella Sánchez Russo

Hay 1,5 millones de adictos

Gabriel Silva, terapeuta

Soy terapeuta de adicciones de la Clínica de Rehabilitación Betty Ford Colombia, un lugar de instalaciones amplias, en donde los pacientes tienen acceso a una buena alimentación, gimnasio, piscinas de agua caliente, psicólogos, médicos y psiquiatras. El tratamiento cuesta $8 millones de pesos y consta de 45 días en que los enfermos por droga, en su mayoría adolescentes que encuentran refugio en la cocaína, el bazuco o la heroína, se desintoxican por voluntad propia. Tenemos una política en la que el paciente debe salir de su adicción sin medicamentos. Sólo recetamos metadona a los heroinómanos, quienes pueden llegar a pasar por una aguda abstinencia marcada por dolores en los huesos, calambres y alucinaciones.

Hay alrededor de 300 mil adictos en Bogotá y un poco más de millón y medio de adictos en Colombia; una cifra nimia si se piensa que casi 23 millones de estadounidenses —el 7% de su población— necesitan de un tratamiento para su adicción, según el Departamento de Salud y Servicios Humanos de ese país. Y, aunque los índices son bajos, no tenemos los recursos ni la infraestructura para entregar a nuestros adictos un tratamiento digno: muchas de las clínicas públicas obligan a sus pacientes a trabajar ocho horas al día en buses y en calles para vender las artesanías que ellos mismos elaboran. Este es el debate real, el del mejoramiento de la salud pública para la población vulnerable. La legalización de la droga sólo aumentaría una condición que es innecesaria; ni siquiera los impuestos que se recogen de las licoreras en Colombia alcanzan para tratar a la población alcohólica. ¿Estamos preparados entonces para invertir en nuevos adictos? El tiempo está por decidirlo.

Por arrancar unas matas

Leonardo González, erradicador manual de coca

3 de febrero de 2008. Lo pasamos en vela. Debíamos dormir en un campo inmenso de fútbol con un poco más de 500 civiles, todos destinados a la erradicación manual de coca. Estábamos en Tarazá, Antioquia; nos habíamos movilizado, seis amigos y yo, desde Guarinocito, Caldas, después de que dos capataces de la empresa Empleamos S.A. nos vendieran una idea que parecía atractiva en medio de la violencia paramilitar y la falta de empleo. El sueldo era de $550 mil, prometían el pago de pensión, salud y una indemnización de $80 millones en caso de accidente. Yo tenía 21 años.

Al día siguiente nos montaron en helicóptero hacia un destino incierto. Éramos ocho grupos de 33 civiles acompañados por un ingeniero, un agente de la ONU y alrededor de 15 policías que se encontraban prestando servicio militar. Ellos mismos nos enseñaron a arrancar la mata de coca en parejas, uno sostenía la hoja, el otro el palo; un esfuerzo muy grande y peligroso para la poca comida que nos daban. Diez días tranquilos transcurrieron, avanzando en el territorio y arrancando la droga para poder dormir.

13 de febrero de 2008. A las cinco de la mañana un nuevo grupo de policías nos hizo cambiar de rumbo. Caminamos durante dos horas hasta llegar a un lugar rodeado de lomas y huecos, en donde el cultivo de coca parecía infinito; estábamos en una cordillera. Encontramos una casa que adentro tenía uniformes de guerrilla y nos asustamos, los policías nos prohibieron entrar. En ese territorio, sólo mi compañero y yo nos atrevíamos a cortar las matas más grandes, las que estaban ubicadas en el centro; los otros tenían miedo de que allí estuvieran escondidas minas antipersonas que protegieran el cultivo.

Entonces sucedió. Una explosión causó un horrendo hueco en la tierra. Mis extremidades izquierdas ardieron, mi compañero deliró del dolor: había perdido una de sus piernas por una mina. En la central de la Policía de Antioquia nos reportaron como heridos, pero el helicóptero de rescate llegó cuatro horas después del accidente.

Fuimos movilizados a la Clínica Central de Montería. Mi compañero murió por falta de sangre, pero sólo lo enterraron hasta el 28 de febrero. Yo estuve diez días internado. Nunca trajeron a mi madre como lo habían prometido, ni me indemnizaron por el accidente, ni me respondieron por una cirugía en los ojos, afectados por la explosión. Me dieron $10 mil para que me devolviera de Montería a Caldas en bus.

Creo que no se justifica enfrentar a civiles a la muerte para arrancar unas cuantas matas de coca. Eso es igual que experimentar con la violencia”.

Fármacos desde la cuna

Enfermo mental internado en hospital psiquiátrico

La locura fue para él un castigo adelantado de la pobreza: sus padres combinaban la leche de su tetero con pequeñas papeletas de bazuco para que no sufriera hambre. Felipe* no escogió ser adicto, fue una costumbre que se instaló desde sus primeros días de nacimiento. Las consecuencias de la droga en su cuerpo han sido devastadoras. Retirado en un instituto de enfermos mentales en Bogotá, las enfermeras que lo atienden han tenido que lidiar con sus conductas agresivas, sus palabras delirantes, su cuerpo dependiente de inhaladores que combinan la pega de la cocaína con ladrillo y cemento.

Muchas veces ha intentado cambiar sus camisas, pantalones y zapatos por una papeleta de bazuco que en la calle cuesta $500. Sus facciones, desgastadas a los 16 años, la forma como chasquea los dientes mientras se balancea en la silla del hospital y sus intentos fallidos de comunicarse con palabras, dan cuenta del miedo y las penurias que ha vivido intentando combatir los delirios de persecución que lo agobian en varios momentos del día. Viendo televisión, por ejemplo, ha llegado a sentir que los actores se salen del aparato cuadrado para acosarlo.

Según sus doctores, también ha tenido alucinaciones auditivas con hombres que lo llaman ‘homosexual’ o ‘mariquita’; e incluso, en una falta de control absoluta de sí mismo, ha llegado a probar sus heces, razón por la cual deben mantenerlo vigilado. El deterioro cognitivo que ha causado la droga sobre su cerebro no tiene vuelta atrás. Resulta preocupante que más del 30% de los enfermos recluidos en centros psiquiátricos corresponde a adictos a la droga.

* Nombre cambiado

El cáncer de la corrupción

Ana Margarita Durán, exfiscal coordinadora de la Unaim

El Estado históricamente ha tenido como objetivo principal la lucha contra el narcotráfico, un flagelo con delitos conexos como el lavado de Activos. El tráfico de sustancias para el procesamiento de narcóticos es hoy una empresa criminal igual de grande y nociva que la del tráfico de cocaína, debido a las múltiples empresas que están autorizadas por el Estado para almacenar, transportar y usar precursores químicos. Durante mi paso por la Fiscalía pude ver cómo se desdoblaban las mafias y tuvimos que hacer muchos esfuerzos para judicializar estas organizaciones.

La más nociva de las ramificaciones del narcotráfico es y seguirá siendo la Corrupción. Nunca los delincuentes podrán derrotar el Estado, pero la corrupción mengua la capacidad de la justicia para imponer sentencias y procesar a toda la cadena de responsables de este crimen transnacional. Aún así, con instituciones plagadas de corruptos, se han dado golpes certeros por la decisión y compromiso con el país de muchos jueces, fiscales, miembros de la Fuerza Pública y funcionarios probos que hacen que la Ley cobre fuerza y sea respetada.

Colombia ha avanzado mucho en esta lucha de la mano de la comunidad internacional, hemos tenido capturas de numerosos líderes de organizaciones criminales, decomisos exorbitantes de dinero y bienes, y centenares de extradiciones. Muchos valientes han ofrendado la vida en esta persecución. Estados Unidos ha sido un aliado estratégico ofreciendo recursos económicos, logísticos y humanos, así como la comunidad europea y países como Inglaterra, Holanda o Israel. No podemos quedarnos en que el narcotráfico es sólo un problema de los países productores y consumidores, sino que hay que prender las alarmas de los países en tránsito, que juegan un papel preponderante en este asunto.

La cumbre es interesante toda vez que se abre el debate de la despenalización del consumo de la dosis personal, que es diferente a la legalización de estupefacientes frente a mandatarios que tienen poder de decisión y, sobretodo, de fortalecer los mecanismos con los que se cuenta para seguir atacando este flagelo. A mí no me tembló la mano para aplicar la ley porque soy una convencida que el respeto por la justicia está por encima de la guerra. Y jamás como ciudadana y como madre estaría de acuerdo con el expendio y comercialización de estupefacientes.

Una cosa es que se despenalice al consumidor que es un problema social, del cual el Estado también debe ocuparse, pero otra cosa es aceptar el tráfico de estupefacientes en sus diversas modalidades. Aquello sería desconocer el progreso en este tema”.

La soledad del bazuco

Testimonio de un paciente en rehabilitación

Llevo 20 días en un tratamiento de rehabilitación: 480 horas sin bazuco para un hombre que ha estado consumiendo durante 28 años es volver a recorrer el infierno para poder salir de él; pero entiendo que tengo 46 años, que abandoné el trabajo por una adicción y que de una u otra forma cambié a mi esposa y a mi hijo por estar a solas con el demonio. Más vale ser fuerte.

Nunca pensé en fumar esta droga, fue más bien una terrible coincidencia: en un viaje a Santa Marta, buscando un porro por la ciudad, un par de jíbaros que no tenían marihuana para vender me ofrecieron la sustancia. Dijeron que era lo mismo. Después de eso me convertí en un adicto, compraba bazuco en los lugares más recónditos; era fácil encontrarme alquilando una pieza de alguna oscura residencia en Chapinero o en casas de cambio empeñando celulares y computadores que no eran míos.

Al ingerir bazuco, el sabor que dejaba en mi boca era dulce, una combinación de piña con miel. Recuerdo que la primera impresión de la sustancia en mi cuerpo era de descanso; luego me entraba una energía incontrolable que me volvía agresivo y un delirio de persecución que me hacía creer que la Policía me asediaba y que los transeúntes tenían un complot en mi contra.

Yo tenía un futuro próspero, fui estudiante de Administración Agropecuaria y a mi cargo estaba la empresa de flores de mi familia. Siendo un adicto, me casé a los 30 años y tuve un hermoso hijo. Aún así, ninguna situación era suficiente para dejar de consumir, ni siquiera el miedo a la soledad. Hubo una inexplicable conciencia que me hizo buscar ayuda. Eso no sucede con frecuencia.

Si de algo tengo certeza, es que es muy fácil saber dónde comienza el camino para un adicto, pero muy difícil saber dónde termina. Mejor es no facilitar la droga, ni siquiera por medio de la ley”.

Más de cuarenta años de lucha

Aunque existen archivos que documentan que el negocio de las drogas empezó a manifestarse en Colombia en los años 50, fue a finales de la siguiente década que cobró forma. La ‘bonanza marimbera’, así llamada porque fue el boom del negocio de la marihuana, fue el preámbulo del negocio ilícito.

No obstante, fue en la década de los 70 que se consolidaron los carteles del narcotráfico. Hacia 1983, cuando el entonces ministro Rodrigo Lara empezó a combatirlos, ya se habían mimetizado en todos los sectores del país. Los grandes capos tuvieron tiempo suficiente para convertirse en una amenaza.

La década de los 80 mostró la metástasis del negocio y, en consecuencia, la violencia en su máximo nivel. Aunque el Estado pudo neutralizar a los grandes capos, desde entonces el narcotráfico ha estado presente en el mundo legal e ilegal, pero, sobre todo, como el combustible que financia la guerra en Colombia.

Las caras de la ilegalidad

En un país donde la droga se terminó arraigando como negocio ilegal, existe desde sus orígenes una cadena de oficios que así mismo son caras de la ilegalidad. Los llamados cultivos ilícitos empiezan por cultivadores, algunos de ellos campesinos o indígenas, que muchas veces terminan pagando por los grandes traficantes.

Cuando la coca crece van apareciendo los personajes del negocio. El ‘raspachín’, que no es otro que el labriego que raspa la hoja de coca. El ‘químico’, que trabaja para traficar con los componentes que se necesitan para la cocaína. El ‘chichipato’, que comercializa la pasta. El ‘cocinero’ que obtiene la cocaína y entrega el producto final.

A partir de este momento surgen otros oficiantes del tráfico de drogas. El distribuidor, y todo el entorno del microtráfico. La ‘mula’, que arriesga su vida y su seguridad por llevar la droga al exterior. El lavador, que consigue que el dinero de la droga entre a la economía legal. El Estado persigue a todas las facetas.

Temas relacionados

Cumbre de las Américas
Comparte: