9 Aug 2011 - 8:01 p. m.

Renuncia de Gómez es como vender el sofá

La renuncia de Hernán Darío Gómez, ¿nos hará conscientes de la violencia de género? ¿Detendrá los engendros machistas?

Elsa Tobón

Otra vez los medios y la opinión pública colombiana vendiendo el sofá. No pongo en duda que existe la violencia de género, ni que las figuras públicas se convierten en modelos a seguir, y en consecuencia, están más obligadas a tener un comportamiento ejemplar.


Pero, ¿estamos enfocando el problema real? ¿El que subyace bajo este incidente? No parece. Hernán Darío Gómez lamentó “profundamente este hecho” y ofreció excusas públicas frente a lo que llamó “el incidente personal”. “El hecho” tiene un nombre propio. Se llama golpe y produce lesiones. Las físicas son visibles, y sanan rápido. Las psicológicas son más dolorosas y persisten por mucho tiempo. Así que para obtener el perdón pedido hay que empezar por aceptar la conducta y solo se acepta cuando se le llama por su nombre. Lo demás es una simple pose para “apaciguar” el linchamiento, no un arrepentimiento sincero. Así que no se aceptan las excusas. Pero el problema no es Hernán Darío Gómez. Ese es el sillón. Los problemas son tres: nuestra violencia visceral, el alcohol y el machismo.


Nuestra violencia


Nuestra historia es de violencia, de agresión de unos contra otros. La física es la más extrema, pero la verbal es más grave. La practicamos y perpetuamos todos, aunque a veces no nos demos cuenta de ello. El lenguaje cambia y hay palabras que ahora tienen, en sí mismas, un contenido de odio, de violencia, que son peyorativas, y las seguimos usando amparados en la cultura sin darnos cuenta de que desvalorizan al otro, le quitan su naturaleza humana. Los únicos indios son los que nacen en la India. Nosotros tenemos una población indígena. Quienes tenemos la piel oscura somos simplemente afrodescendientes, y así se consagró en la Constitución Política de 1991. Somos personas mayores o envejecientes, no “viejos”. Igual con los homosexuales, o gay, o comunidad LGBTQ, a quienes seguimos llamando con el término usado por el expresidente Uribe. Es violento también, condenar a alguien sin permitirle el derecho a la defensa. Y más violento aún, hacerlo en los medios, en los foros, usurpando el rol de la justicia. Es la justicia la que decide si se agredió en legítima defensa o se abusó de las condiciones de inferioridad de la víctima.


El alcohol


El alcohol es un grave problema de salud pública en todo el mundo, precisamente por su relación con la violencia. Su consumo abusivo afecta directamente a las funciones físicas y cognitivas, los bebedores tienen menos autocontrol y capacidad de procesar la información que reciben, por lo que es más probable que recurran a la violencia. El exceso en el consumo dispara la violencia del bebedor y al mismo tiempo lo hace presa fácil de la violencia del otro. Para nuestra desgracia, tenemos campañas a favor del consumo del alcohol, pero no educación en cuanto a su abuso. Ni ayuda para salir del hoyo.


El machismo


Nuestra sociedad es machista, doblemente machista. Hombres y mujeres. Machistas cuando nos aprovechamos de nuestra condición femenina para ofender al otro. Cuando no enseñamos a nuestros hijos a compartir los deberes de la casa, cuando damos absoluta libertad a los hombres y coaccionamos a las mujeres para que no salgan, ni piensen, ni tengan derecho a su sexualidad. Perpetuamos el machismo.


Pero el más grande ejemplo de machismo lo tenemos en el Congreso: José Darío Salazar, presidente del Partido Conservador, y 50 congresistas más, que con el apoyo de la Iglesia Católica, los cristianos y otras religiones en el país, presentaron hace pocos días un proyecto de ley ‘dizque’ para blindar la vida y prohibir el aborto en Colombia. Se escudan en las firmas de cinco millones de personas, seguramente muchas mujeres entre ellas. Ese es un proyecto machista porque va directamente en contra de las mujeres. Supongamos que los firmantes están muy mal informados, muy alienados por la prédica barata, y desconocen la realidad de la mujer. Pero los congresistas y los líderes religiosos han pasado por universidades y saben leer estadísticas de salud pública respecto a la mujer y su salud. Saben cómo funciona el cuerpo humano, conocen la química del amor, han leído sobre la importancia de las conquistas sociales y sexuales. Ellos son machistas, y de los peores. Se declaran triunfantes porque presentaron esa pavorosa iniciativa, que buscando “preservar la vida” condena a la muerte a los millones de mujeres que tendrán que acudir al aborto ilegal en condiciones insalubres. Especialmente a las más pobres.


El aborto no es ni puede ser un instrumento de planificación familiar. Hay que entenderlo como una conquista social femenina para resolver situaciones que se presentan porque no somos ángeles, ni vivimos en el cielo. Somos humanos, simplemente humanos. Si fueran los hombres los que tuvieran que tener a un hijo producto de una violación, o con un grave riesgo para su salud, o con un defecto físico detectado, pensarían distinto. Esas tres son las únicas circunstancias que admite la ley colombiana. En lugar de avanzar para un reconocimiento mayor, se retrocede. Ellos son los que deberían renunciar, no solo por machistas sino por ignorantes.Y por hipócritas, porque muchos de ellos "aconsejan" el aborto a sus "amiguitas".


Preguntas


La renuncia de Hernán Darío Gómez, ¿nos hará conscientes de la violencia de género? ¿Detendrá los engendros machistas del congreso y de las religiones? ¿Enseñará a las nuevas generaciones a convivir en el respeto, a no agredir a nadie? ¿Nos llevará a una discusión sobre el problema del alcohol en exceso? Si es así, ¡bienvenida!


Pero lo dudo mucho. Creo que solo servirá para que nuestras figuras públicas “refinen su solapamiento”, esa hipocresía que les permite ser honorables de día, y abusadores de noche, violando a sus esposas, o maltratándolas verbalmente, para que no quede huella. Porque también nuestra justicia es machista y solo le cree a la mujer maltratada cuando puede mostrar los morados. No solo la policía. También muchos defensores de menores, comisarios de familia y jueces.


Por Elsa Tobón, colaboradora de Soyperiodista.com

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