14 Sep 2012 - 9:44 p. m.

Qué tal Londres

No terminaban de poner en orden la ciudad luego de tanta celebración monárquica cuando la llama olímpica recorría buena parte del territorio británico anunciando la apertura de los competencias deportivas más importantes del mundo.

Por Piagranados, colaboradora de Soyperiodista.com

Esas oportunidades que le llegan a uno en la vida como caídas del cielo hay que agarrarlas con fuerza y aprovecharlas. A mí la campana me sonó por el lado que más me gusta. Ya estoy caminando por el cuarto piso y tengo que confesar que una de mis preocupaciones era que el tren de la vejez me tomara por sorpresa con una cantidad de deudas pendientes, entre ellas la de conocer el mundo.

Cuando pequeña vimos en casa el matrimonio de Lady Diana y el príncipe Carlos por televisión, mi madre atraída por la magia de los cuentos de hadas no parpadeaba al ver la realeza tan cerca y tan lejos. Por ese entonces yo ni me imaginaba que pisaría las huellas de la fallecida princesa en la Catedral de St Paul en Londres.

Debo decir que la primera impresión al llegar a la capital británica no fue la mejor. La mirada triste de la naturaleza soportando las bajas temperaturas de febrero despertaron en mí una ligera depresión que contrastó con la alegria de saber que el país de la reina Isabel II me invitaba a conocerlo desde sus entrañas.

El recorrido de cualquier turista como yo arranca por lo más novedoso. La majestuosa torre del reloj que el mundo conoce como Big Ben se erguía frente a la lente de mi cámara que no paraba de disparar, mientras rios de gente se aglutinaban junto a mí con la misma intención.

Atrás, el caudaloso Támesis era escenario para decenas de embarcaciones cargadas de turistas que lo navegaban mirando asombrados a lado y lado construcciones medievales y contemporáneas que son testigos de la majestuosidad del Tower Bridge, el histórico puente que atraviesa el rio y se levanta para dar paso a grandes embarcaciones.

Antes de iniciar este recorrido llamó especialmente mi atención el transporte público. Después de salir de un caótico sistema de movilización en mi querida Bogotá, me encontré con los famosos buses rojos de dos pisos y con un centenar de taxis que se resisten a cambiar su apariencia para no dejar de ser el símbolo del Reino Unido. Igual o más atractivo es encontrar a los conductores manejar del lado derecho, y por supuesto entender que el sistema vial también es contrario al nuestro. Hasta aquí estaba, no menos que muy emocionada de encontrarme en una de las ciudades más visitadas del mundo.

El paseo no era paseo si no veía por lo menos el lugar de habitación de la Familia Real. El palacio de Buckingham es un gran bunker en cuyos alrededores reposan cientos de turistas con cámara lista para disparar con la ilusión de encontrarse por lo menos a uno de los miembros de la realeza británica. Yo no tuve esa suerte. Lo máximo que mis fotografías alcanzaron a registrar fue el balcón donde de vez en cuando asoman para darle un saludito al pueblo en ocasiones especiales. De ahí, aprovechando un fin de semana, partí para Windsor a ver si corría con más suerte.

Es el lugar donde la reina suele pasar los “weekend” además de realizar sus fiestas privadas con otras familias de su estirpe de todos los rincones del mundo. Tampoco esta vez tuve la fortuna de estar con ella en el mismo lugar, pero aproveché para recorrer el hermoso e inmenso castillo que narra letra por letra cómo se ha escrito la historia de Inglaterra hasta lo que es hoy en día.

Saber que allí se libraron varias batallas y que es el castillo más antiguo del mundo aún habitado, es un poco más que fascinante.

Seguí caminando por las huellas de la historia británica y fuí a dar a Oxford, siempre quise saber cuál era el secreto guardado de una de las universidades más prestigiosas del mundo. Mientras yo buscaba un edificio con un aviso en la entrada “Universidad de Oxford”, a mi lado pasaban varias construcciones absolutamente antiguas que sirven de sedes para cada una de las facultades. La universidad es la ciudad, o mejor la ciudad es la universidad.

Seguramente a los más intelectuales el corazón les late con más fuerza cuando se encuentran con las facultades de historia o filosofía, pero otros, ansiosos de encontrar otro tipo de novedades, llegan hasta Christ Church, una edificación construída en 1525 y que gracias a la magia que inspira con solo verla, fue el escenario para el rodaje de Harry Potter, una de las historias de ficción más apetecidas por el mundo entero.

Luego de bajarme del bus de la historia, continué mi recorrido por la Londres cultural, la de las compras, la de la lluvia y la del inglés verdadero, como dicen por ahí. Imposible no hacer un alto en el camino para abrir el abanico de los museos, verdaderas joyas de la corona. El British Museum, El Victoria and Albert Museum y el Natural History Museum se llevan algunos de los aplausos por ser los más visitados al lado de otros tan o más importantes como National Gallery, Science Museum, entre otros. Cada uno de ellos tiene maravillosas historias para contar no solo de la cultura británica; desde los museos viajamos a otros rincones del mundo y hasta nos devolvemos en el tiempo para revivir, entre otras cosas, las atrocidades de las guerras mundiales.

Pero el visitante además de alimentar el ojo intelectual también quiere ver cómo se mueve el mundo del consumismo. Por eso me aventuré a ir al gran “Harrods”, una edificación que por fuera se viste de arquitectura antigua pero que en sus entrañas exhibe lo más novedoso en cuanto a moda, encantos para el paladar y muestras exóticas de todo el mundo. Creo que no solo yo caminaba por el lugar con los ojos abiertos al extremo, los señores diseñadores europeos no escatiman en ponerle precio a sus creaciones, algo exhorbitante para mi fracturado bolsillo latinoamericano. Imaginarme con uno que otro de esos modelitos en mi figura cuarentona me hizo escabullirme de allí y sin darme cuenta caí en otro paraíso para los sentidos. El imperio de los chocolates.

Aquí no solo los ojos están desorbitados de ver tantos y tantos chocolates de todo el mundo, sino que el sentido del gusto se alborota y pide a gritos probar por lo menos uno. Así lo hice. Con unas pocas libras esterlinas, me dieron precisamente unas pocas muestras de chocolates, pero eso sí, en la bolsita de “Harrods”. El chocolate aun no terminaba de derretirse en mi boca cuando escuché el suave sonido de las burbujas en una copa de champán , imposible no sentir el placer de brindar con el exhuberante vino espumoso francés.

El tour no termina, otro espacio aún más grande con un listado de cosas exóticas abre sus puertas, pero talvez mi ojo acostumbrado a ver las cositas criollitas de mi patria, me llevó a lo que para muchos es de especial atención: granadillas y tomates de árbol. Allí reposaban ellos con su tarjeta de presentación que los acreditaba como colombianos y con un precio digno de extranjeros lejanos. 25 libras esterlinas un kilo de granadillas, algo así como 70 mil pesitos colombianos.

Con ganas de retornar a mi tierrita a contar este sinnúmero de maravillas aterricé en la zona conocida como Elephant & Castell, lugar que alberga un buen número de inmigrantes, muchos de ellos colombianos. Los nuestros, como siempre tan recursivos, hacen que uno no extrañe su comidita luego de soportar la muy pobre gastronomía inglesa.

Talvez después de probar un pescado apanado, con arvejas un tanto dulces y unas gigantes papas fritas durante varios días que los ingleses llaman “Fish and Chips”, cualquiera sale disparado en busca de una empanadita, una arepa, una frijolada y hasta un aguardientico. Cuánto extrañé en ese momento mi patria y cuánto la extraño ahora.

Con un banquete muy criollo no podía estar más que lista para alzar la mano y darle un saludo así fuera a kilómetros a la reina Isabel II que por esos días cumplió 60 años como cabeza de la monarquía británica. Tengo que decir que ni el frio ni la lluvia típicas de la región ahuyentaron a locales y turistas que ondeábamos banderas inglesas mientras la familia real y una caravana de casi mil embarcaciones, navegaban por el rio Támesis. La celebración incluyó concierto con los más reconocidos artistas del Reino Unido, así que como no tuve oportunidad de ver a Paul McCartney en Bogotá, me pude deleitar con su maravilloso talento en su propia casa.

No terminaban de poner en orden la ciudad luego de tanta celebración monárquica cuando la llama olímpica recorría buena parte del territorio británico anunciando la apertura de los competencias deportivas más importantes del mundo. Es una lástima que mi tiempo de estadía hubiera llegado a su final justo antes de esta gran celebración por eso tuve que ahogar mis penas en un PUB, el lugar preferido de los ingleses para tomar una cerveza al final de la jornada laboral. Del PUB salté al sistema de transporte subterráneo más antiguo del mundo para despedirme de estas tierras inglesas.

Una de las muchas lecciones que aprendí y que escribí con letras mayúsculas en mi diario personal, es que un buen abrigo y una calurosa bufanda nunca sobrarán en las tierras inglesas. De esta manera cerré el capitulo dedicado a ese pedacito del mundo con la promesa de guardarle muchas hojas en blanco para seguir escribiendo todo lo que me faltó ver, saborear, olfatear y vivir.

Por Piagranados, colaboradora de Soyperiodista.com

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