29 Jul 2010 - 12:06 a. m.

¿Tontos o enfermos?

Enfermedades infecciosas explicarían por qué personas de unos países tienen coeficiente intelectual más bajo que las de otras nacionalidades.

Redacción Vivir

En promedio, un japonés tiene casi el doble del coeficiente intelectual de un etíope y un colombiano es diez puntos menos inteligente que un polaco. Desde el año 2000, cuando los investigadores Richard Lynn y Tatu Vanhanen publicaron su famoso estudio mostrando diferencias en la capacidad intelectual según las nacionalidades no ha parado la polémica y tampoco han dejado de surgir hipótesis para explicar por qué unos son más inteligentes que otros.

Esta semana, tres profesores de la Universidad de Nuevo México lanzaron una nueva teoría. Para Christopher Eppig, Corey Fincher y Randy Thornhill la intensidad de las enfermedades infecciosas en los países determinarían, en parte, las variaciones en la inteligencia. Antes de ellos, otros estudios habían sugerido factores como crecer en ambientes no relacionados con actividades agrícolas, la educación secundaria o factores nutricionales. Incluso se ha planteado que la temperatura y el clima tendrían una influencia.

¿Pueden las bacterias, virus y demás microorganismos que nos rodean justificar nuestra torpeza? Para probar la “hipótesis del estrés por parásitos”, los investigadores relacionaron el coeficiente intelectual de 192 naciones con la presencia de 32 enfermedades infecciosas identificadas por la Organización Mundial de la Salud. Los resultados, publicados en la revista Proceedings of The Royal Society y reproducidos por distintos medios de comunicación, mostraron que de todos los factores que posiblemente estén involucrados, las infecciones son hasta ahora el más fuerte.

Para Eppig, líder del estudio, existe una sencilla explicación para esto. El cerebro es el órgano más complejo y costoso en términos energéticos para el cuerpo humano. En un recién nacido, el cerebro demanda el 87% del presupuesto energético, a la edad de cinco años ese porcentaje desciende a 44%, siendo aún muy alto, a los 10 años es de 34% y en los adultos oscila entre 23 y 27%. Según Eppig, “presumiblemente, si un individuo no puede suplir estas demandas energéticas mientras el cerebro crece y se desarrolla, su estabilidad se va a afectar”.

Aquí es donde aparecen los parásitos para aclarar el asunto, pues al infectar a una persona provocan una pérdida de energía. Los autores del estudio señalan cuatro posibles vías a través de las cuales los microorganismos provocan este daño. Por un lado se alimentan de tejidos del enfermo y estos tejidos deben ser reparados con un costo energético. Otra vía es que algunos parásitos intestinales producen diarrea, lo cual impide la absorción adecuada de nutrientes necesarios para las actividades cognitivas. En tercer lugar citan el caso de los virus que usan la maquinaria celular para reproducirse con el respectivo desgaste. Por último, para defenderse de las infecciones el cuerpo activa el sistema inmunológico que consume parte de la energía destinada a otros órganos como el cerebro.

Estudios realizados en los últimos años respaldarían esta hipótesis. En Brasil, por ejemplo, se comprobó en 2008 que los niños infectados con nematodos (lombrices) tenían menores puntajes en pruebas de inteligencia.

“No estamos argumentando que la variación global en la inteligencia solamente es causada por el estrés que provocan los parásitos al cuerpo. La variación en la inteligencia probablemente es causada por una variedad de factores” apuntaron los autores. Lo que si creen luego de concluir su estudio es que las infecciones causan una redirección de la energía que produce el cuerpo a costa del desarrollo de órganos como el cerebro.

La relevancia de los resultados de acuerdo con los propios investigadores es que si se trata de elevar el nivel educativo de un país, la respuesta quizás no está del todo en el salón de clases.

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