Con solo mirar el antes y el después uno concluye que valió la pena. Este arte rupestre que luce en la Serranía de La Lindosa, a 50 kilómetros de San José del Guaviare, ya se ve más claro.
Son más de 1.200 enigmáticos pictogramas estampados en paredes de piedra con más de ocho metros de altura, ubicados en el yacimiento arqueológico Cerro Azul, uno de los ocho lugares bajo el cuidado del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, ICANH. Muestran micos, felinos, aves, murciélagos, peces, escaleras, figuras geométricas, manos, figuras humanas. Es un sinnúmero de escenas que aún no se sabe a ciencia cierta quién las pintó. Lo que no tiene duda es que vale la pena conservarlas.
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Luego de un año de trabajar en dos de los sitios del conjunto rupestre —Raudal del Guayabero y Cerro Azul—, un grupo de investigadores, conformado por restauradoras especializadas en pintura mural y piedra, biólogos, geólogos, ingenieros forestales, entre otros, lograron ‘limpiar’ algunas secciones de este escenario. Es como si abrieran el telón de una obra que lo deja a uno sin palabras por el detalle y la curiosidad con que fueron pintados los dibujos.
El recorrido asombra
A Cerro Azul se llega desde San José del Guaviare por carretera. Para ir al Raudal del Guayabero es necesario tomar una lancha río arriba desde Puerto Arturo, antes de que el río Guayabero se una con el Ariari, para formar el Guaviare. Estos abrigos rocosos están en lo que los lugareños llaman el tepuy, una meseta de paredes rocosas, para ellos un sitio sagrado, al que hay que entrar con mucho respeto.
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Cerro Azul es un tepuy hembra porque tiene una caverna de 210 metros protegida por los espíritus buenos, dice Graciela Vergara, la guía local que nos acompaña. Al iniciar el recorrido cerro arriba, un puente de madera atraviesa el Caño Pinturas. “Vamos ingresando y vamos pidiendo permiso para entrar a este lugar sagrado”, continúa. “Esta es la puerta grande que nos abre la ventana a las pinturas rupestres”. Es la casa de la diosa del Tepuy, la diosa de la tierra, madre de todas las tribus de la región, amplía el guía indígena Víctor Caicedo.
Al trepar la montaña por este bosque húmedo tropical uno encuentra gusanos de todas las formas y colores; árboles como el cacao de monte, según el biólogo Antonio Guarnizo, o Turmenico, según Graciela. El compadre bototo, árbol lleno de agua en su interior, al que hay que saludar tanto a la subida como a la bajada; el árbol caminante utilizado en construcción. Hay cámaras trampa que han captado la presencia de jaguares. Rocas inmensas que hay que escalar con cuerda o con escaleras primitivas; intrigantes rocas fósiles; hongos con forma de ‘sombrero vueltiao’, como dice Marisol Montero, la guía local de Raudal; el ruido de los insectos, los rayos del sol que atraviesan las ramas de los largos árboles; el olor a bosque.
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En el mirador de Cerro Azul, hacia el sur, se ve la inmensidad de la selva. El mirador del Raudal tiene además al Guayabero surcando la selva, dividiendo al Guaviare y al Meta, inmenso también. Una caminata que puede tardar entre una y dos horas, hasta llegar a la imponente muestra de las figuras entre rojizas y anaranjadas que lo dejan a uno sin aliento.
De la contemplación de la naturaleza a las milenarias pinturas
Los principales enemigos de las pinturas son los líquenes, los microorganismos y las sales adheridas a las rocas, así como los caminos que construyen las termitas, que se ven como hilos negros que las atraviesan. De ahí el proyecto Primera fase de intervención para la conservación del panel rupestre de Dantas (polígono Cerro Azul) y panel principal (polígono Raudal), que se realizó durante 2025 y comienzos del 2026: para conservarlas por otros miles de años.
Ya finalizado el estudio, ahora es posible “comprender la roca, entender mejor la técnica y los pigmentos utilizados, e identificar la causa del deterioro”, de acuerdo con María Paula Álvarez, restauradora, especialista en conservación de piedra y arte rupestre, y coordinadora científica del proyecto.
Identificar para actuar
La coordinadora de la intervención, Clemencia Vernaza, restauradora y especializada en pintura mural y rupestre, explica que luego de una limpieza muy superficial con brocha para quitar el polvo aplicaron una compresa hecha con pulpa de papel, que, como una pasta, aplicaron por determinados minutos para ir eliminando aquello que estaba más adherido; para los velos salinos usaron aguas especiales. Poco a poco, con una infinita paciencia, los pictogramas fueron apareciendo, como si estuvieran recién pintados.
Los líquenes, por ejemplo, cubren las pinturas con un manto blanco o gris claro. Este organismo, que puede estar compuesto por un hongo y un alga o una cianobacteria (también llamada alga verdeazulada), se encontró principalmente en el panel de Raudal.
Lo primero que hicieron los investigadores fue tomar muestras de líquenes, raspando un poco la roca con cepillos especiales, los identificaron y los trataron con extractos naturales principalmente a base de canela, —biocidas—, para reducir su crecimiento o eliminarlos allí donde están las pinturas. “Dada la diversidad de población de líquenes que encontramos, lo que estamos removiendo es una población muy mínima”, dice Guarnizo, satisfecho por evitar el uso de plaguicidas sintéticos; “entonces no estamos afectando el equilibrio del ecosistema”.
La biocolonización se refiere no solo a los líquenes sino también a las termitas. En la superficie de la roca, “generan unos túneles construidos con barro y heces de ellas mismas para su movilización”, explica Guarnizo. “Son como sus carreteras para poder comunicarse entre sectores que tienen nutrientes y al paso de esas carreteras pasan por los pigmentos y pueden afectarlos”. Además, continúa, las termitas generan aceites propios que pueden manchar la roca.
Con las termitas removieron “algunos de los túneles que estaban en desuso o que impedían la correcta apreciación de las pinturas, y las que estaban en uso, tratamos de conservarlas”, añade. Y la estrategia para espantarlas sin eliminarlas fue con un extracto de naranja a partir del d-limoneno, un compuesto que se extrae de la cáscara; las termitas lo sienten y huyen. “Así, en futuros monitoreos se puede hacer la remoción del camino, todo esto de la mano de la sostenibilidad, porque hacen parte esencial de los procesos de equilibrio del ambiente”, remata.
Las sales, principalmente en el panel Dantas, en Cerro Azul, se identifican en las grietas y poros de la roca por donde escurre el agua cargada de sales que luego se cristalizan en superficie y forman manchas.
Las sales se ven de diferentes colores; “en esa primera aproximación que tenemos desde la conservación las caracterizamos desde sus colores, desde su apariencia física para poder hacer el levantamiento in situ preliminar”, explica Álvarez. “Luego, en laboratorio con los análisis de difracción de rayos X y con la petrografía, podemos precisar mejor la naturaleza de esas sales y los fenómenos de deterioro que están ocurriendo”, lo que estuvo a cargo de los geólogos. Algunas están asociadas a excrementos de aves y murciélagos, otras provienen de la roca misma, del entorno o de la vegetación que crece sobre la roca.
Meses después monitorearon los sitios para evaluar si había sido efectivo el tratamiento de limpieza. “Por ejemplo, el crecimiento de los líquenes es lento, pero queremos saber a qué ritmo crecen; ver si las termitas volvieron a conquistar los caminos o dónde están haciendo nuevos”, dice Vernaza a El Espectador.
El resultado es evidente. “Hace 15 días fui y vi el cambio: ver nuevas pinturas que antes no podíamos ver, es sumamente interesante”, exclamó la ingeniera ambiental Maritza Acosta Ortiz, guía profesional de turismo durante el taller de socialización de los resultados del proyecto.
Las pinturas son la identidad del territorio
Álvarez y Vernaza explican cómo fue que los artistas de estos pictogramas plasmaron su arte en estas paredes. “Fue conmovedor cuando descubrimos que hubo una preparación muy cuidadosa de la roca”, antes de empezar a pintar, reflexiona la restauradora Vernaza.
Primero pulieron la piedra, quizá por fricción con otra roca, y luego aplicaron una resina que aísla la pintura de la roca, tapando los posibles poros. Es como sellar la roca. “Luego aplicaban arcilla húmeda, que también es extraordinario”, continúa sorprendida por los hallazgos.
La técnica de las pinturas refleja un conocimiento profundo del entorno, se lee en la exposición Trazos sobre piedra, que actualmente se exhibe en el Museo del Oro. “Sabían dónde hallar los mejores minerales, cómo transformarlos y aplicarlos para que su arte perdurara”.
Y ¿cómo la aplicaban? Utilizaban varias técnicas: con pinceles hechos con fibras vegetales o animales delineaban trazos delgados, precisos y continuos; frotando directamente una piedra coloreada o terrón sobre la roca, como si fuera una crayola o con las yemas de sus dedos para redondear objetos de algunos de sus dibujos que así lo ameritaban. También usaron la mano completa para dejarla impresa tal cual en la roca.
El valor de la investigación
El ICANH lideró el proyecto con la colaboración de la Fundación Erigaie y de la Alianza Internacional para la Protección del Patrimonio (ALIPH), con sede en Suiza, una organización que opera en zonas de conflicto, posconflicto y crisis. Su gerente de proyectos, Gala-Alexa Amagat, explica que “más allá de su excepcional valor histórico, la intervención no solo contribuye a mejorar su preservación, sino que también promueve la concienciación y la participación de las comunidades locales en su apreciación y protección, especialmente después de un largo período en el que la zona fue inaccesible”.
Por su parte, la antropóloga y arqueóloga Anny Catalina López Ponce de León, del ICANH, dice que los resultados “permiten determinar factores de riesgos y amenazas que pueden tener la preservación de las pinturas”.
Los antropólogos ahora tienen mayor facilidad, por ejemplo, para hacer su iconografía. El arqueólogo Francisco Aceituno, de la Universidad de Antioquia, especializado en poblamiento temprano de Colombia, aseguró que “lo que puede permitir una ‘limpieza’ de los paneles es que se puedan registrar mejor las pinturas mediante técnicas de fotografía o escaneo con láser y puede permitir ver cosas que cuando están muy tapadas con líquenes y musgos no se podrían ver”.
Al terminar el proyecto, algunos de los investigadores organizaron una socialización con los guías de cada uno de los sitios, la mayoría profesionales y certificados, y les entregaron un documento plastificado, fácilmente transportable, con los resultados encontrados en este par de polígonos arqueológicos. Ahora, en ese punto de la geografía donde la Orinoquia se entrelaza con la Amazonia, ya pueden ofrecer al visitante una mejor vista. Y los arqueólogos y los iconógrafos, aquellos que analizan las imágenes, ya tendrán más posibilidades de ser mucho más certeros en sus análisis.
El posible significado de las pinturas
Otro hallazgo del proyecto es que encontraron pinturas debajo de las pinturas, lo que significa que no fue en un solo momento en el que se dibujó este cuadro artístico.
Este dato lo corrobora el arqueólogo Aceituno: “Los grupos que pintaron fueron los humanos que dejaron restos arqueológicos” excavados en varios yacimientos de la zona, que demuestran un poblamiento humano de la zona desde finales de la Edad del Hielo, —hace unos 10 mil a 12 años— hasta el siglo XVI.
Para el veterano guía indígena Víctor Caicedo, “esta es la historia que dejaron nuestros antepasados, los abuelos Carijona, para que viéramos cómo se trabajaba”. Se refiere a figuras de canastos y coladores. Explica las figuras humanas en ceremonia de baile. Y en cuanto a los animales, dice que los indígenas de entonces se transformaban en murciélago, garza o venado para salir a buscar de comer. “Las historias del diario vivir”.
Julián Niño, presidente del Consejo Consultivo Municipal también asegura que “estos paneles eran la forma de comunicarse anteriormente las comunidades, pues tenían todo un tema de inventario biológico y no solamente todas las especies de los animalitos, las plantas, sino también la geografía, la topografía y también sus temas culturales, sus rituales, sus diferentes eventos”.
Marisol Montero, la guía local, dice que a veces se acuesta en las piedras que están en el suelo al lado de las paredes verticales, y “entre más uno las mira, más cosas ve”. Por ejemplo, la historia del Yurupari, que según quien lo mire, tiene varias interpretaciones. “De toda esa cantidad de historias que tiene Yurupari me quedo con la de los indígenas Jiu que son de acá del Guayavero”; significan agua, tierra, sol y luna.
La arqueóloga ecuatoriana María Fernanda Ugalde, asegura que los pictogramas en general “comunican diferentes tipos de mensajes, algunos más sagrados, otros más cotidianos”.
Ugalde, especialista en iconografía, se atreve a decir que las pinturas rupestres son los medios de comunicación de entonces, las redes sociales de hoy en día.
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