5 Aug 2011 - 10:32 p. m.

"¡Tres, dos... Juno!"

El viernes fue lanzada la misión de la Nasa que explorará los secretos de Júpiter, el planeta más grande del Sistema Solar.

Santiago La Rotta / Cabo Cañaveral, Florida

A las 11:10 a.m., hora de Colombia, el equipo del control de misión del Centro Espacial Kennedy en la Florida, EE.UU., dijo las palabras mágicas: “Listos para el lanzamiento: Juno puede despegar”. Los relojes de la cuenta regresiva marcaban cuatro minutos, apenas 240 segundos para que el cohete Atlas V se llevara a Juno —la misión de exploración de Júpiter más completa hasta hoy— fuera de la órbita de la Tierra y así comenzara un viaje épico de cinco años hasta el planeta más grande de nuestro Sistema Solar.

Aproximadamente una hora antes el conteo se detuvo para hacer revisiones de último momento, pues, al parecer, había líquido saliendo de la parte baja del cohete. Con US$1,1 billones estacionados en la plataforma de lanzamiento y más de cinco años de trabajo invertidos en diseño y planeación nadie quería tomar riesgos extras, como si acelerar galones de combustible altamente explosivo a miles de kilómetros por hora no fuera suficientemente audaz.

Justo antes de reanudar la cuenta regresiva cada director de área dio su visto bueno, con el clásico: “Listo para despegue”, una frase inmortalizada en las crónicas de las misiones Apollo que fueron a la Luna y que, como en las películas, era la última etapa antes de prender motores, ver el fuego, escuchar el atronador ruido y ver al cohete levantarse para alcanzar el brillo enorme del Sol y las estrellas más allá.

A las 11:21 a.m., luego de un breve anuncio a través de los parlantes, el reloj empezó a andar de nuevo y, a tan sólo unos kilómetros de la plataforma de despegue, la pequeña multitud que observaba el lanzamiento estalló en un grito común de alegría.

“Juno nos hace sentir orgullosos de toda la humanidad porque acá en la Nasa hacemos cosas que realmente llegan al corazón de lo que somos: nos dedicamos a responder las preguntas fundamentales”. Las palabras emocionadas del director científico de la agencia, Waleed Abdalati, reflejaban el ánimo de todas las personas involucradas en una ambiciosa misión que partió de la Tierra para estudiar, entre otras cosas, las densas nubes de Júpiter —un planeta primordialmente compuesto de gas— y analizar el comportamiento de su enorme campo magnético.

“El despegue ha sido autorizado. Hemos desconectado a Juno del exterior y ahora funciona con su propia energía”, dijo la voz desde el centro de control, apenas un par de minutos antes de hacer ignición. Todas las miradas concentradas en el horizonte, justo al lado del mar, bajo el duro sol del verano.

“Vamos a Júpiter 400 años después de que Galileo descubriera dos de sus lunas. Es un gran honor estar aquí hoy”, dijo el director de la agencia espacial italiana, Enrico Saggese, una entidad responsable de fabricar dos de los instrumentos de Juno, además de varios módulos de carga que han viajado varias veces hasta la Estación Espacial Internacional.

El despegue de Juno fue icónico por otra razón: es el primero luego de la cancelación del programa del transbordador, la empresa espacial que capturó la atención mundial hace tan sólo un par de semanas, cuando el Atlantis tocó tierra en Cabo Cañaveral por última vez, poniendo punto final a tres décadas de viajes tripulados al espacio.

Hoy la Nasa se encuentra atascada en discusiones políticas y científicas acerca de cómo y a dónde llevar al ser humano en los próximos años. Algunos críticos aseguran que la agencia espacial norteamericana ha quemado enormes cantidades de dinero, justo en momentos en que la mayor economía del mundo lucha para poder pagar, mediante los recortes en el gasto público, sus obligaciones, que incluyen, claro, la exploración del universo.

Bajo esta luz, lo dicho por Jim Adams, subdirector de la División de Ciencias Planetarias, es toda una declaración de principios: “Juno está siendo entregado a tiempo y de acuerdo con el presupuesto. Hay quienes dicen que la Nasa no puede cumplir con sus compromisos. No es así”. Después de mirar seriamente, concluyó: “Bueno, ahora sí vamos a lanzar un cohete”.

Tan sólo un minuto antes del despegue, la tensión se había acumulado en la audiencia y las voces desde el centro de control se apagaron. Y entonces llegaron los últimos 10 segundos, que todo el mundo coreó como si su vida dependiera de ello.

“¡Cinco, cuatro, tres, dos, Juno!”, gritó Adriana Ocampo, la barranquillera que dirige la misión y quien ha pasado los últimos cinco años de su vida viendo crecer la sonda desde la mesa de dibujo hasta la plataforma de lanzamiento.

El horizonte se llenó de un humo espeso y de la base del Atlas V emergió una llamarada poderosa. Lentamente al principio, muy rápido unos segundos después, Juno se elevó hacia el cielo. Hubo aplausos y gritos de celebración y en esas, venido desde la distancia, llegó el rugido, un estremecimiento en el aire como ninguno otro, como si la tierra misma se resquebrajara con un bramido apocalíptico. En medio del fragor del despegue se oían varios “Vamos, Juno”. Ocampo era una de las personas que gritaban esto.

Apenas fueron un par de minutos en el aire, un largo gusano de humo desde el suelo hasta la nada y Juno procedió al espacio; se despegó de los cohetes exteriores y continuó siendo impulsado por la segunda etapa del proceso, mediante un sistema llamado Centauro. Es un viaje de casi 900 millones de kilómetros, que hará con energía solar, para explorar Júpiter y así tratar de contarnos un poco más de nosotros. Es, como dijo Adams, un intento por responder las preguntas fundamentales, esas que cuentan la historia de cómo del caos emergió la perfecta sincronía: el Sol, la Tierra, la vida.

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