14 Apr 2012 - 11:49 p. m.

Pulso de poderes

En el último día de la Cumbre Empresarial, los presidentes de EE. UU., Brasil y Colombia demostraron que los cambios económicos en el continente también generan fricciones.

David Mayorga / Enviado Especial, Cartagena

El primer encuentro (o más bien desencuentro) de la lucha contra las drogas se dio en medio de las sonrisas incómodas y pullas con diplomacia. Los protagonistas fueron los presidentes de Estados Unidos, Barack Obama, y de Colombia, Juan Manuel Santos, quienes en la última jornada de la Cumbre Empresarial de las Américas demostraron que el tema sigue aportando una alta dosis de polémica a la política continental.

Todo comenzó con un reconocimiento sincero por parte del mandatario colombiano, el cual se pareció más a un reclamo formal: “Somos el país que más ha sufrido por cuenta de la lucha contra el narcotráfico, decretada por el expresidente Richard Nixon en los años 70. Estuvimos a punto de ser un Estado fallido, pero mejoramos gracias al Plan Colombia, aprendimos a combatir cada uno de los eslabones de la cadena del narcotráfico y ahora le exportamos ayuda a otros países”. Y acto seguido se inició la polémica: “Tenemos la obligación de ver si lo que estamos haciendo está bien o si hay alternativas más eficaces”.

Hasta ahí llegó la cordialidad que ambos mandatarios y la presidenta brasileña Dilma Rousseff habían mantenido por cerca de media hora en su conversación. El hilo, que había versado sobre el resurgimiento de las economías latinoamericanas en un contexto global de crisis económica, la importancia de fortalecer el comercio y consolidar la competitividad regional, se topaba con uno de los temas tabú de la política interamericana.

La respuesta de Obama fue sosegada. Hizo una revisión rápida del papel jugado por su país en la lucha contra el narcotráfico, en la cual ha invertido más de US$30.000 millones, y destacó el papel que México y Colombia han desarrollado en su aplicación a pesar de sus miles de muertos.

“Desafortunadamente, el comercio de droga se ha integrado en la región”, dijo el mandatario estadounidense antes de devolver un golpe seco y contundente en el plano democrático: “Es legítimo mantener el análisis, pero la legalización no es la respuesta”.

Ése fue el primer choque del nuevo papel que Santos ha comenzado a jugar en la región, cuyo bautizo se dio con su aparición en la revista de la prestigiosa revista estadounidense Time. Se dio en el lugar que él mismo había escogido para mostrarle al mundo el liderazgo regional que su Gobierno ha venido construyendo desde hace cerca de dos años, donde ha manifestado una y otra vez que el mejor camino para que América Latina siga atrayendo la atención del mundo es una integración completa y profunda con Estados Unidos, su principal socio comercial y poder dominante.

Aunque ya no es el único. También lo expresó la presidenta Rousseff, quien escogió una mirada al pasado para desvanecer la tensión en el ambiente. Se refirió a la relación asimétrica entre el norte y el sur como una de las razones por las que las naciones latinoamericanas sufrieron el yugo de la economía hace 20 años. Pero la líder de la sexta economía más grande del mundo dejó muy en claro que el presente es diferente: “El crecimiento virtuoso respeta la soberanía de los países, y a eso le tenemos que apostar. A asegurar la educación y la capacitación, para agregarle valor a nuestra economía”.

Compras de aviones

La tensión entre los tres protagonistas también se vivió en el campo del comercio, con referencias tenues y críticas indirectas a los recientes altercados que Brasil ha protagonizado en materia arancelaria con los socios de la región. En el desarrollo de la conversación, el propio Obama destacó que el comercio interamericano había crecido 46% desde su llegada a la oficina oval, con el denominador común de la creación de empleos a lo largo y ancho de la región.

Posición que no estuvo ausente de críticas, pues los vecinos suramericanos se quejaron de que la política expansionista del Norte había incidido en aumentos de inflación y apreciaciones de las monedas regionales, afectando sensiblemente áreas como el comercio de servicios.

Pero para evitar cualquier duda que pudiera recaer sobre la agenda de Washington, el presidente estadounidense volvió a recurrir a la diplomacia: “Antes pensábamos en socios grandes y pequeños, ahora simplemente tenemos socios en toda la región”, aseguró, y agregó que gracias al comercio interregional su país había encontrado nuevos clientes.

En ese momento se presentó un nuevo roce. Dirigiéndose amistosamente hacia su anfitrión, Obama le preguntó sonriendo si las empresas colombianas estarían dispuestas a comprar más aviones Boeing (el conocido fabricante estadounidense de transporte aéreo). Pero la respuesta fue contestada por Rousseff, quien no perdió tiempo para proteger sus intereses estratégicos en la región: “Sólo Embraer”, refiriéndose a la estatal brasileña que surte a buena parte de las aerolíneas y fuerzas aéreas latinoamericanas.

Allí se detuvieron las fricciones entre los líderes continentales, por que, tal vez, en un ataque de cordura, todos coincidieron que el mejor camino para que la región salga adelante es uno donde todos caminen de la mano. Y quien lo reconoció fue el propio Obama: “Hoy en día no hay ningún país latinoamericano que se oponga al crecimiento de Estados Unidos, pues es su principal destino de exportaciones”.

También lo hizo el presidente Santos, quien invitó a los tres a llevar esa posición al foro en el que se discuten los lineamientos de la economía global: “Es necesario que en una próxima reunión del G-20 lleguemos con una posición común. Que desde Alaska hasta la Patagonia se realicen propuestas concretas, prácticas y realizables”.

Por supuesto, no se descarta que nuevas fricciones, y quizás de mayor intensidad, se presenten con el inicio de conversaciones en ese nuevo foro.

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