6 Mar 2011 - 10:09 p. m.

Poca ciencia en la estación espacial

A pesar del crecimiento que ha tenido la misión internacional, aún no se ven resultados científicos de peso.

Alicia Rivera / El País

En la Estación Espacial Internacional (ISS, por su sigla en inglés) el tráfico empieza a ser notable: acaba de llegar el transbordador Discovery, poco antes ha atracado el carguero europeo Johannes Kepler con más de siete toneladas de suministros, hace 10 días partió de allí la nave rusa Progress y la japonesa HTV sigue enganchada en la base. También la población de la estación es numerosa: seis astronautas de tripulación y otros tantos visitantes que han llegado en el Discovery. La ISS empieza a parecer una base de ciencia ficción, con movimiento rutinario de naves y personas. Pero los descubrimientos, la gran ciencia, lo que ha sido el objetivo declarado y constantemente aireado de la ISS desde el inicio del proyecto, siguen esperando su momento.

Una docena de años después del inicio del montaje en órbita, la estación suma 375 toneladas y tiene las dimensiones de un campo de fútbol (109 por 50 metros) en órbita, a 350 kilómetros de la superficie terrestre. Está formada por módulos laboratorio y de servicio, bloques de enlace y almacenes, grúas, plataformas, estructuras, puntos de atraque y paneles solares; en total, los astronautas viven en 837 metros cúbicos de espacio presionado en su interior. Es, sin duda, un gran logro de ingeniería espacial. El costo, difícil de precisar por los diferentes aportes de los países socios, ronda los 100.000 millones de euros.

En cuanto al aprovechamiento científico, los resultados se miden en artículos publicados —tras evaluación— en revistas especializadas. Según datos de la Nasa, hasta ahora se han publicado 214 artículos de investigaciones hechas en la ISS y en las misiones correspondientes de los transbordadores, la inmensa mayoría en revistas de nivel secundario.

“Antes de tener el módulo laboratorio Columbus sólo podíamos hacer experimentos cortos, pero desde hace tres años hemos empezado a realizar proyectos largos y los resultados científicos importantes se van a ver”, explica Martín Zell, jefe del departamento de utilización de la ISS de la Agencia Europea del Espacio (ESA). Se han hecho cerca de 100 experimentos por parte europea desde el inicio de la ISS y otros tantos desde que empezó a funcionar el Columbus, señala Zell.

Juan Manuel García Ruiz, investigador del CSIC en la Universidad de Granada y experto en cristalografía, considera que es difícil publicar artículos de gran impacto con datos de la ISS.

En otro campo, la física, quizá brille la base orbital como entorno de gran ciencia cuando se instale allí, dentro de poco, el detector AMS para medir rayos cósmicos. Hasta ahora, los resultados de investigación más notables se han dado en estudios del organismo humano en las condiciones de microgravedad, e incluso la Nasa decidió, durante un tiempo, que éste sería el campo esencial y prácticamente único de sus investigaciones en la ISS.

La ESA, sin embargo, se ha mantenido firme en su visión del Columbus como laboratorio multipropósito. “Es una instalación multiuso para hacer experimentos de diferentes disciplinas”, asevera Zell.

Pero el programa cuesta dinero: 290 millones tienen que pagar al año los países europeos participantes en la ISS (es un proyecto optativo de la ESA en el que España pone menos del 4%) por el uso y mantenimiento de su parte de la estación (8% del total). Muy superior es el costo para la Nasa, socio principal del proyecto. En esta situación, la ESA busca nuevos participantes —y contribuyentes— para la ISS entre otros países (europeos preferentemente) y la Nasa la promociona en el entorno de la ONU.

¿Es la estación un laboratorio revolucionario, de frontera de la ciencia, como tantas veces han dicho sus promotores? “Yo no diría revolucionario”, responde García Ruiz. “Es una plataforma en la que el valor de la gravedad es unas 10.000 veces menor que en la Tierra y eso puede dar juego en ciencia; pero, sobre todo, es el ambiente en el que vamos a realizar los viajes espaciales del futuro”. No hay más remedio que estudiar ese entorno, dice, para saber cómo influye sobre el cuerpo humano y sobre las tecnologías.

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