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11 Dec 2010 - 8:53 p. m.

María Ángela Holguín

De la mano de esta gran diplomática, la política exterior de Colombia se reconstruyó y ahora nos ven con mejores ojos, sobre todo en América Latina.

Rodrigo Pardo* / Especial para El Espectador

Es raro que en un país tan parroquial como Colombia, en el que ni los medios de comunicación ni la opinión pública se interesan por lo que pasa en el mundo, en un resumen de un año la diplomacia y las relaciones exteriores estén en el primer lugar. Y eso ocurrió en 2010, a pesar de que su proceso electoral sorprendente e insólito acaparó la atención nacional. De la mano de la nueva canciller, María Ángela Holguín, la política exterior tuvo un giro bienvenido, necesario y radical.

Radical, pero tranquilo. Si algo caracteriza el estilo de la ministra Holguín es que actúa sin aspavientos ni excesos verbales ni de cualquier otra naturaleza. Una auténtica diplomática, digamos. Una profesional que mide sus palabras en público, pero canta la tabla en privado y de esa forma gana credibilidad y respeto entre sus interlocutores. Una experta que no se enreda en declaraciones ni en reflexiones abstractas y que sabe ir al grano. Convence, eso sí, porque el sosiego de sus actos no es artificial ni planeado, sino el resultado de alguien que se mueve como pez en el agua, porque no ha salido de ella en una década y media. A María Ángela Holguín no se le ha visto, ni se le verá, atareada ni estresada a pesar de que no se le pasan detalles de una agenda por la que desfilan cientos de temas, personas y tareas por hacer.

Cambio tranquilo, sí, como el que promovió François Mitterrand en Francia, un país que la Canciller conoce muy bien. Eso es lo que ha alcanzado en los seis meses que han transcurrido desde que el presidente Juan Manuel Santos —antes de su posesión— anunció que la nombraría ministra. Cambio tranquilo, pero de verdad. Porque en forma y fondo, el nuevo gobierno transformó el esquema diplomático del gobierno Uribe —ideológico, pugnaz, personalizado y parroquial— por uno pragmático, inteligente y cosmopolita. Juan Manuel Santos, elegido con las banderas y el vehículo electoral del uribismo —el Partido de la U— entendió, sin embargo, que en materia de política exterior el país no buscaba continuidad, sino rectificación.

La tarea empezó en la vecindad. Nunca antes en la historia del país un gobierno había encontrado, al llegar al poder, relaciones rotas con sus dos principales vecinos, Venezuela y Ecuador. Y con el nombramiento de María Ángela Holguín, Santos les hizo saber a sus respectivos mandatarios —Hugo Chávez y Rafael Correa, ambos impredecibles, mercuriales y paranoicos— que su discurso conciliatorio de la época de campaña no era una estrategia electoral, sino una agenda de gobierno. El mensaje fue claro, sobre todo, para Caracas, donde María Ángela actuó con maestría como embajadora del primer gobierno de Álvaro Uribe, durante los dos mejores años de la peligrosa relación entre el probush Uribe y el Chávez antítesis del imperio.

La reconstrucción de un clima de confianza entre Colombia y sus dos vecinos conflictivos requirió un trabajo meticuloso y persistente, que es precisamente lo que María Ángela Holguín sabe hacer. El mensaje inicial necesitó acciones concretas y decenas de reuniones con Nicolás Maduro y Ricardo Patiño, sus colegas en Venezuela y Ecuador, a quienes me puedo imaginar entre sorprendidos y atónitos con María Ángela, en la medida en que descubrían que sus audacias estaban respaldadas por un Presidente realmente interesado en recomponer las cosas y genuinamente dispuesto a asumir riesgos.

El año termina con relaciones normalizadas con Venezuela y Ecuador, lo cual no es poco, pero la pareja Santos-Holguín no ha limitado su trabajo a la región. Como en círculos concéntricos, la paz con los vecinos ha sido un primer anillo y, una vez consolidado, ha habido también un segundo: Colombia se acercó a un Unasur que es un embeleco de Brasil y Argentina, y en el que el gobierno anterior se sentía incómodo y atacado: la silla de Colombia en Unasur muchas veces estuvo vacía y en otras fue un banquillo de acusados. Brasilia, la gran abanderada de Unasur, fue la primera capital visitada por Santos y su Canciller, quienes además han hecho viajes inverosímiles a Buenos Aires, de sólo un par de horas, para apoyar en el seno de ese organismo la institucionalidad de Ecuador, o para acompañar a Cristina Kirchner en el duelo de su esposo. Hace poco Colombia no se sentía cómoda en ningún escenario y ahora tiene una candidata viable para suceder a Néstor Kirchner como secretario de Unasur —María Emma Mejía— y a partir del 1° de enero ocupará un asiento para el Consejo de Seguridad de la ONU.

Porque los círculos concéntricos siguen expandiéndose. La buena convivencia con la región no agota la agenda del presiente Santos y de su canciller Holguín, sino abre caminos hacia otras regiones y permite repensar relaciones claves, como la de Estados Unidos. Los vínculos entre Bogotá —una capital amiga en medio de una subregión hostil— y Washington —con su parálisis frente a Chávez y su imposibilidad de ponerle atención a América Latina— seguirán siendo sólidos. Pero ya no por afinidades ideológicas y dependencias militares, sino por conveniencias mutuas.

Todo indica que en 2011 la diplomacia colombiana se acercará a Asia. Se reabrirán algunas misiones diplomáticas y el Presidente y su Canciller visitarán algunos países claves. De alguna manera, Holguín sigue una juiciosa recomendación de la Misión de Política Exterior que convocó el gobierno anterior, pero que después trató con desdén: estrechar lazos políticos en la misma dirección hacia la que se dirigen los intereses económicos. Colombia también comenzó el proceso de admisión a la OCDE, el organismo que reúne a países empeñados en el crecimiento económico, y sería el tercer latinoamericano en llegar allí, después de México y Chile.

El giro, en fin, ha sido real. A Colombia la ven en el exterior de una manera diferente: con mejores ojos, sobre todo en el continente. Y eso significa que en 2010 la canciller María Ángela Holguín fue uno de los grandes protagonistas, así como personaje del año por sus aciertos de los últimos seis meses y por las ilusiones que abre para el futuro. Las de un cambio tranquilo, porque los giros en la forma como un país se inserta en el mundo no se hacen de un día para otro, sino requieren un trabajo firme, sosegado y prolongado. Necesitan más tiempo que el que ha aguantado María Ángela Holguín en todos los cargos que ha ocupado hasta ahora.

 * Consejero editorial de la revista ‘Semana’

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