23 Dec 2011 - 7:37 p. m.

Mensaje de Año Nuevo

No se sabe si, siguiendo la costumbre de los últimos años, Harmano Gulito pronunciará otra vez su alocución de Año Nuevo desde Cartagena y en traje de baño, o si, para devolverle su abolida solemnidad, prefiera usar traje de lino y corbatín tricolor (cuando le pregunten si no nada, puede recurrir a la vieja disculpa centenarista de contestar: fue que no traje traje).

Lucas Caballero Calderón (Klim) (Diciembre de 1978)

Hará, desde luego, una lista de cosas de importancia que han ocurrido dentro de su gobierno, omitiendo, por razones de discreción, la principal de todas. Es decir, la de que su gobierno reemplazó al gobierno anterior. Lo cual bastó para que el país, como si lo hubiera recibido, en las mejillas un toque de Skin Bracer, exclamara: “Gracias, Julio César, lo necesitaba”.

La reforma del congreso está en primer lugar. El Congreso, como se dice ahora con un término snob pero muy in estaba cuestionado. Los padres de la patria vivían entregados a la dulzura del turismo, por cuenta, en la Cámara, de Aerovías Santofimio, y en el Senado, de Transcontinentales López Gómez, los cuales operaban bajo el mismo eslogan: “El contribuyente paga, usted sólo tiene que escoger el sitio”. Estos halagos eran irresistibles y su primer resultado se tradujo en que nunca se podía reunir el quórum reglamentario para deliberar. Los viajeros, sin embargo, para que su ausencia no fuera tan sensible ni dejara al país huérfano de legislación, le conferían facultades extraordinarias al gobierno para que éste adoptara las medidas que juzgara necesarias en cada oportunidad. Y le escribían tarjetas al presidente desde todas las ciudades de tránsito. En una postal de París, con la tumba de Jacques Secondat, de Montesquieu, al fondo, le decían: “Aquí, al pie del monumento a su Maestro, recordándolo”. En otra, enviada desde Grecia, estampaban esta sentida evocación: “Ante las ruinas del Partenón siempre pensando en el Mandato Claro”. En Londres, delante de la estatua de Churchill, le comentaban: “Es su misma nariz. Lástima que ni las estatuas ni la televisión sean en colores”. Y finalmente, ante la mole aérea de la torre Eiffel, remataban: “Los que hablan tanto del alto costo de la vida deberían venir a ver esta imponencia. ¡Eso sí es verraquera!”.

Pues bien. Cuando los padres de esta amada Colombia inmortal se dieron cuenta de que los viajes oficiales producen mucha mejor impresión en quienes los hacen que en quienes los pagan, que son en este caso los contribuyentes, decidieron descuestionar el parlamento. Reformarlo. Dicen que han hecho grandes cosas, entre las cuales la más comentada ha sido hasta el momento la del doblaje de las dietas. Puede ser que en eso consista la reforma, y que en adelante, gracias a ese feliz doblaje, en lugar de viajar por cuenta de la corporación lo hagan por cuenta propia. En ambos casos, sin embargo, el paganini primario sigue siendo el contribuyente. Lo cual deja reducida la reforma a la clausura de Transcontinentales López Gómez y Aerovías Santofimio, conservando únicamente lo digno de conservarse que hay en ellas, que es el eslogan: “El contribuyente paga, usted sólo tiene que escoger el sitio”.

Harmano Gulito hablará también a no dudarlo del Estatuto de Seguridad, escrito originalmente en Alemán por nuestro Herr General Kamacho Leiva. Es un estatuto al cual se le han hecho algunas observaciones, tanto por magistrados de la Corte como por encumbrados jerarcas eclesiásticos. Pero nunca más se le volverán a hacer por temor a las reacciones inmediatas del Minjusticia, Hugo Escobar Sierra, que son feroces. Tremendas. Ustedes lo habrán visto en la televisión, furioso, con la boca de oreja a oreja, dispuesto a tragarse materialmente a sus impugnadores. Lo cual no sería nada difícil, pienso yo, porque la suya tiene características similares a la ballena que en la historia se tragó, como si fuera un simple pasabocas, al profeta Jonás.

En su alocución del Año Nuevo, Harmano Gulito se referirá indudablemente a otra de las realizaciones del gobierno actual. Es decir, a la adopción de la televisión en colores. Una gran medida para mí, que ya tengo el equipo correspondiente gracias al cual he visto crecer mi celebridad todos los días, como una deuda en Upac. Amigos y amigas, como diría Carlos Alberto, llegan ahora a mi austero refugio, y me anuncian: “Venimos a conocerte el Betamax”. Naturalmente, con cualquier disculpa, devuelvo a los hombres de la puerta. Ni más faltaba. En cambio procuro complacer a las mujeres que están en edad de apreciar estas cosas y todas me dicen al despedirse, arrastrando las palabras: “Tienes un aparato fabuloso”. Yo no tengo palabras con qué agradecerle esto al gobierno. Gracias, Harmano Gulito, gracias. Felices Pascuas y próspero Año Nuevo.

Falta todavía un año para que se inaugure la TV en colores, y ojalá que para entonces sigamos vivos y Harmano Gulito conserve el audaz traje de playa que usó recientemente en San Andrés. En las fotos en blanco y bula no se puede apreciar debidamente. Tanto la camiseta como la minipantaloneta son rojas. Rojas fuertes. Rojas garrido. Y la minipantaloneta, aunque es bastante sumaria, es de excelente corte y permite completa libertad de movimiento sin lugar a tener sorpresotas con el Betamax (me explico: es un programa apto para televidentes de todas las edades). Los zapatos del conjunto son blancos y pueden usarse en circunstancias variadas, desde un partido de tenis o de básquet hasta una primera comunión. Lo malo es que el Harmano Gulito ya la hizo. Y el toque final es la clásica gorra marinera, azul oscura y con un ancla bordada sobre la visera de suerte que uno sabe inmediatamente que está ante un piloto. ¡Piloto de qué! El secretario Pérez Vives, con su típico acento costeño, se encarga inmediatamente de responder: “¡Éche, cuadro, piloto de la nave ejtatal!”.

Teniendo en perspectiva estos programas, pregunto yo: ¿Quién se opone a la televisión en colores? ¿Quién?


Lucas Caballero Calderón (Klim)

Nació en Bogotá, en agosto de 1913, y falleció en julio de 1981. Desde joven se vinculó al periodismo y se destacó como columnista de opinión de los periódicos ‘El Espectador’ y ‘El Tiempo’. Con el seudónimo de Klim, derrochó humor e inteligencia en inolvidables escritos, a través de los cuales se burló de los personajes más importantes de su época. Sus mordaces comentarios, también aparecidos en la Revista ‘Cromos’, fueron ampliamente leídos en el país durante 45 años.

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