16 Nov 2014 - 3:17 a. m.

Sexualidad y discapacidad

María Elena Villa Abrille, sexóloga y terapeuta argentina, habló con El Espectador sobre los derechos de esta población. El reto actual: abrir espacio para que desarrollen su sexualidad.

Santiago valenzuela

Pensar en la sexualidad de una persona con discapacidad — o diversidad funcional, término que ellos prefieren porque no tiene una connotación negativa — puede ser una reflexión revolucionaria. Habría que empezar por lo que se considera como “relación sexual”. Daniela, una mujer de 28 años con síndrome de Down, asistió en los últimos meses al consultorio de la sexóloga argentina María Elena Villa Abrille:

“Ella estaba muy alborotada hormonalmente porque tenía un novio con el que hablaba por teléfono. Walter se llama el chico, y no puede hablar. El papá no podía tolerar cuando ella lo llamaba porque empezaba a decir Waaaaaaaalteeeer, Walter, Walter, Walter, y se emocionaba mucho. Le cantaba canciones, y le decía que lo amaba. Empecé a trabajar con ella y cuando empezó a expresarse como adulta dejó de gritar y los padres fueron aceptando sus llamadas, su espacio íntimo”, relata Villa.

Sentir afecto a través de una llama telefónica, así era la vida sexual de Daniela, sólo que los padres no lo entendían. María Elena Villa, también psicóloga, y terapeuta acreditada por la Federación Latinoamérica de Sexología y Educación Sexual, estuvo esta semana en el “Seminario Internacional de Sexualidad: Reconociendo la Diversidad”, organizado por la Secretaría de Salud de Bogotá. Habló con El Espectador sobre el reto que tienen los países en Latinoamérica en relación a la inclusión de personas con diversidad funcional. Uno de ellos, la integración a partir de la sexualidad.

¿Cuál es su percepción sobre las posibilidades de inclusión para la población con diversidad funcional?

La legislación, por lo menos en Argentina y considero que en otros países de América Latina también, se ha quedado obsoleta frente al enfoque de inclusión para esta población. A través de la ley se generó una demanda de instituciones: escuelas, instituciones hogares… Cuando la mirada actual tiene que ver con los derechos y la vida independiente de las personas con diversidad funcional. Se trata de entender que ellos tienen los mismos deseos y necesidades que nosotros.

Entre estos aspectos la sexualidad...

Así es. Las familias cuentan con talleres y escuelas para sus hijos en condición de diversidad funcional. Pero ¿Qué pasa cuando ellos dicen quiero una novia, me quiero casar? En este punto se quedan estancados porque hay una concepción mitológica de que las personas con discapacidad son seres asexuados. También se piensa que los adultos mayores no tienen una sexualidad activa. Esto es un error: la sexualidad son las miradas, las caricias, la forma en que nos vestimos, no sólo la sexualidad reproductiva. La sexualidad es un derecho como reír.

¿Cómo concibe la sexualidad en el caso de las personas con diversidad funcional?

La sexualidad también es percibir una caricia, sentir la piel de otro, sentir un beso, construir una familia, tener una pareja. Pero lo que sucede es que los únicos cuerpos que tocan son los de los médicos, padres o docentes. Por ejemplo, la sexualidad de las personas con déficit intelectual es igual a la de los niños: juegan a estar casados, a tener hijos, todo pertenece al juego. La sexualidad de los adultos mayores, por ejemplo, pasa por mirar el atardecer, por tomar el té, ver una película o tomarse la mano, no tiene que pasar necesariamente por la genitalidad.

¿Existen instituciones para esta población que contemplen esta libertad sexual?

Es muy difícil, porque si los reconocen como personas sexuales van a ser considerados como unos degenerados. También hay un miedo de que la sexualidad se le vaya de las manos a la institución. El cambio no solamente depende de las instituciones. Si la persona que ve el papá o la mamá está en un hogar geriátrico en el que lo dejan dormir con otra persona lo sacan. Lo mismo pasa en los casos con las personas que tienen síndrome de down. El problema es que el adulto juzga desde su sexualidad y no comprende al otro.

También tiene que ver con la educación...

Claro, los programas de educación sexual son muy rígidos, y aunque en Argentina existen en todas las escuelas estatales, los docentes no saben cómo enseñarlo, venimos de una sociedad muy represora. También es necesario que las familias replanteen algunas cosas. Las madres piensan, bueno , si mi chico con síndrome de down crece y quiere tener una novia qué hago. En muchos casos prefieren tenerlos en un frasco. He conocido chicos que dicen ¿Por qué no puedo estar en el cuarto con mi novia como lo hace mi hermano? ¿Por qué tengo que estar siempre vigilado? Ellos tienen procesos de crecimiento, igual que todos nosotros. También es un problema de ignorancia, porque los padres no se atreven a entrar en esos temas, a preguntarse por la situación sexual de sus hijos.

¿Es necesaria una reforma de Estado en este sentido?

Debemos entender que la población con diversidad funcional puede estar en todos los ámbitos de la sociedad: trabajo, educación, sexualidad. Es increíble encontrarse con mujeres con diversidad funcional que nunca han sido llevadas a un ginecólogo, simplemente porque los padres piensan que son asexuales. Ponernos a pensar en la sexualidad de ellos es como darnos el primer beso. ¿Cómo aprende a volar el pájaro? Le pregunta un hijo a su madre. Ella responde: el aire le enseña. Cada uno tiene que volar con su propio viento, y ellos también tienen derecho a volar.

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