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Perfil ambiental del Cerrejón

El yacimiento a cielo abierto de carbón para exportación más grande del mundo ha implementado varios programas orientados a proteger la fauna.

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Santiago La Rotta / La Guajira
24 de junio de 2009 - 11:42 p. m.
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“Hoy en día somos usuarios, mañana seremos sustrato”, dice Ramón Gualdrón, un ingeniero agrónomo que coordina los programas de rehabilitación de tierras de la mina de carbón el Cerrejón, en La Guajira, mientras con ternura agarra uno de los árboles plantados en las 2.600 hectáreas de terreno recuperadas, luego de que el carbón en esas zonas se acabó y la maquinaria y los obreros se mudaron a otro sector, de las 69 mil hectáreas que componen el complejo minero.

Lo que sucede en el Cerrejón genera una mezcla de sentimientos, un choque de sensaciones. Por un lado está la vista impresionante de los tajos, los sitios donde sucede la extracción del mineral, con su paisaje lunar y su maquinaria de enormes proporciones. Pero para el espectador es inevitable, después del primer momento de asombro, preguntarse con terror en aquel lugar: “¿Qué hemos hecho?”.

Por otro está Gualdrón y su charla suave, sus amables maneras de decir cómo el Cerrejón si bien es el encargado de abrir hondas y negras heridas en las entrañas de la tierra para sacar el carbón que duerme a 300 ó 400 metros de profundidad, al mismo tiempo se encarga de sanarlas, o al menos se toma la tarea bastante en serio.

Antes de que en el horizonte aparezca el buldócer entran al terreno varios grupos de personas. Uno de ellos debe hacer el inventario minucioso de las especies de flora y fauna que están presentes en ese sector. Aquellas especies que no pueden migrar por sí solas son llevadas al Centro de Fauna de la mina, en donde reciben atención hasta ser liberadas de nuevo en un lugar seguro.

Este proceso es apoyado por Conservación Internacional desde abril del año pasado, entidad que supervisa que todo se haga correctamente. Desde que se instituyó el Centro han sido rescatados 20.000 animales y el éxito de este sitio es tal que las mismas autoridades del departamento acuden a él cuando decomisan especies que iban a ser comercializadas ilegalmente. Es inevitable pensar que en La Guajira la mina, en algunos casos, es ley.

Justo antes de empezar la excavación minera, cada gramo de tierra es transportado hasta un sitio de almacenamiento a cielo abierto. Diez años después, cuando el carbón se haya agotado, la misma tierra que se encontraba en el lugar volverá a ser replantada para que todo florezca de nuevo. Esta es la espina dorsal del programa de rehabilitación de la mina.

“Nosotros no trabajamos la tierra, sino la hacemos. Si realizamos el trabajo bien, todo crecerá normalmente y podremos volver a escuchar la filarmónica de la fauna”, dice con orgullo Gualdrón mientras camina por un sector que solía ser mina y hoy en día es bosque.

Durante los primeros años que transcurren luego del reimplante de la tierra, Gualdrón y su equipo se concentran en comprobar que el agua llegue hasta el último rincón de ésta. En promedio, para que un bosque adulto vuelva a crecer en este lugar deben pasar entre 10 y 15 años, luego de comenzado el proceso de rehabilitación. Desde que arrancó la operación del Cerrejón se han guardado 34 millones de toneladas de tierra para ser reimplantada. Cada hectárea le cuesta a la mina ocho mil dólares. Las ganancias del Cerrejón ascendieron, el año pasado, a US$1.500 millones.

“El hombre deja una huella, lo que tratamos es minimizarla. En el Cerrejón hacemos minería de forma responsable”, afirma Abraham Korman, director de gestión ambiental de la mina. Pero, ¿es responsable con el planeta la minería? La respuesta trasciende la labor del Cerrejón y tiene que ver más con la forma como la especie, y específicamente ciertos países, se proveen de energía. La mina genera una contradicción emocional, una sensación que ondula entre el negro paisaje de los tajos y el verde del bosque que volvió a nacer donde antes sólo hubo carbón.

Por Santiago La Rotta / La Guajira

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