26 Feb 2009 - 4:00 a. m.

Tras las leyes de la vida

Geoffrey West se ha dedicado a buscar fórmulas matemáticas que expliquen los fenómenos de nuestro planeta. Esta semana explicó su teoría en la U. de los Andes.

Lucía Camargo Rojas

Cuando tenía 11 años, Geoffrey West se trepó en uno de los acantilados de las costas de Inglaterra. Desde allí podía divisar fácilmente cómo los barcos se perdían en la línea que divide el mar del cielo, una imagen que lo devolvió a una de sus clases de matemáticas, en la que el profesor preguntó si era posible determinar qué tan lejos está el horizonte. Ante el silencio de sus alumnos, el maestro reveló una ecuación a partir de la cual se puede obtener la cifra.

West recordó esta enseñanza y pensó en lo increíble que era que  el mundo se pudiera medir a partir de fórmulas matemáticas. Tanto así que para él hoy en día, y casi sesenta años después, las matemáticas y la física son la forma de explicar el comportamiento de nuestro planeta, son el lenguaje del universo y su religión.

West trasladó esta manera de pensar a la biología y a las ciencias sociales. Junto con otros colegas del prestigioso grupo de investigación del Santa Fe Institute, en Estados Unidos, desempolvó una ecuación que en los años 30 creó Max Kleiber para entenderla y ampliarla. El resultado: una fórmula que explica cómo cualquier fenómeno biológico obedece a una ley establecida, relacionada con la masa del organismo y la cantidad de energía que éste consume.

Palabras más, palabras menos, esto implica que entre más grande es un animal, necesita menos energía para mantener sus tejidos. Por eso un elefante se mueve con menos agilidad y de forma más pausada que un ratón y, además, tiene un pulso de vida más lento. El corazón del ratón late más veces por segundo que el de un elefante, pero, al final de su vida, los dos mamíferos completan el mismo número de latidos, lo cual significa que los animales pequeños consumen su vida más rápido.


Desde 1997, año en que West y sus colaboradores publicaron su primer artículo al respecto, el grupo de investigación se ha dedicado a perfeccionar y ampliar el modelo a todos los ámbitos posibles: las células, el sistema cardíaco, el cerebro y hasta las mismas ciudades. Tanto así que, para West, de llegar a existir vida en otros planetas, es bastante probable que se desarrolle bajo las mismas leyes que han encontrado en la Tierra.

Sin embargo, el equipo ha demostrado que en las ciudades ocurre un fenómeno que no tiene comparación en el mundo biológico: ya no se observa que entre más grande sea un sistema (como el elefante), trabaje de forma más lenta. Todo lo contrario. Cada vez que una ciudad aumenta de tamaño, las actividades que allí se realizan (como las llamadas telefónicas o las citas de trabajo) se ejecutan en un menor tiempo.

West, que en 2006 fue nombrado como uno de los cien hombres más influyentes del mundo por la revista Time, expresa su preocupación ante los datos que han ido recogiendo: “La vida es más rápida y, además, hay que innovar más rápido, una situación que se vuelve insostenible matemáticamente, lo que ya se empieza a vislumbrar en el mundo actual. De seguir así, en algún momento las ciudades colapsarán”, sentenció durante una conferencia que dictó esta semana en la Universidad de los Andes, en Bogotá.

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