7 Nov 2008 - 4:00 a. m.

Un silencio que perduró dos décadas

Un viernes como hoy, hace 23 años, la Fuerza Pública recuperó el control del Palacio de Justicia, que había sido asaltado por el M-19. Más de un centenar de personas, entre ellos 11 magistrados, murieron en el holocausto. Aún es un misterio la suerte que corrieron 11 personas que, según las pruebas, salieron con vida del edificio.

Redacción judicial

Hasta el pasado martes 4 de noviembre, cuando se realizó el primer evento que se hizo esta semana para conmemorar los 23 años de la toma del Palacio de Justicia, Nicolás Pájaro Peñaranda no era más que un silencio hermético. El ex magistrado auxiliar de la Corte Suprema, según contó ese martes, se exilió en Estados Unidos apenas salió de la Caja de Previsión Social, a donde llegó por una herida de bala, y nunca volvió a residir en Colombia. Se rehusaba a abrir el libro de la historia de ese 6 y 7 de noviembre, y por eso, cuando habló ante los medios hace tres días, sus palabras conmocionaron al país.

Sin embargo, esa no fue la primera vez que Pájaro dio su testimonio. En una declaración juramentada ante la Fiscalía, el 2 de noviembre de 2007, el ex funcionario narró con detalles cómo vivió el horror del asalto guerrillero y la fiereza con que repelieron los militares el ataque. En un relato de una hora y media, aproximadamente, Pájaro Peñaranda contó minuciosamente cómo hizo para salir con vida del Palacio, a qué otras personas alcanzó a ver con vida y qué era lo que en realidad ocurría dentro del edificio. El Espectador reproduce apartes de este testimonio, hasta ahora, inédito.

“De pronto, sentimos unos gritos y el ruido de los disparos de ametralladoras; debido a la resonancia que había en el edificio uno no sabía de dónde salían. Yo tuve la intención de correr, la oficina quedaba en el costado norte, frente al edificio del Banco Comercial Antioqueño. Salí corriendo para ver dónde me metía, pero en vista de la resonancia tan grande pensé que era más peligroso salir corriendo, de pronto una bala perdida me mataba. Les dije a las señoras que estaban conmigo en la oficina del doctor Alberto Ospina que nos quedáramos y nos tendiéramos en el piso. Estábamos desconcertados.

‘Mierda, esta vaina fue de verdá. Se tomaron el Palacio’, pensé. No sé a qué hora fue que habló el doctor Alfonso Reyes Echandía suplicando que no siguieran disparando. Desde las oficinas del banco disparaban criminalmente contra las oficinas. A mí me pasó una bala muy cerca de la cabeza. Las señoras que estaban conmigo gritaban, y yo les dije que nos quedáramos en el piso, que nos iban a matar. Eso era una lluvia de balas continua contra las oficinas del tercer y del cuarto piso. Disparaban inclementemente. Los helicópteros que sobrevolaban frente a la fachada disparaban también.

Tengo la impresión, siempre la he tenido, de que las balas que utilizaba el Ejército eran explosivas. Ni siquiera las conozco, nunca he disparado un revólver, pero lo digo porque las balas iban penetrando las oficinas, rompían vidrios, se iban cayendo las cortinas, las lámparas, parte del techo, todo se iba desbaratando, y pedazos salían de las balas y se nos incrustaban en el cuerpo. Cuando llegué a la Caja de Previsión me quitaron esas esquirlas, pero aún conservo una en el glúteo. Las balas zumbaban por encima de nuestros cuerpos. Golpeaban arriba y los muebles con los cuales nos estábamos protegiendo.


Disparaban gases lacrimógenos. No podíamos respirar, estábamos asfixiándonos. Fuerzas militares, no sé quiénes, llegaron a la biblioteca y estaban preguntándole a los empleados de la biblioteca por los doctores Jaime Betancur Cuartas y Clara Moreno de Castro. Yo pensé que se habían metido los guerrilleros. La gente estaba aturdida. Todos esos pisos eran de madera y el incendio se los tragó. Se fue quemando todo. Hasta que la candela llegó a la oficina contigua de donde estábamos. Eran ya como las 10 de la noche. Traté de respirar un poco, pero sentí cómo la candela se me metía por dentro.

Bajamos al segundo piso, y desde ahí les gritábamos en coro al Ejército y ellos a veces contestaban, en los recesos de bombardeos. Nos preguntaban que cuántos éramos, éramos unos 80, 90. Nos dijo un soldado que por qué no atacábamos a los guerrilleros y los guerrilleros soltaron la carcajada. Ahí estábamos nosotros y gritábamos ‘no disparen’, inclusive nos identificamos. ‘Soy fulano de tal, ocupo tal cargo, por favor no disparen’. Horacio Montoya Gil, que murió, fue a hablar y no le salía la voz. Manuel Villabona, con la voz quebrada, también les decía ‘no disparen, las autoridades están para protegernos’. Lo más lógico era pedir, suplicar que no dispararan. Que nos iban a destrozar a todos.

Ahí estábamos en esa cuestión, (y los militares) nos preguntaron: ‘¿Dónde están ustedes?’. Nosotros les dijimos la ubicación del baño. Pensamos que ya nos iban a ayudar, que iban a mandar a un intermediario. Pero apenas supieron empezaron a lanzar granadas contra el baño. Lanzaron granadas y bombardearon. Yo vi a (el magistrado Carlos Horacio) Urán en el baño. Pero antes de salir ya no lo vi. Yo recuerdo de él un hecho bastante significativo, y es que cuando iba a salir Espinosa Bedequer para encontrarse con los militares, Urán ofreció su camisa, que era blanca, para que Espinosa la llevara y no le fueran a disparar.

Cuando estaban saliendo las mujeres, recuerdo que dos empezaron a gritar: ‘¡Dejen salir al doctor (Humberto) Murcia Ballén, que él es inválido!’. Y Murcia Ballén salió saltando en su pierna izquierda, se había quitado su prótesis. Se fue acercando a la puerta y Almarales (comandante del M-19) le hizo un gesto al guerrillero que estaba en la puerta para que lo dejara pasar. Yo le dije a Almarales que nos dejara salir a los heridos. Yo estaba gravemente herido, no sabía si tenía órganos genitales. Cuando me pegaron ese tiro yo estaba en un baño cerca de Tapias Rocha. Me quedé mirándolo y pensé que tenía una cara de sobreviviente…

Bajamos al primer piso. Un soldado nos apuntó con el fusil y nos dijo ‘se desaparecen’. Yo le dije que éramos rehenes, pero él nos dijo que nos desapareciéramos. Luego como que recapacitó e hizo un gesto, pero yo estaba tan aturdido que no le entendí. Alguien de atrás me dijo que me echara al suelo, que estaba lleno de aguas negras, porque todas las cañerías se habían reventado. A Nemesio Camacho (magistrado) y a mí nos tocó tirarnos en el piso y arrastrarnos por las aguas negras. Yo me levanté y le fui a dar la mano a Nemecio y un soldado me apuntó y me dijo que me quitara de ahí.

Yo caminé algún trecho desde que salí del Palacio, y alguien, como un suboficial, me agarró del brazo muy amablemente y me dijo: ‘Doctor, venga, yo lo llevo’. Yo iba con las manos sobre la cabeza y le dije que ya no resistía más, que no podía caminar más, el balazo me dolía demasiado. Él llamó para que llegaran los de la Cruz Roja, me llevaron en una camilla hasta la Casa del Florero. Me dijeron que si me llevaban al Hospital Militar. Yo me salvé y no por malicia sino por tacaño, porque pensé que si me llevaban allá me tocaba pagar a mí, y yo tenía mi Caja de Previsión Social. Entonces dije que me llevaran a la Caja. Si me hubieran llevado al Hospital Militar, yo estaría muerto”.

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