18 Feb 2013 - 11:36 p. m.

Un cementerio para muertos vivientes

Antes de visitar una cárcel no percibimos la realidad que se vive dentro; después de esto, me di cuenta que en Colombia sí existe la pena de muerte.

Por DyanneZamek, colaboradora de Soyperiodista.com

Antes de visitar una cárcel no percibimos la realidad que se vive dentro; después de esto, me di cuenta que en Colombia sí existe la pena de muerte.

El Establecimiento Reclusorio de Orden Nacional -Eron-, es el nuevo pabellón de la cárcel La Picota, localizada al suroriente de la ciudad de Bogotá. Se encuentra dividida por un caño y rodeada de altos muros con alambres de púas. Esto con el fin de hacer más difícil cualquier intento de fuga de sus internos.

Alrededor del penal está el barrio La Picota, que pertenece a la localidad de Rafael Uribe Uribe. Frente a la cárcel, al costado occidental, se encuentra la escuela de Artillería del Ejército Nacional de Colombia.

Quienes la aprecian desde afuera, se sienten ajenos e indiferentes a lo que ocurre en su interior; quizá porque de alguna manera consideran que quienes están allí lo merecen por haber infringido normas constitucionales o haber cometido hechos punibles.

Me dispuse hacer una visita al centro penitenciario y carcelario con el fin de conocer de cerca la realidad de los internos. No es menester, quizá por la concepción mental que se construye sobre el imaginario de los internos, pero quise conocer el principio de
favorabilidad y la presunción de inocencia (en las sociedades toda persona es inocente hasta que se le compruebe lo contrario); además de las condiciones internas.

Antes de ingresar, debí pasar por una serie de formalidades que incluían; una foto reciente, dejar algunas pertenecías -especialmente aquellas que tuvieran metal, dinero efectivo, móviles o aquellas que pudieran ser un arma potencial que amenazara la seguridad-. Para este fin hay casetas y puesticos improvisados en un potrero que podría parecer el parqueadero del penal, ya que es allí en donde dejan los carros los visitantes.

En la primera puerta, había dos guardias del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario -Inpec-, quienes después de pesar y revisar la comida que llevaban los visitantes de todos los patios, a excepción del Eron, preguntan a qué patio me dirijo y se disponen a marcar mi brazo con un sello.

Entré al primer edificio, en donde había un detector de metales, parecido al de los aeropuertos, allí, luego de quitarme los zapatos, pase por este aparato, el cual no podía sonar porque de lo contrario había que devolverse; a mí me sonó y no sabía el porqué, pensé que era la hebilla, pero la guardia me dijo que no creía, de modo que, hablé con otras visitantes y me dijeron que lo más seguro era que fueran las varillas del sostén.

Tuve que quitárselas. En seguida pasé a una ventanilla, allí me pidieron la cédula y el nombre del interno a quien iba a visitar, luego de esto me entregaron una hoja con mis datos y los del recluso.

Ingresé a otra sala en la cual había una silla detectora de metales, me senté y no sonó, de modo que, me dirigí a una especie de vestier en donde una guardia me requisó.

Después pasé a otra área, donde había un guardia con un perro labrador y unas sillas, allí el perro me olfateo y como no me ladró ni se me lanzó, me dieron la autorización de dirigirme a un pasillo en donde entregué la cédula, el papel recibido anteriormente y la foto; después de esto, me pusieron un sello de agua. Ese pasillo conducía al patio, vigilado por cuatro guardias.

En ese momento me pidieron el nombre de la persona a quien iba a ver y lo llamaron; mientras llegaba, una hora más tarde, entré al patio de visitas: un salón cubierto, rodeado de columnas y en cemento, sin grandes ventanas ni acceso a mucha iluminación, contaba con comedores hechos en cemento y carpas improvisadas con cobijas. Yo no entendía el porqué de esa situación.

Recorrí todo el salón en el que la temperatura, fácilmente, se podía medir en grados bajo cero -fui a hablar con los guardias- con el fin de hacer más amena mi espera y ellos me contaron que esas “carpas improvisadas” como yo les decía, las hacían los internosn para las visitas conyugales. El penal solo cuenta con veinte salas para estas actividades.

Como si esto fuera poco solo tienen derecho una vez al mes y durante una hora a la visita íntima.

Según Wilson*, “No existe una debida clasificación de los internos, ni por delito, ni por fase de tratamiento, siendo así injusto que los sindicados o en fase mínima y mediana de seguridad seamos tratados como prisioneros de alta seguridad. Algo igualmente grave es la ausencia de cámaras dentro de los pasillos y patios, prestándose esto para la ejecución de arbitrariedades por parte de los guardias”.

La salud es un derecho fundamental, sin embargo Wilson* afirmó: “Nosotros no contamos con un cronograma de atención médica y odontológica que garantice la entrega de medicamentos, la realización de exámenes clínicos y la remisión a especialistas para quienes lo requerimos. Esto es inhumano ya que esta consagrado como un derecho fundamental”.

Si pasar un rato en este lugar es tedioso y deprimente ¿cómo será el diario vivir de un recluso?

Según la descripción que hizo Wilson*, es verdaderamente desesperante, rutinario y tedioso, duermen en una celda de 3 mts por 3 mts, compartida por cuatro internos; cuenta con un lavamanos y un sanitario, donde deben hacer sus necesidades fisiológicas a la vista pública, violando el derecho a la intimidad; los levantan a las 6:00 am, pero el frío de la madrugada les corroe los huesos e impide conciliar el sueño a partir de las 2:00 a.m, debido a que no se les proporciona cobijas, pero tampoco se autoriza su ingreso; se bañan con agua helada, esto lo hacen en el patio, en el cual hay ocho duchas comunales para 220 internos.

Posteriormente hacen fila para que los guardias realicen el conteo, luego de esto, no pueden volver a las celdas, así que deben pasar el día en cualquiera de los niveles, pues el penal está compuesto por varios edificios de aproximadamente nueve pisos y estos a su vez constan de cuatro niveles de doble altura.

En el primer nivel se encuentran los espacios para la educación y las visitas. En los demás, están los comedores, celdas y un área de esparcimiento a la que se ingresa por un puente cubierto que hace conexión con otro edificio, donde hay una cancha múltiple totalmente cubierta.

De acuerdo a este diseño, el cautivo no sale al aire libre. Pues a pesar de que los lados de la cancha están cubiertos con malla, los edificios que la rodean imposibilitan el ingreso de ventilación y luz solar.

La alimentación está a cargo de una empresa privada, pero no existe una vigilancia por parte del Inpec, haciendo así que sea un servicio hecho a deshoras, con comidas frías, y deficientes en calidad y cantidad. Esto me causó curiosidad, porque mientras en otros pabellones llevan bolsadas de comida los días de visita, en este no es permitido, sin embargo no encontré respuesta alguna a estas diferencias.

A las 6:00 pm realizan de nuevo un conteo y los encierran en sus celdas, en donde es prácticamente imposible realizar alguna actividad, por el limitado tamaño de la ventana de la celda que tiene forma de L, con medidas de aproximadamente 1mts por 1.50mts y un ancho mínimo, en el cual no cabe la cabeza. Esta longitud dificulta el ingreso de luz y ventilación, para un espacio tan pequeño y habitado por tantas personas; adicional a esto, el único bombillo se encuentra ubicado encima del inodoro.

Esto quiere decir que leer, escribir o realizar algún tipo de actividad es prácticamente imposible, así como quienes ocupan la parte baja de los camarotes no pueden instalar ningún elemento que brinde privacidad al inodoro sin tapar la luz en toda la celda.

A esto se suma otra preocupación por parte de los internos y es la nueva modalidad de visitas que se pretende implementar; básicamente es, y esto según ellos, asignar citas por medio de un call center. Es decir, que las visitas de los sábados y los domingos no existirían más y solo se programarían entre semana, logrando así alejar a los reclusos de sus familiares y amigos, debido a que no contarían con esa disponibilidad por estar desarrollando diligencias que les imposibilitan acomodarse al horario.

Estas condiciones de aislamiento de la familia y en general del entorno social perturbaría el proceso de reintegración a la vida fuera del penal de los reclusos.

“Nosotros no recibimos ningún tipo de resocialización ni aprendemos nada productivo que podamos usar una vez salgamos de acá”. aseguró Wilson*.

Al concluir la vista me sentí muy extraña, por el Estado que propicia una cárcel donde hay muertos vivientes, gracias a nuestra indiferencia, pero además, salí convencida de que quienes entran a una penitenciaría, tiene grandes posibilidades de salir como un
mayor riesgo para la sociedad.

*El nombre del testigo fue cambiado para proteger su identidad.

Por DyanneZamek, colaboradora de Soyperiodista.com

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