5 Jun 2020 - 2:19 p. m.

Los vampiros de la pobreza

La última edición de la revista italiana “Internazionale” muestra un fotorreportaje de guerrilleros del Eln cuyos rostros quedan al descubierto para el lector. Lo cual no tendría problema, si no se tratara de menores de 18 años.

Ramón Campos Iriarte / @IriartePhoto

En 1978, los cineastas Carlos Mayolo y Luis Ospina publicaron su genial obra “Agarrando Pueblo”. En este falso documental – uno de los trabajos más reconocidos del ‘Grupo de Cali’ – Mayolo y Ospina hacen una critica picante y cómica, pero muy real, de la industria documental extranjera que mercantiliza la imagen de la miseria en América Latina.

Un crew de periodistas que trabajan para un canal alemán recorren las calles de Cali en búsqueda de las imágenes que mejor ilustren el preconcepto de pobreza tercermundista del imaginario europeo. “Mueva el tarro, mueva el tarro… muévalo” le dice el director Alfredo García -interpretado por el mismo Mayolo- a un viejo que pide monedas en la puerta de la Catedral Metropolitana de Cali, mientras su camarógrafo lo graba en primer plano. En inglés, el título de la película es aún más incisivo: The Vampires of Poverty (Los Vampiros de la Pobreza).

Pasan los años y las cosas no parecen cambiar. En el último número de la revista semanal italiana Internazionale (edición 1359, del 22 de Mayo de 2020), la fotógrafa alemana Lena Mucha publicó un fotoreportaje sobre combatientes adolescentes en un frente del ELN en el Chocó, titulado “A Dura Prova” (La Prueba más Dura). Las fotos documentan una jornada de entrenamiento guerrillero y algunos momentos de descanso e intimidad en las filas de la insurgencia, haciendo énfasis en que varios de los retratados son menores de edad. (En el bombardeo en Caquetá murieron ocho menores, no siete, revela la Fiscalía)

“Milena, 16 años, se unió al ELN en Septiembre de 2017”, reza el pie de foto del retrato de una joven negra acostada sobre unos helechos, que encabeza la historia. Otra foto muestra a un joven tendido bajo una cobija azul y con un Ak-47 puesto sobre su cuerpo en una posición un tanto artificial. “Anna con su marido Bochia, que hace parte del ELN, y su hija de nueve meses”, dice otro pie de pagina que explica el retrato de una familia que posa para la foto con un bebé en brazos.

El reportaje de Mucha podría pasar como cualquier otro de los tantos que se han hecho sobre la vida en los territorios en guerra de Colombia, de no ser por el grave hecho de que sus fotos muestran los rostros de varios menores de edad que integran un grupo armado que el Estado colombiano considera ilegal. A pesar de ser miembro de organizaciones internacionales de prensa y haber publicado su trabajo en medios prestigiosos de varios países, la reportera alemana (junto con sus editores en Internazionale) se pasa por la faja uno de los compromisos éticos más importantes del periodismo, el de proteger sus fuentes y, de paso, viola unas cuantas leyes.

En Colombia la ley es muy clara respecto de conductas y publicaciones que revictimicen a los niños o que conduzcan a discriminaciones futuras. En el Código de la Infancia y la Adolescencia (Ley 1098 de 2006), el parágrafo 8 del articulo 47 hace referencia explicita a las responsabilidades especiales que tienen los medios de comunicación frente a los derechos de los menores de edad. Obliga a los medios a “abstenerse de entrevistar, dar el nombre, divulgar datos que identifiquen o que puedan conducir a la identificación de niños, niñas y adolescentes que hayan sido víctimas, autores o testigos de hechos delictivos".

Frente a este caso, Carolina Sáchica Moreno, abogada especialista en derechos humanos y directora del Consultorio Jurídico de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, señala que “los derechos de los menores son prevalentes en atención a su vulnerabilidad, y constituyen un inquebrantable límite a la libertad de información. Claramente no puede primar lo “taquillera” que parezca una noticia si ésta afecta los derechos de un niño, una niña o un adolescente.”

Basados en el artículo 16 de la Convención de los Derechos del Niño, Unicef y la Federación Internacional de Periodistas también han difundido manuales para filmar o fotografiar niños o adolescentes involucrados en hechos de violencia o en conflicto con la ley, respetando sus derechos: “No mostrar el rostro de niños, niñas y adolescentes cuando los datos, imágenes o informaciones amenacen su honor, su reputación o constituyan injerencias arbitrarias o ilegales en su vida privada y en su intimidad personal”, se lee en uno de ellos. Esta Convención fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989, y tanto la ley colombiana como la italiana derivan de ella. Por lo tanto, se infiere que la publicación también está violando la ley en Europa. (El manual de la Corte Constitucional para publicar noticias sobre menores de edad sin violar sus derechos)

Jurídicamente, el derecho a la intimidad esta ligado a la voluntad. Un mayor de edad puede decidir cómo usar su imagen; puede venderla, arrendarla o regalarla si así lo dispone libremente. Un menor, en cambio, tiene que ser protegido por terceros ya que su voluntad no rige sobre su propia imagen. Antes de cumplir la mayoría de edad -que en Colombia es a los 18 años- sus padres o guardianes legales tendrán que otorgar una autorización formal para el uso de su imagen. “Además de ser una cuestión reglada y con repercusiones legales —anota Sáchica—, se trata de un asunto ético que requiere empatía para entender el impacto dañino que se le causa a un menor al exponer su imagen o su identidad y relacionarlo con un material sensible, aún teniendo la autorización de su representante legal.”

Por todo lo anterior, el medio italiano y la fotógrafa podrían ser objeto de demandas por daños y perjuicios ocasionados con la publicación, confirmó la jurista. A este respecto, se encuentra en tramite un concepto del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

Cualquier editor – y, en particular, una publicación prestigiosa como es Internazionale- debe estar al tanto de las normas básicas que gobiernan su industria. Entonces, ¿cómo fue el proceso editorial para decidir publicar las fotos de los adolescentes guerrilleros? La cuestión evoca un debate que no es nuevo: el del racismo estructural en la industria de los medios de comunicación occidentales.

Varios autores como Patrick Gathara y Fred Ritchin han señalado, por ejemplo, las diferencias en el cubrimiento que los medios europeos y norteamericanos han hecho de la pandemia del Covid-19, al compararlo con el que estos mismos medios hicieron hace cinco años sobre la epidemia de ébola que azotó la región occidental de Africa. Las diferencias son evidentes: mientras los estragos que el coronavirus ha causado en el primer mundo han sido representados principalmente con estadísticas e infografías (y algunas fotos que no develan la identidad de las víctimas), la epidemia del ébola en Africa fue ilustrada con lujo de detalles, “exotizando” a los enfermos y sus familias, “romantizando” sus ceremonias fúnebres y exponiendo, sin reparos, la identidad de los enfermos y de los muertos. (Defensoría alertó sobre posible reclutamiento de menores por parte del Eln en Chocó y Risaralda)

Así, existe una tendencia comprobada que en las salas de redacción de los medios de todo el mundo se protegen algunas identidades con más cuidado que otras, sean víctimas o victimarios en una guerra, muertos en una epidemia o un desastre natural o personas afectadas por la pobreza y la marginalidad. Con frecuencia, este patrón responde a la representación de la “otredad”, la idea de aquellos que son lejanos geográficamente y distintos culturalmente a nosotros. En Colombia, este doble rasero refuerza la noción de que, en nuestro conflicto, unos muertos valen más que otros. Entre tanto, en Europa, el trato divergente hacia los sujetos de las noticias de “aquí” y de “allá” retroalimenta los imaginarios racistas y nacionalistas que dormitan en el subconsciente colectivo.

La publicación de Internazionale así lo demuestra: es difícil imaginarse que los editores de ese semanario opten por publicar contenidos que vulneren los derechos de menores de edad blancos e italianos de la misma forma que lo hicieron con los negros colombianos.

Pero el problema no es individual, es sistémico. Como lo explica el fotoreportero bangladés Shahidul Alam en el libro ‘Conversations on Conflict Photography’ (2019), desde siempre, las agencias y los grandes medios occidentales han optado por enviar corresponsales extranjeros -léase europeos y norteamericanos- a cubrir guerras y desastres alrededor del mundo. Estos a menudo llegan con la misión de encontrar y fotografiar íconos de la pobreza y de acomodar un molde narrativo que describa en términos simplificados los conflictos de los “otros”. El producto final encaja en la cosmovisión colonialista del lector en Roma, París o Nueva York y, a la postre, es la fórmula para vender revistas y suscripciones.

Ni siquiera el periodismo más galardonado del mundo ha logrado escapar por completo al racismo que se enquistó en nuestras sociedades desde tiempos coloniales, ni superar las relaciones asimétricas de poder que lo sostienen hasta hoy. Si a futuro los medios de comunicación del primer mundo quisieran prevenir errores graves como el del reportaje en cuestión, podrían empezar por contratar más periodistas locales que estén en posición de proveer un entendimiento más completo de los hechos, y de acortar el abismo que suele existir entre el lente y los sujetos.

Por lo pronto, ninguno de los jóvenes que aparecen en el reportaje de Lena Mucha -ni sus familias- podrán volver a salir de los confines de la selva chocoana, so pena de ser capturados o algo peor. Y si para alguno de ellos dejar el conflicto en silencio fue quizás una opción, por cuenta de esas imágenes incriminatorias ya dejó de serlo. La reportera alemana vino de safari a América Latina y se devolvió a Europa con su trofeo, pero los jóvenes que posaron para su cámara tendrán que vérselas en esta guerra sin la pequeña ventaja que otorga el anonimato. Los vampiros de la pobreza existen. Mayolo y Ospina tenían razón.

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