21 Mar 2011 - 1:00 p. m.

Pasiones en forma de escarabajo

La 'Volksmanía' contagió a Rodrigo Kurmen cuando tenía 18 años.

David Mayorga

 La desarrolló tras comprar su primer carro, un Escarabajo, y continuó con modelos a escala, catálogos y todo tipo de artículos relacionados con este vehículo. También es el orgulloso propietario y restaurador de cuatro autos con mucha historia.

Rodrigo Kurmen tiene un ojo especial. Una mirada detallista, selectiva, precisa. Una visión que desde 1997 ha educado con rigurosidad, cuando su papá lo persuadió de adquirir un escarabajo.

“Necesitaba un carro para ir a la universidad porque mi hermana menor, la niña de los ojos de mi papá, se apoderó del Daewoo Racer que teníamos, para ir a sus clases de Medicina. Mis recursos eran limitados, así que él me dijo que claro, que me ayudaba con todo el gusto del mundo si el carro elegido era un Volkswagen como el de mi tío Alberto”, recuerda.

Se trataba del Escarabajo, mejor conocido en los anales de la historia por ser el “carro del pueblo”, la invención de Adolf Hitler para unir a las familias durante sus viajes por la Alemania nazi. El mismo vehículo que, tras la II Guerra Mundial, a su llegada a Estados Unidos, se convirtió en símbolo de los hippies.

“Fue amor a primera vista”, confiesa. A los 18 años, cuando trabajaba ya en un concesionario mientras finalizaba sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad Javeriana, Kurmen compró su primer escarabajo (modelo 71) con caja de cambios automática: “Su único dueño lo había traído desde los Estados Unidos en avión. Tenía el radio original, un kilometraje bajo y el motor había sido arreglado hacía poco. Era, prácticamente, nuevo...”.

A partir de ese momento adquirió la Volksmanía. Su cuarto empezó a llenarse de escarabajos a escala; de catálogos en alemán, inglés y español; de repuestos para solventar los posibles futuros problemas de su auto. Una pasión que, incluso, llevó a otras latitudes, pues en 1999 recorrió buena parte de Estados Unidos y Canadá a bordo de un escarabajo prestado. “Y no se le pinchó ni una sola llanta”, añade orgulloso.

Su segundo escarabajo, un Karmann Ghia descapotable (una de las series especiales con tecnología italiana que Volkswagen fabricó entre 1955 y 1975), modelo 1969, llegó cinco años después. Lo encontró destrozado en La Calera: la capota tenía remiendos de cobijas y toallas, los asientos eran de un Mazda 323 y el óxido lo estaba carcomiendo. Entonces decidió volcarse a su archivo y, con catálogo en mano, emprendió una lenta y difícil misión por restaurarlo.

“Es plata que se va. Uno lo hace por cariño, no por negocio porque, simplemente, las matemáticas no dan”, comenta Kurmen, y explica que su búsqueda por ese detalle, por comprar la plumilla o esa luz reflectiva original, lo ha llevado hasta las ferias de repuestos de California y Alemania.

Es más, allí, en el país que dio a luz este modelo, han certificado que sus carros poseen piezas 100% originales.

Y el tercero llegó a su vida en 2007 gracias a una conversación amenizada con whisky. Había conocido a un oficial retirado del Ejército que lo había comprado por $43.000 en 1966, cuando había que ordenarlos a Alemania con seis meses de anticipación, ir a bajarlos del planchón en La Dorada (Caldas) y conformarse con el color que la fábrica había escogido para el cliente.

El hombre comenzó a hablarle de los paseos que había hecho con toda su familia, de cómo llevó en él a sus hijos al colegio hasta que crecieron, compraron sus propios carros y le aconsejaron que no manejara más.

Entonces, en un momento de profunda sinceridad, el hombre comenzó a llorar. “Me dijo que no quería venderlo, pero no le quedaba otra opción. Ninguna de sus nueras quería tener en casa un carro viejo”, recuerda Kurmen, quien llegó a un acuerdo para adquirirlo en cuatro cuotas mensuales con la condición de no recibirlo hasta no entregar el último peso pactado.

“Ese día, el hijo del señor, con quien comencé a entenderme para efectuar los pagos, me dijo que había muerto dos semanas atrás. No pudo soportar la tristeza”, añade.

Hoy en día es el más consentido de sus tres escarabajos. Kurmen decidió hacerle un honor al California look, el estilo con el que los californianos identificaron a sus escarabajos: con calcomanías, tablas de surf y una lonchera de Coca-Cola. Porque es un carro que tiene su propia personalidad, sus propias reservas.

“Me han pasado muchas cosas con él. Fue el carro que conduje cuando salí por primera vez con la que ahora es mi esposa. Después de la velada, cuando fui a llevarla a la casa, no me quiso prender. Lo que pasa es que es celoso…”, confiesa con una sonrisa.

Pero ser el dueño de tres escarabajos también tiene sus inconvenientes. Como el espacio. Kurmen, quien se desempeña como profesor universitario y reside en un apartamento pequeño, tiene que pagar cada mes el arriendo de tres parqueaderos.

De cinco en realidad, porque sus desplazamientos diarios (y los de sus esposa) los realiza al volante de un Volkswagen Gol y un Renault Clio para minimizar el riesgo de un accidente. “Yo trato de sacarlos al menos una vez cada 15 días”, comenta.

Sin embargo, el espacio y el dinero que implica pagar los impuestos de cinco automóviles nunca han sido un inconveniente, porque su pasión ha demostrado ser mucho más grande que las cuentas por cancelar.

En 2008 un cuarto escarabajo llegó a su vida. “Me encantó porque los modelos 52 vienen con un detalle particular: sus ventanas traseras son únicas”, admite Kurmen, y confiesa que el precio no fue alto porque el vehículo estaba lleno de óxido y sus papeles, radicados en Barranquilla, no tenían dueño.

Actualmente se encuentra en el taller, pues es el protagonista de un intenso proceso de restauración. Su orgulloso propietario espera que para 2013 pueda manejarlo por las calles bogotanas.

“El escarabajo es un carro que me encanta porque cualquiera puede tenerlo. Hay personas para quienes significa su único patrimonio, y también conozco otros coleccionistas que tienen hasta diez. Pues imagínese, si yo, que soy profesor universitario, tengo tres”, comenta Kurmen dirigiéndose a su padre, Rodrigo, el promotor de que su vida gire en torno a la ‘Volksmanía’.

“Sí, es cierto. Pero ellos comenzaron a comprarlos cuando ya tenían plata, y no al revés...”, responde a modo de regaño cariñoso, seguido de una sonrisa.

Un club para apasionados

Volksmanía es una afición que no conoce límites de ninguna especie. Pero en 1982 era el nombre de un almacén bogotano especializado en accesorios para carros Volkswagen, cuyo dueño, Fernando Santos, patrocinaba reuniones entre clientes que querían compartir su afición por la marca alemana.

Cinco años después, tras el cierre del almacén, nació el Volkswagen Club de Colombia, el lugar indicado para dar asesorías sobre repuestos y mantenimiento, así como para realizar caravanas a lugares alejados de la capital.

Es uno de los clubes de autos antiguos más organizados que existen en el país, pues cuenta con patrocinio tanto del fabricante como de talleres especializados.

Actualmente, más de 400 propietarios se encuentran afiliados y están al tanto de las diferentes actividades organizadas gracias a su página en la red social Facebook.

dmayorga@elespectador.com Fotos: Felipe Abondano

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