23 Dec 2011 - 7:24 p. m.

Teoría del fin de los libros

Entre la tirantez del aire y el amanecer de un sol reflejado sobre el pavimento húmedo, mendigos arropados por cartones en los andenes, pitos de buses, carros embotellados y gente envuelta en abrigos camino a su trabajo, atravesó la calle y llegó al centro comercial cuando aún no estaba abierto.

Daniel Ferreira (Diciembre de 2011)

Los empleados y las cajeras fumaban, bebían café y conversaban con desidia, simplemente para deshelar el silencio. Ana se sentó en un escalón de la entrada. Esperó. Había medias largas y faldas cortas a su alrededor. Estaban de moda, pero Ana no llevaba falda. Usaba un pantalón viejo y gastado por las rodillas, que cubrió en las mataduras al rodear las peladuras con las manos, con disimulo. Imaginó cómo le quedaría uno de esos trozos de gasa mínima por encima de las corvas, pero no le gustó lo que vio: varices y fibras en sus piernas musculosas. Le parecieron vulgares, como las piernas deformes de señoras con minifalda que veía todos los días en la esquina, camino a su casa, allá, en el callejón en penumbras, dando alaridos, haciendo escándalo, llamando a los hombres a la oscuridad. Ana desvió los ojos hacia la entrada del edificio. Los guardias ya abrían las puertas del nuevo centro comercial. Se mezcló en el tumulto y entró para empezar a buscar.

En las vidrieras y los exhibidores parecía haber todo, menos lo que buscaba. Fue hacia un guardia y le pidió información.

—¿Y la quiere de verdad o sólo de exhibición?

—¿Cómo así?

—Si quiere una biblioteca de verdad debe ir a una carpintería, y si la quiere de mentiras, a una juguetería.

Preguntó por qué debía ir a una carpintería si en ese mal vendían todo y aún más, como decía el anuncio oído todas las mañanas en los parlantes del bus. El guardia sacudió los hombros y la dejó sola, con una frase despectiva:

—No crea todo lo que dicen los del radio, señora.

Por curiosidad le dio la vuelta al centro comercial, pero después de rebuscar por todos los resquicios salió apresurada hacia la puerta. En la avenida preguntó la hora a un vendedor de cigarrillos y saltó al interior del primer bus que pasaba. Ya eran las nueve. Debía estar en casa de don Milciades y la señora Dora, a las diez, para servir el desayuno.

 

II

Milciades Arévalo había llevado a su esposa Dora a un tratamiento clínico para contrarrestar el Alzheimer y dejó encargada a Ana de la casa y de la alimentación de Valentina, su única hija. Su esposa la consideraba de plena confianza desde que había empleado a Ana siete años antes en el restaurante. Allí la había vinculado como fogonera, porque un día llegó a pedir trabajo con su hermana menor, de la mano, y dijo:

—Semos del campo.

En poco tiempo la ascendieron a jefe de la cocina, ya que había dado muestras de saber exactamente cuántas libras de arroz y cuántas lonjas de carne y cuántos aguacates y cuántas arrobas de papa se necesitaban para preparar cien porciones de asado. Un saber que le venía de haber cocinado durante veinte años para una familia numerosa. Cuando la señora Dora se dio cuenta de aquella exactitud con las medidas, después de lidiar con cien empleadas enredadas en el despilfarro, le subió el sueldo y la sacó del asador para vigilar los platos como jefe de cocina. Ahora entre sus nuevas funciones tenía el verificar los talonarios de pedidos y comprobar que el plato llevara todo lo que la clientela había ordenado.

Ana, para hacerlo bien, se ingenió una estrategia sutil con la que conseguía saber lo que los meseros anotaban en el talonario. La excusa siempre era efectiva: se le extraviaron los lentes.

—Niña, tenga la bondad, ¿qué dice aquí?

Y adelantaba la fórmula con un dedo sobre la letra menuda:

-Es que se me perdieron las gafas.

Y las meseras repetían lo que estaba inscrito en el talonario.

Todo marchó bien durante tres meses, en el nuevo cargo, hasta que no hubo nadie para confirmar lo que iba escrito en el talonario y, por error, Ana confundió un plato de pepitoria con un lomo al trapo. El cliente era un alto ejecutivo susceptible, acostumbrado a los galones de su jerarquía, y ofendido por lo que consideró una insolencia, falta de cortesía y, sobre todo, de clase, hizo reclamos a la administración.

El señor Milciades llamó a Ana y la llevó a su oficina, y mientras caminaba, cojitranco, con su pierna de plástico, ofrecía disculpas al ejecutivo a discreción.

—Ana, le dijo: ¿vos sabés leer?

—A medio violín.

Don Milciades la miró al principio con intriga, pero luego frunció el ceño, desconfiado.

—A ver, dígame, Ana: ¿qué dice aquí?

Ana miró el papel, pero no vio nada.

—Es que perdí las gafas, patrón.

—Comprendo, dijo el señor Milciades y carraspeó, llevándose la mano al muslo para escarcear el muñón. —Lo siento, Ana, pero entienda que así no puede trabajar más con nosotros. Recoja sus cosas y pase mañana por la liquidación.

Ana no comprendió muy bien el significado de la palabra liquidación, pero supuso todo al ver la forma arrebatada en que don Milciades se rascaba la pierna terminada en prótesis y, sobre todo, por la cara de fastidio que ponía y su orden tajante de dejar el lugar en el acto.

Ana dobló la cerviz y dio media vuelta, pero antes de salir de la oficina se detuvo.

—Dígame si siempre necesita la yuca.

—No se preocupe, Ana, yo arreglo eso.

Cuando la señora Dora Tristancho vio llegar a Ana al día siguiente en busca de la liquidación de su salario, hizo un gesto de alegría como si pensara que nunca más la vería, o como si hubiera pasado treinta años sin verla.

—Ana, le dijo: quiero que venga a trabajar en mi casa.

Desde entonces, Ana Roa llevaba siete años sirviendo en la casa de sus antiguos jefes del restaurante, pendiente de la hija de sus patrones, atenta a sacar las basuras y alimentar la guacamaya un día por medio, y consagrada a mantener los recibos pagados. Incluso la habían dejado comisionada por tres días cuando falleció la madre de don Milciades de la diabetes que le heredó al hijo. Incluso tenía licencia de contestar el teléfono privado ahora que los patrones se habían ido a ese tratamiento médico en Cuba para curar a la señora que sufría de depresión y convulsiones súbitas. Ana Roa, ama de llaves, morena, pelo crespo, manos manchadas por el sol, dueña de una risa escandalosa y un semblante tranquilo, era ahora la encargada de cuidar de la alimentación y atender los requerimientos de Valentina Cristina Arévalo Tristancho.

 

III

Pensaba en eso: en la suerte que tenía por tener el empleo de ama de llaves en una mansión tan grande. Pensaba en la buena estrella que corría a su favor a diferencia de las señoras del callejón, las de minifalda puesta a secar en el tendedero, que vivían en su mismo inquilinato y que venían de todos los rincones del país; algunas, como ella, huyendo de las matanzas, y que sólo habían conseguido trabajar ofertando sus cuerpos en los callejones de la ciudad. Ana achacaba la mala suerte de las otras a los gritos que daban en el callejón y en las piezas de al lado. Los gritos espantan la buena suerte, pensaba en la cocina mientras picaba la verdura de la ensalada, cuando oyó sin querer una pelea a gritos entre Valentina, la hija de sus patrones, y su novio de la universidad:

—¡Estoy jarta de que todos usted sepan lo que quiero, menos yo!

—Pero es que te quieren mucho, Vale.

—Yo no quiero bibliotecas.

—¡Y entonces qué quieres!

—¡Yo ya aprendía a leer, no seas ridículo! ¡Y no me mires con esa cara tan estúpida! Ya tengo suficiente con los regalos de mi papá como para que tú me andes regalando güevonadas, ¡majadero!

—¿Y entonces qué quieres, Vale, o sea?

—¡Quiero viajar! ¡Quiero vivir sola! ¡Quiero que dejen de vigilarme! ¡Quiero que me inviten a bailar! ¡Quiero ser flaca! ¡Quiero un carro nuevo! ¡Quiero un iPad! ¡Quiero estudiar danza! ¡Quiero que se mueran! ¡Que me dejen en paz!

El novio de Valentina salió ofuscado, montó en su jeep y aceleró.

Valentina salió en seguida de la casa y tomó por la acera del barrio de mansiones, a pie.

 

IV

Ana Roa la vio por la ventana. Notó que esa semana llevaría el pelo teñido de rojo como una ardilla, y en la distancia le pareció que estaba extremadamente raquítica y demacrada. Pasaba días sin comer, y cuando comía, porque su mamá le rogaba que comiese, o porque olvidaba que ya le había servido tres veces el mismo desayuno, vomitaba. Su cuarto estaba ahora forrado de estanterías llenas de cajas que don Milciades había hecho trasladar del estudio a la habitación de su hija como regalo de cumpleaños. Ana no entraba en las mañanas a limpiar en el estudio, porque don Milciades dejaba en la puerta la pierna de plástico. El solo ver esa pierna le producía escalofríos y recuerdos de piernas cortadas que Ana intentaba olvidar. Sólo cuando no había nadie en casa Ana solía entrar en el estudio y limpiar los libros, sacándoles el polvo con una cola de zorro. De paso, devolvía algunos volúmenes sueltos a sus lugares porque Valentina o don Milciades los habían dejado fuera. No sabía lo que estaba escrito en ellos. La hija de sus patrones, decían, estudiaba filosofía, después de haber estudiado periodismo, después de haber estudiado sociología. Un día descubrió aquel que le pareció conocido por la cruz que estaba grabada en la tapa. La Biblia que tenía el abuelo en la vereda de donde habían tenido que huir después de la matanza en que violaron a Magola y descuartizaron a Luciano Roa, su hermano, también tenía una cruz. El abuelo le mostró, de niña, cómo abrir el mamotreto por la mitad y cómo encontrar, entre ese desierto de letras, el Salmo 91. El libro del abuelo estaba tan ajado que siempre se abría por la misma página. Ana se sabía de memoria el Salmo 91, y podía recitarlo mientras repasaba las palabras con el dedo. Tomó el libro nuevo, abrió por la mitad, pero se decepcionó al no reconocer la página del Salmo. Desilusionada, dejo el libro a un lado y siguió limpiando.

Ana Roa pensó ahora que debía limpiar la habitación de Valentina. Al entrar y ver todo revuelto pensó en la discusión de la pareja y recordó que la niña Valentina había dicho a su novio con rabia que ya sabía leer y que no quería más bibliotecas. Tomó el muñeco de felpa que yacía en el piso y miró sus ojos de vidrio.

Yo quiero una biblioteca, murmuró, para que mi hermana aprenda.

 

V

—¡Qué hace en mi cuarto, Ana Roa!

Era Valentina y venía irascible. Tenía dos gruesas bolsas renegridas bajo los párpados porque el llanto había desleído la pestañina, y traía la respiración agitada, exánime, de caminar y llorar por los bosques del barrio.

—¿Quién? ¿Yo? Nada. Pasaba a limpiar.

—¡A limpiar, o a chismosear! ¡Sálgase Ana, váyase ya!

—Con su permiso, señorita.

—¡Salga! ¡Quihubo! ¡Ya!

Ana Roa dejó el muñeco, un tigre de felpa, y buscó la puerta, mientras Valentina Arévalo se hacía a un lado para dejarla ir.

—No le diga a mi papá que Lucas vino hoy, dijo Valentina, con voz reposada antes de cerrar la puerta.

—Pierda cuidado, señorita. Y Ana se alejó.

Siguió por el pasillo y oyó que la puerta se cerraba desde atrás, y supuso que de nuevo la mucha tendría cólicos.

Esa tarde la oyó llorar. Dejó su almuerzo servido en el comedor antes de irse, y al día siguiente encontró el plato y los vegetales entre el tanque de los desperdicios.

 

VI

Tampoco comió nada ayer, y eso que era su cumpleaños, pensó Ana mientras sacaba el plato de la basura.

Eran las diez de la mañana. Se había retrasado en llegar, por ir a ese almacén donde decían que vendían de todo y no había ni siquiera una triste biblioteca. Se puso la cofia y el delantal, y fue a golpear en el cuarto de Valentina como todos los días, a ver si quería desayunar.

—Entre, dijo Valentina con la voz gangosa.

Ana caminó hacia el cuarto. La vio en pijama, con los ojos hinchados, el pelo revuelto, acabada de levantar.

—Hoy no voy a ir a la universidad.

Ana vio el tigre de felpa que estaba en el rincón y lo recogió. Había perdido un ojo de vidrio. Tal vez en un zarpazo de furia Valentina Arévalo la había emprendido contra el muñeco: era lo usual en sus ataques de ira.

—Lléveselo si le gusta, oyó que le decía desde la cama. —Me lo dio ese imbécil, y no quiero ni mierda que venga de él.

Ana acarició la tesitura de la felpa, el hocico mullido, las puntiagudas orejas.

Luego dijo:

—¿Cierto que son bonitas las bibliotecas?

Valentina salió del ensueño y se quedó viéndola, entre perpleja e indignada.

—¿Qué?

—Yo quería una, para regalársela a mi hermana, pero no topé. Y ahora usted va y me la regala, señorita. Ustedes han sido muy buenos conmigo.

Valentina seguía estupefacta.

—¿De qué habla? Y se erguió sobre las almohadas para mirarla.

—De nada, señorita. ¿Quiere que le ponga a calentar la agua?

—¡De qué habla, Ana, por Dios! ¿Todos me quieren volver loca en esta puta casa, o sea?

Y sacó de entre las sábanas un entresijo de piernas huesudas como zancas de saltamontes, puro hueso sin carne.

—Que si le provoca bañarse, señorita, una fruta o cereal.

—No. No quiero nada, Ana. ¡Ni fruta ni cereal! ¡Quiero que se mueran, me dejen en paz!

El llanto cesó de repente. Valentina la vio a contraluz, con el muñeco en la mano, convertida en una mujer envidiablemente conforme y feliz. El sol entraba por la ventana y despigmentaba el lomo de los libros en los anaqueles. Los títulos dorados de las ediciones más finas y antiguas no se podían precisar. Era una luz de oro pálido que encandilaba la vista de Valentina. Miró a Ana, y Ana le devolvió la mirada con un rescoldo de lástima. La muchacha tenía un camisón chino abotonado hasta el cuello y el pecho hundido con senos mínimos que no alcanzaban a llenar las copas del brasier flotante. Los huesos de la cadera sobresalían sobre el encaje. Un gorgoteo que provenía de su estómago efervescente, agrio de jugos gástricos, se oyó por toda la habitación. Valentina se llevó la mano a la frente en forma de visera para poder detallar el rostro de Ana. Entonces la vio, embelesada con el muñeco.

—Bueno, dijo Ana, mi hermana se va a poner feliz por la biblioteca.

Y elevó el muñeco para mirarlo de frente, cara a cara, hocico contra nariz.


Daniel Ferreira

Autor de La balada de los bandoleros baladíes (2011). Más información en http://pentalogiadecolombia.tumblr.com/

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