8 Jan 2008 - 1:49 p. m.

Una sola fiesta

Ediciones Gamma presenta "Colombia carnavales y fiestas populares", con textos de reconocidas firmas y fotografías de Fernando Cano Busquets.

Evelio José Rosero

De un clamoroso estupor nació esta fiesta, cuando los negros esclavos se arrojaron a celebrar un “Día libre de verdad”, la libertad de un día en todo el año, concedida por un rey español, la siempre déspota entidad que dictaminaba desde el otro lado del océano: por fin, al fin, un día de ellos, el 5 de enero. La revuelta de esclavos que dio origen al “Día libre” ocurrió en Remedios, Antioquia, alrededor de 1607. En Pasto el “Día libre” se consolidó a partir de 1854, cuando los negros salieron a bailar a las calles y se permitieron pintar con carbón la cara blanca de los amos, y debieron de hacerlo con amoroso temor, la certeza de tocar, en últimas, una piel idéntica; pero los carnavales como tal se instauraron en Pasto a partir de 1926, con las naturales transformaciones a lo largo de los años, y siempre bajo el estandarte principal: esa libertad de un día, su celebración, como preludio de la libertad total.

Y esa misma libertad, con sus profusas variantes, es la que aflora hoy con la celebración de cada carnaval, a partir de la manifestación más elemental: pintarse la cara, esconder el rostro, desdeñar la individualidad y convertirse en masa, pero masa espiritual, de modo que grita el que guardó silencio todo el año, y besa el tímido, baila el que no bailó y ama el que anduvo sin amor, la libertad de arrojar agua y bañar por sorpresa al vecino, amigo o enemigo –el 28 de diciembre, preludio del carnaval–, o consentir que ellos lo mojen a uno con una sonrisa en la boca, no de indulgencia o resignación, sino de simple felicidad.

Es el 4 de enero de enero cuando alienta la fiesta, el 5 cuando estalla en su íntima hecatombe, y el 6 cuando las carrozas desfilan, cada una con su recado, su color, su novedad, esperanza o desesperanza, su diablo o su dios, los mensajes que todos querían gritar, ya sobre destacados sucesos del año, personajes odiados o queridos, ya sobre los demás asuntos de la vida, la falta de trabajo, de amor, la soledad. Así, a la madrugada, como inauguración, cuando todavía la niebla del volcán se arremolina en las esquinas, se ve bajar desmandado desde las calles más altas el fantasmal carro de la Otra Vida, que todos ven –estén o no soñando–, repleto de las Brujas de Sapuyes, el Mandingas, el Loco, el Mendigo, el Cartabrava, la Mujer Mula, la Duenda de Consacá, los duendes de Samaniego, el Bosque Embrujado, atraviesa sin frenos la esquina de Pasto llevándose a dentelladas la tristeza y los males del cuerpo, pues todo se hace joven, las cosas y los hombres, hasta los más ancianos celebran la veloz aparición, ahí van, ahí viajan los espíritus del carnaval, ahí vamos, amigo, salud que sigue el carnaval.

Ya con el sol en mitad del cielo –el mismo sol del inca traicionado, que muy seguramente es otra de las quejas y causas de la fiesta– se oyen, a lo largo de calles y avenidas, las flautas y quenas y los rondadores, los pitos, las explosión de voces maravillosas, pero sobre todo, el tambor que palpita como el mismo corazón del carnaval en los cuatro puntos cardinales, un corazón invisible que se apodera con su música de todos los bailes, y desfilan las bellas ñapangas, las sonrisa del amor dispuesta en cada semblante, y es cuando el pueblo se apropia de la fiesta, de lo que es suyo, cuando hasta el más pobre de los pobres come cuy y lo paladea con anís de fuego, inmerso en las comparsas, volando con las serpentinas, respetando con sabio desdén a los que ya están borrachos, pero sobre todo valorando el genial y brillante duelo de los artesanos, los sabios maestros artesanos, almas del arte del carnaval: constructores de carrozas como sueños –o pesadillas–, reclamos, ironías, burlas de sí mismo, sus palabras nos recogen ahora: “Ay el carnaval...”, “no vaya usté a perder su fuerza...”, “verá, verá...”, “el carnaval es cuando todos juegan el mismo juego que yo juego...”, “la locura del carnaval es un bichito...”, “la sangre nos hace cosquillas...”.

Es la fiesta más libre del hombre, y eso, paradójicamente, porque hombres y mujeres se ocultan, pero se reconocen, al fin, y se reconocen en un mismo grito de locura feliz, la explicación de resistir todo un año de trabajo y acaso desesperanzas y acaso desesperaciones, para llegar vivo otra vez –bien vivo, incólume–, al carnaval, y toda esa resistencia para celebrar, en últimas, a la muerte, en cada carroza por todas partes, la infatigable invitada presente, bailando contigo.

* Texto tomado del libro “Colombia carnavales y fiestas populares”.

Fiestas de Colombia

Estas son sólo algunas de las ferias, fiestas y carnavales que se celebran en todo el país durante el año.

Enero

Carnaval de Negros y Blancos. Pasto, Nariño.

Feria de Manizales. Caldas.

Carnaval de Riosucio. Caldas.

Fiesta de Corralejas. Sincelejo, Sucre.

Febrero

Carnaval de Barranquilla. Atlántico.

Marzo

Semana Santa en Popayán (Cauca), Mompox (Bolívar) y Pamplona (Norte de Santander).

Abril

Festival de la Leyenda Vallenata. Valledupar, Cesar.

Green Moon Festival. San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Mayo

Festival de la Cultura Wayúu. Distracción y Uribia, La Guajira.

Junio

Festival Folclórico y Reinado Nacional del Bambuco. Neiva, Huila.

Festival Folclórico Colombiano. Ibagué, Tolima.

Festival del Porro. San Pelayo, Córdoba.

Julio

Ferias y Fiestas del Mar. Santa Marta, Magdalena.

Torneo Internacional del Joropo. Villavicencio, Meta.

Agosto


Feria de las Flores. Medellín, Antioquia.

Septiembre

Fiestas de San Pacho. Quibdó, Chocó.

Festival Cuna de Acordeones. Villanueva, La Guajira.

Octubre

Mundial de Coleo. Villavicencio, Meta.

Noviembre

Fiestas de la Independencia. Cartagena, Bolívar.

Festival Internacional Folclórico y Turístico del Llano. San Martín, Meta.

Diciembre

Feria de Cali. Valle del Cauca.

Aguinaldo Boyacense. Tunja, Boyacá.

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