
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
一¿Ver, por primera vez, un ave que no había sido vista en uno de los países a donde más viajan las personas a observar pájaros? Pues, ¡es un señor hallazgo!
Luis Germán Naranjo es un nombre familiar entre los ornitólogos colombianos, es decir, entre quienes estudian los pájaros. También entre los pajareros, como les llaman a los que han afinado el ojo gracias a su afición (y obsesión) de buscar aves para hacerles una buena fotografía y anotar el registro para llevarlo con orgullo por el mundo.
Como ornitólogo, Naranjo es un poco más sobrio al hablar del hallazgo que hizo hace pocos días en el Orinoco colombiano, junto con varios colegas: “Es muy importante; implica conocer mejor la distribución de una especie”. Como pajarero, repite, “es muy, muy emocionante. ¡Es un señor hallazgo!”.
(Lea Alfonso Chinguad, el guardián de las papas que tiene más de 130 variedades en su casa)
Le emociona porque sabe que no es tan fácil hallar especies que no se hayan registrado en el país con más diversidad de aves y que suele llevarse el primer puesto en lo concursos globales de observación de pájaros. Según el Instituto Humboldt, en Colombia hay 1.966 especies.
“Puede ser el grupo de animales más estudiado y el que más ‘amantes’ tiene: hay médicos, ingenieros, campesinos o deportistas que se levantan a las 4 de la mañana solo para agarrar sus binoculares y salir a ver pájaros”, comenta su colega Saulo Usma, un biólogo con el que se conocen de tiempo atrás y es especialista en agua dulce de WWF. “Así que ver una nueva especie en Colombia muestra que, cuando pensábamos que estábamos en el límite, hay más por descubrir”.
La especie a la que se refieren es la Euphonia violacea. La encontró Naranjo, el biólogo Diego Carantón, del Instituto Sinchi, y Camilo Orjuela, un pajarero con mucha cancha en el Orinoco colombiano, mientras llevaban a cabo una expedición científica en el Parque Nacional Natural El Tuparro, en la frontera con Venezuela, entre finales de enero y principios de febrero.
Hasta ahora, dice Carantón, se sabía que su distribución abarcaba Venezuela, por el lado del Escudo Guyanés, hasta el sur de Brasil (incluidos Surinam y Guyana Francesa). Incluso, se había registrado en Paraguay. “Pero en Colombia nunca porque había una barrera gigante que ‘frenó’ su distribución: el gran río Orinoco”.
A ojo de buen cubero, Naranjo cree que en ese punto del PNN El Tuparro, ese río puede tener unos 2 kilómetros de ancho y “normalmente”, explica, “estos animales no cruzan esos cuerpos de agua. Prefieren quedarse al interior del bosque”.
Pero Euphonia violacea los sorprendió: logró cruzar. La pregunta que todos se hacen es cómo.
Siete maravillosos minutos
Cuenta Andrea Wulf en su libro La invención de la naturaleza que cuando Alexander von Humboldt, el gran naturalista de los siglos XVIII y XIX, se embarcó en una expedición desde Caracas hacia el Orinoco, en marzo de 1800, muchas cosas lo sorprendieron. Además de los cientos de cocodrilos que descansaban en la orilla con la boca abierta y que podían medir 4,5 metros, de las boas constrictor que nadaban junto a su barco, de los “ronquidos” de los delfines y de los jaguares (casi pisa uno, anotó Humboldt), quedó maravillado con los rápidos de Maipures.
“Allí a 800 kilómetros al sur de Caracas, el Orinoco se abría camino por una cadena montañosa en una serie de brazos de unos 140 metros de ancho, rodeados de inmensos peñascos de granito cubiertos por una densa vegetación. Los rápidos descendían durante varios kilómetros por cientos de escalones rocosos en los que el agua rugía y se arremolinaba”, escribió Andrea Wulf. “Eran majestuosas escenas de la naturaleza”, consignó Humboldt.
Hoy el raudal de Maipures está en el PNN El Tuparro y es uno de los lugares que suelen buscar quienes visitan Vichada. También es posible que en esas “islas” a lo largo del río esté la clave para que la Euphonia violacea haya “saltado” desde el territorio venezolano hasta el colombiano.
(Lea Gobierno actualiza reglas en reservas forestales y abre debate ambiental)
Lo que creen Naranjo, Carantón y Orjuela es que, posiblemente, algunos ejemplares empezaron a hacer vuelos cortos entre aquellas piedras del raudal durante las épocas más secas. Así, poco a poco, fueron avanzando hasta superar esa barrera natural.
“Nosotros la habíamos buscado, pero un poco más al sur, donde el río no es tan ancho, y no la habíamos encontrado. Cuando empezamos esta expedición, contemplamos la posibilidad de observarla, pero lo hicimos mucho más al norte de lo que esperábamos”, asegura Carantón.
El registro lo hicieron a las 8:54 a.m. del pasado domingo 1 de febrero. El equipo había salido, como todas las mañanas de la expedición, a eso de las 5 a.m., pues, a diferencia de los otros grupos de investigadores, los ornitólogos deben aprovechar las primeras horas de la mañana, cuando hay más actividad de aves.
Puntuales, Naranjo, Carantón y Orjuela y otros dos funcionarios de PNN, salieron de las instalaciones de la estación del Río Tomo, del PNN El Tuparro. Primero, fueron a La Laguna del Mirador, mientras grababan audios y observaban pájaros con sus binoculares. Vieron especies propias de la sabana y de los bosques de galería de la Orinoquía. Había loros, guacamayas, aves acuáticas y algunos hormigueros. Al cabo de un par de horas, pasaron al sendero “Anaconda”, donde hay árboles que tienen una buena oferta de frutos para las aves.
Caminaron con sigilo y se fijaron en un muérdago (de la familia de las lorantáceas). Mientras hacían un “intercambio de saberes”, como llama Carantón a ese aprendizaje entre los integrantes de diferentes instituciones, detallaron una bandada de pájaros, en la que vieron un ave de un amarillo particularmente brillante. Estaba comiendo en una rama a unos 4 metros sobre la superficie.
Como recuerda Naranjo, empezaron a sospechar que se trataba de una Euphonia violacea, pero no era fácil confirmarlo con una hembra, pues es muy similar a otra especie (la Euphonia laniirostris). “De repente, la hembra voló y llegó el macho”, cuenta Naranjo. “Fue muy emocionante porque los machos sí son diferentes entre distintas especies”.
En apariencia era muy similar a un individuo de la Euphonia laniirostris, pero estuvo una eternidad sobre la rama mostrando sus detalles: siete minutos. La confirmación llegó cuando levantó un poco su parte trasera para mostrarles a los investigadores que esas plumas inferiores eran blancas y no negras, una característica que ratificaba la Euphonia violacea estaba en Colombia.
“Eso fue lo que nos permitió el diagnóstico preciso. Además, Camilo Orjuela, que es muy bueno haciendo digiscoping 一como llaman a la técnica de observar aves a largas distancias con cámaras y lentes de gran alcance一, logró videos y fotos. Es la prueba fehaciente de que la Euphonia violacea está de este lado del río Orinoco”, añade Naranjo.
Lo siguiente que hicieron fue subir sus registros a la plataforma eBird, muy popular entre pajareros y ornitólogos. Manejado por el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), tiene más de 100 millones de registros de aves de todo el planeta. Es, indican en su web, el proyecto de ciencia ciudadana relacionado con biodiversidad más grande del mundo. El registro fue validado y ahora resta hacer una publicación formal en alguna revista científica.
Pero más allá de lo anecdótico, el episodio muestra, a los ojos de los investigadores, que esa área del Vichada es lugar muy especial, en el que aún vale la pena hacer más esfuerzos por conocer su biodiversidad. “Es un registro muy importante para entender la ornitología de estas zonas, tan poco explroadas”, dice Orjuela, que pejarea desde hace unos 10 años.
“Ahí, por ejemplo, hay un lugar excepcional que es el río Bita, que es un sitio Ramsar 一una categoría internacional de protección一. Pero, también está la Reserva de Biósfera El Tuparro. Es un territorio muy especial que vale la pena proteger y que vale la pena visitar para apoyar económicamente a quienes están ahí y lo conocen y saben de su valor”, agrega Saulo Usma, de WWF, y quien fue una de las personas que estuvo al frente de la organización de la expedición, en la que participaron la Fundación Omacha, la Universidad del Cauca y la Universidad del Tolima.
Con él coincide Querubín Rodríguez, director del PNN El Tuparro, que por estos días se prepara para hacerle frente a la difícil época de incendios: “Todo esto muestra que ha tenido sentido proteger estas áreas. Es muy motivante saber que ese esfuerzo de tantas personas ha sido útil. Ninguna entidad puede bajar la guardia”.
🌳 📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre el ambiente? Te invitamos a verlas en El Espectador. 🐝🦜
