21 Feb 2009 - 10:00 p. m.

S.O.S. por los mares

Esta semana en Santa Marta miles de peces aparecieron muertos. Los expertos coinciden en que puede tratarse de un hecho aislado o la evidencia de un peligro inminente que amenaza con atacar nuestros océanos.

Santiago La Rotta

Las imágenes daban cuenta de una escena macabra, como si se tratara del resultado de una antigua maldición. Peces y más peces. Peces hasta donde la vista alcanzaba. Todos muertos, el resultado de una masacre de escala bíblica, el enojo de alguna deidad caprichosa y terrible. Los habitantes del lugar se preguntaban cuál sería la causa, temiendo que se tratara de un mensaje divino, una señal de alerta de los hechos que están por venir.

“Los ecosistemas resisten tanto que cuando por fin algo pasa a gran escala es porque muchas variables han conspirado. Eso fue lo que pasó en Santa Marta”, explica Jaime González, un profesor de la Universidad Nacional enamorado del agua; alguien que ha dedicado toda una vida a analizar el papel de los tóxicos en ella.

Lo de Santa Marta pudo ser un caso aislado, una excepción que se presentó en los 2.900 kilómetros de costas que tiene nuestro país, o la fatal coincidencia de varios factores: vertimiento de aguas negras y poco viento, lo cual no permite la oxigenación normal del agua. Pero puede que no. Es posible que lo que pasó esté relacionado con el calentamiento global y el cambio climático, que dejaron de ser hace algunos años una preocupación de un grupo reducido de ambientalistas, una suerte de neurosis para vegetarianos, para convertirse en el ítem número uno de la agenda de organizaciones internacionales, en la gran amenaza de nuestra era que en algún momento fue la guerra nuclear y ahora es la supervivencia del medio ambiente, del planeta, del hombre.

Los océanos desempeñan un gran papel en el mantenimiento del equilibrio que sostiene la vida de las especies, incluida la nuestra y se sabe que meterse con los océanos es meterse con el motor del clima del planeta. Cada vez son más frecuentes las supertormentas, seguidas por períodos extensos de sequías, que a su vez preceden a inundaciones y temporadas de lluvias.

Elvira Alvarado, bióloga marina y directora del Museo del Mar de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, quien se ha dedicado a estudiar los corales del Caribe colombiano, una de las especies que encabeza la lista de las que más sufren los efectos y la


devastación de los cambios del planeta, sentencia: “Hemos notado que algunos fenómenos que desde hace tiempo sucedían ahora son más intensos, más frecuentes, más implacables. Estos eventos pasaron de ser agudos a crónicos”.

Lo que sucede en el océano, aquello que perjudica a los peces y demás formas de vida que habitan este ecosistema, comienza varios miles de kilómetros por encima del nivel del mar: en las cumbres nubladas de las montañas, de donde bajan los ríos.

Las aguas recorren la sinuosa ladera de las cordilleras con una carga letal de pesticidas, desechos industriales y orgánicos, y toda suerte de desperdicios de la actividad humana y luego caen al mar. “En el mundo hay identificadas 400 zonas costeras muertas. Estos son lugares en donde la abundancia de materia orgánica ha dado pie a la proliferación masiva de algas que, lentamente, ocupan el lugar del agua. En Colombia, hasta ahora, no hemos encontrado ninguna”, advierte González.

Biólogos, ecólogos y ambientalistas reconocen que las leyes y los protocolos existen, que en el papel la vida acuática, la integridad de los ríos y las aguas continentales están aseguradas. Sin embargo, Colombia es uno de los grandes consumidores de pesticidas y herbicidas, y hogar de dos de los ríos más contaminados del mundo: el Bogotá y el Medellín, cuyos espumosos cauces son la imagen más clara del desenfrenado progreso industrial.

Las primeras especies marinas en caer en la guerra del calentamiento global son aquellas que no se pueden mover, cuya única opción es, estoicamente, resistir hasta morir: corales, algas y todos aquellos organismos que forman la base de sustentación del equilibrio marino. Esto resulta sumamente preocupante para los expertos en la materia, que saben que el mar es la figura tutelar del planeta, la enorme masa que alberga los continentes. Además, de una fuente de abastecimiento para la alimentación y la riqueza energética de países como el nuestro que se extiende 370 kilómetros más allá de las costas.

Por eso, los cambios en los océanos no afectan sólo la vida marina, no es un asunto que se quede en las profundidades  del Pacífico o las heladas corrientes del Atlántico, en últimas, lo que pase con los mares afecta a todo el planeta.

Aun hoy, miles de años después de haber salido del agua, la vida depende de ella, del poder desbordante de los océanos para convocar un huracán que todo lo arrasa o para proveer de suficiente alimento a miles de pueblos a través de los tiempos. Y si en el país no nos concientizamos de su importancia y empezamos a trabajar para protegerlos, ecólogos y biólogos vislumbran un futuro nefasto. Un escenario protagonizado por la muerte y la devastación.

Google en los océanos

Google, el gigante de la búsqueda en internet, recientemente añadió la posibilidad de navegar y busear los océanos a sus servicios de mapas (Google Maps), vista satelital de la Tierra (Google Earth), y exploración de Marte y la Luna (Google Mars y Google Moon). Esta aplicación permite al usuario sumergirse en las profundidades de los océanos.


La compañía californiana se asesoró de un panel de científicos, en su mayoría oceanógrafos, para hacer mapas tridimensionales de las profundidades del mar con el fin de ofrecer a los navegadores vistas en tres dimensiones del mundo marino. Asimismo, la herramienta está enfocada en alertar acerca de los peligros que el cambio climático representa para los océanos y para las especies que están en vía de extinción debido al impacto negativo del hombre sobre los mares.

Tratado para reducir descargas de mercurio

Un tratado para frenar la liberación  de mercurio, un metal pesado altamente tóxico, fue firmado por 120 países la semana pasada en Nairobi, capital del país africano de Kenia, en el marco del foro ministerial del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

El documento establece que los Estados que se suscribieron al tratado deben encontrar formas más seguras de almacenar el metal, así como de disminuir su utilización en la elaboración de productos a escala industrial, como los termómetros. Asimismo, el acuerdo promueve la realización de campañas de concientización para alertar a la ciudadanía acerca de los peligros de consumir este metal, que se encuentra en altas dosis en los productos del mar.

Cerca de 6.000 toneladas de mercurio son descargadas al medio ambiente cada año, la mayor parte de éstas es regada en los océanos. El metal proviene de la actividad de centrales energéticas y minas de carbón.

“Soy optimista con el futuro”

Juan Ricardo Gómez, profesor investigador de la facultad de Ecología de la Universidad Javeriana, se declaró optimista en cuanto al futuro ambiental del planeta. “Estoy viendo el cambio climático, es cierto, pero al mismo tiempo veo que hay un cambio de actitud frente a los temas ambientales”. Asegura que hace nueve años aún se discutía acerca de la veracidad del calentamiento global. Sin embargo, hoy en día es muy poca la gente que no está al tanto de los problemas ambientales.

Y añade que: “La educación y la preocupación ambiental va a dar como resultado que la siguiente generación de gente que toma las decisiones va a ser una que tiene en mente el medio ambiente”.

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