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En Medellín, el Encuentro por el Agua y la Energía Renovable 2026 del pasado 12 de mayo puso sobre la mesa una pregunta que trasciende el sector ambiental para consolidarse en una visión sistémica: ¿qué debe hacer Antioquia para estar mejor preparada frente a los cambios del clima, la presión sobre sus cuencas y los retos de la seguridad energética?
La conversación parte del evidente contexto de un fenómeno de El Niño con alta probabilidad de una mayor intensidad durante el segundo semestre de 2026. Esto podría alterar los ciclos del agua, elevar las temperaturas y cambiar los regímenes de lluvia, generando mayores riesgos de incendios forestales, olas de calor, estrés hídrico y afectaciones en la producción de alimentos, y presión para la generación de energía.
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“En un contexto de alta probabilidad de un nuevo fenómeno de El Niño y rezagos en la entrada de nueva generación al sistema, se hace fundamental cuidar el agua que sostiene la energía. La premisa es clara: no hay seguridad energética sin seguridad hídrica, y esta solo se logra con diálogo de todos los actores y una gestión integral, anticipada y de largo plazo. Por ello, estos 15 años de encuentros son fundamentales, pues son espacios para aportar, por ejemplo, a la formulación de la Política Nacional del Agua, que nos abre una oportunidad histórica para ordenar prioridades, fortalecer la gobernanza de cuencas e integrar la planificación hídrica, energética y territorial. Para Isagen, esta articulación es clave para una transición energética, sostenible y conectada con los territorios.”, aseguró Claudia Echeveri Mejía, directora ambiental de Isagen.
El encuentro no se quedó en la alerta. Los distintos actores que participaron coincidieron en que el desafío está en anticiparse: planificar mejor, proteger las cuencas y reducir la vulnerabilidad de los territorios antes de que lleguen las emergencias.
El ordenamiento territorial sigue siendo uno de los grandes retos vigentes para Antioquia: aunque existen instrumentos, información y capacidades institucionales, las decisiones sobre uso del suelo, expansión urbana, infraestructura, proyectos productivos y conservación todavía avanzan de manera desarticulada entre entidades públicas, actores privados, comunidades y autoridades ambientales. El Encuentro por el Agua y la Energía Renovable dejó claro que, en muchos casos, la planeación llega tarde, después de que la presión inmobiliaria o los cambios en el territorio ya han transformado zonas de recarga, áreas rurales y cuencas estratégicas, afectando la disponibilidad y calidad del agua. En ese contexto, la actualización de la Política Nacional del Agua aparece como una oportunidad para alinear mejor los instrumentos de planificación, fortalecer la coordinación institucional y lograr que el agua sea realmente el punto de partida de las decisiones territoriales.
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Paola Echeverri, coordinadora regional Andes de WWF Colombia, señaló que el problema no se resuelve únicamente mirando el clima. “Tenemos que pensar cómo nos preparamos mejor para enfrentar esos fenómenos climáticos”, asegura. “Porque la discusión pasa por los modelos de ocupación del territorio: dónde se construye, cómo se protegen las zonas de interés ambiental, qué tanto se respeta la vocación de los suelos y cómo las decisiones locales, regionales y nacionales ayudan a que los fenómenos climáticos no golpeen con tanta fuerza”.
Y es que prepararse antes de que el clima imponga sus reglas sigue siendo un reto urgente para el departamento: las lluvias extremas, sequías, inundaciones e incendios no esperan a que los planes estén listos ni respetan límites municipales o tiempos administrativos. El encuentro dejó claro que la adaptación debe partir de una mejor comprensión de la hidráulica de las ciudades, del respeto por las fuentes de agua y del reconocimiento de los ecosistemas naturales —bosques altoandinos, páramos, coberturas ribereñas y otros sistemas— como amortiguadores frente a eventos extremos. En un departamento cada vez más urbano, reducir la vulnerabilidad implica tomar decisiones distintas: proteger quebradas, recuperar espacio para el agua, mejorar drenajes, conservar coberturas vegetales y evitar que las zonas de riesgo sigan creciendo.
Urbanización versus dependencia de cuencas
Uno de los puntos centrales que dejó el encuentro es la tensión entre una Antioquia cada vez más urbana y una seguridad hídrica que sigue dependiendo de territorios rurales, bosques, quebradas, acueductos comunitarios y ecosistemas de montaña.
Desde la Gobernación de Antioquia, John Jairo Mejía Aramburo, director de Sostenibilidad Ambiental y Cambio Climático, advierte que el departamento avanza hacia una mayor concentración poblacional en grandes ejes metropolitanos como el Valle de Aburrá, el Oriente y Urabá. En ese escenario, insiste en que la adaptación al cambio climático no se hace desde la centralidad, sino en el territorio.
Además, insistió en que si Antioquia quiere prepararse mejor, debe fortalecer sus empresas prestadoras de servicios públicos, reconocer sus sistemas rurales de abastecimiento y dar mayor lugar a la gobernanza comunitaria. En el departamento existen más de 4.000 sistemas de abastecimiento rurales que durante años han sostenido el acceso al agua en veredas y centros poblados. El reto ahora es reconocerlos como parte de la solución, no como actores secundarios que aparecen solo cuando hay una crisis.
Mejor información para quienes cuidan el agua
El encuentro también evidenció una necesidad imperante: tener datos no basta. La información sobre agua, calidad, cantidad, concesiones, riesgos y alertas tempranas debe ser comprensible y útil para las comunidades, los municipios y los tomadores de decisión.
Liliana María Taborda González, directora general de Corantioquia, explicó que la corporación ha desarrollado evaluaciones regionales del agua para entender el estado de los ecosistemas y la capacidad del territorio para proveer el recurso. En esa lectura aparece un reto: la información técnica debe conectarse con el conocimiento comunitario para fortalecer la adaptación.
En una región marcada por la expansión urbana, el caso de Envigado ofrece pistas sobre cómo otras poblaciones pequeñas pueden prepararse mejor. Johana Tabares, de la secretaría de Medio Ambiente del municipio, presentó el Sistema Local de Áreas Protegidas de Envigado, que cubre cerca del 40 % del territorio municipal.
El dato es relevante porque Envigado no es un territorio aislado de la presión urbana. Hace parte del Valle de Aburrá y convive con dinámicas de crecimiento, infraestructura y demanda de servicios. Sin embargo, su apuesta muestra que la protección ambiental puede ser parte del modelo urbano y replicable en otras zonas del departamento.
Tabares explicó que el municipio trabaja en la protección de subcuencas, corredores ecológicos, mantenimiento de quebradas, prevención de crecientes y procesos de renaturalización. “Es importante el cuidado constante y la protección del agua durante todas las épocas de lluvia y también en tiempos de escasez”, aseguró, sembrando la idea de que una ciudad más adaptada no es la que simplemente canaliza el agua, sino la que reconoce sus dinámicas, protege sus rondas y conserva los ecosistemas que reducen el riesgo.
Conservación como inversión, no como gasto
Otro avance del encuentro fue el cambio de enfoque sobre las soluciones basadas en la naturaleza. No se trata de acciones aisladas de conservación, sino de herramientas de inversión territorial para regular el agua, reducir riesgos, proteger el abastecimiento y fortalecer la resiliencia energética.
Los participantes coincidieron en que el Área Metropolitana del Valle de Aburrá depende de territorios vecinos para buena parte de su abastecimiento. En particular, la relación entre Oriente y Norte antioqueño, territorios que proveen una parte significativa del agua que consume el área metropolitana y que, al mismo tiempo, enfrentan presiones demográficas y productivas crecientes.
De ahí surge otra inquietud: ¿cómo reconocer mejor a quienes conservan las fuentes de agua que abastecen a las ciudades? Soluciones como instrumentos financieros, pagos por servicios ambientales, impuesto predial, obras por impuestos y mayor participación de actores públicos y privados emergieron en la discusión. La conservación, en ese sentido, deja de ser vista como un costo y aparece como una inversión en seguridad hídrica.
Gobernanza comunitaria para que las decisiones funcionen
El Encuentro por el Agua y le Energía Renovable también dejó claro que la gobernanza del agua no puede limitarse a las instituciones. Las comunidades, los acueductos veredales, las organizaciones sociales, la academia y el sector privado tienen un papel que no puede reducirse a la consulta.
Una parte de los conflictos socioambientales nace de la falta de conocimiento, la baja apropiación del territorio, la complejidad de la normativa y la débil participación en espacios de decisión. También se planteó que muchas veces se espera que las autoridades ambientales resuelvan por su cuenta problemas que requieren corresponsabilidad de municipios, comunidades, empresas y la ciudadanía.
Esa lectura deja una tarea concreta: fortalecer educación ambiental, acceso a información, legalización de usos del agua, participación ciudadana y capacidades comunitarias. La gobernanza efectiva no ocurre únicamente cuando existen espacios de diálogo, sino cuando las personas tienen herramientas para participar y cuando sus decisiones tienen incidencia real.
Tres decisiones para que Antioquia se prepare mejor
- Ordenar el territorio alrededor del agua
El agua debe ser el punto de encuentro entre la Política Nacional del Agua, los POT, los POMCA, las decisiones energéticas y las estrategias de adaptación climática. Si estas agendas siguen avanzando por separado, la región será más vulnerable.
- Fortalecer la gestión comunitaria y la información para anticiparse
Los sistemas rurales y comunitarios de abastecimiento necesitan más capacidades, acompañamiento e información útil. Mejorar los datos, las alertas y el acceso al conocimiento permitirá que comunidades e instituciones actúen antes de la crisis
- Convertir la conservación en inversión estratégica
Restaurar cuencas, proteger coberturas vegetales y conservar ecosistemas no es solo una tarea ambiental: es una inversión en seguridad hídrica, adaptación climática y estabilidad energética para Antioquia.