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Les proponemos un pacto por nuestra salud para el 2026: cuidar la naturaleza

Este año será especial para El Espectador. Desde hoy emprendemos un esfuerzo por explorar con detalle la estrecha relación que hay entre la naturaleza y la salud humana.

Sergio Silva Numa

12 de marzo de 2026 - 07:50 a. m.
Hoy, cerca de un millón de especies están en riesgo de extinción, lo que amenaza servicios ecológicos claves para la salud humana.
Foto: Jeff Rotman, Bruce D. Tobert y WWF Colombia

Hace unos meses estuve recorriendo un fragmento del río Amazonas, por los lados de Leticia y Puerto Nariño. Me habían invitado a acompañar la captura de un delfín rosado (Inia geoffrensis), un procedimiento de rutina entre los científicos que estudian a uno de los mamíferos de agua dulce más simbólicos de Colombia. Al tomarle muestras de sangre y de tejidos, y al examinar sus órganos a través de ecografías —una carrera no más de 15 minutos para que el animal regrese al agua—, quienes los investigan pueden tener más claridad sobre su salud y sobre el estado del río que habitan.

Los datos que los científicos de la Fundación Omacha han estado recopilando en los últimos años sugieren que algo no marcha bien ni con los delfines rosados ni con el río Amazonas. Han encontrado, por ejemplo, altas concentraciones de mercurio en sus tejidos (proveniente de la minería ilegal de oro). En la base de datos que han ido construyendo Fernando Trujillo y Ximena Valderrama hay datos de ejemplares que sobrepasan cualquier expectativa. En un individuo hallado en el río Orinoco, por donde también transitan delfines, detectaron 36.89 miligramos de mercurio por kilo, una cifra muy superior a la recomendación que hace la Organización Mundial de la Salud (OMS) para peces de consumo (0.5 mg por kilo).

Integrantes de la Fundación Omacha mientras Miguel Ortiz le hace una ecografía al delfín. Al frente, Fernando Trujillo. Atrás, a la izquierda, Jimena Valderrama.
Foto: Milena López - Fundación Omacha

Al tomar muestras en los genitales de los delfines y en su espiráculo (el orificio por donde respiran), Trujillo y Valderrama se han encontrado con otras sorpresas. Han hallado, por ejemplo, bacterias resistentes a los antibióticos que consumimos los humanos. Entre ellas, Klebsiella pneumoniae, asociada a infecciones respiratorias, o Escherichia coli, que puede provocarnos diarrea y trastornos gastrointestinales.

(Lea Así hallaron la colonia de coral más grande descubierta)

Como me decía entonces Valderrama, veterinaria, aún es pronto para saber si esos microorganismos están teniendo un efecto en los delfines, pero lo que sí es claro es que aquellos resultados indican que algo no anda bien con nuestro consumo de antibióticos. Después de todo, los residuos de los medicamentos que consumimos van a parar a un río a través de nuestra orina o de nuestras heces (o del inadecuado desecho de medicinas).

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Los hallazgos también revelaban algo que trasnocha a personas como Ángela Caro, expresidente de la Asociación Colombiana de Farmacovigilancia: el inadecuado consumo de antibióticos está generando bacterias resistentes a esas medicinas que cambiaron el curso de la salud en el siglo XX. “Si el consumo no es responsable, el escenario puede ser apocalíptico”, me resumía por esos días.

El río Inírida nace en el departamento del Guaviare, pasa por el Guainía y se une al río Guaviare a la altura de los Cerros de Mavecure.
Foto: Gustavo Montes Arias

Tanto el caso de las bacterias resistentes como el del mercurio en delfines son una buena muestra de un concepto en el que queremos ahondar este año en la campaña BIBO, de El Espectador: Una sola salud (One health). Se trata de un enfoque que ha tomado fuerza en los últimos años entre científicos, universidades y que, incluso, promueven agencias como la ONU, para enfatizar en que hay un estrecho vínculo entre la salud de las personas, la de los animales y la de los ecosistemas.

Así como los delfines, a los que Trujillo suele llamar “centinelas del agua”, pues dan muchas señales de cómo está la salud de los ríos que habitan (o del inadecuado consumo de fármacos en humanos), hay una buena cantidad de ejemplos que muestran por qué vale la pena que en 2026 tengan a la mano historias que detallan esa relación. El brote de fiebre amarilla es uno de esos casos recientes: es una situación que aún es un dolor de cabeza en Colombia y requiere del esfuerzo de profesionales de diferentes campos para frenarlo. Epidemiólogos, entomólogos (los estudiosos de los insectos), primatólogos y científicos sociales han sido necesarios para comprender y contener esa emergencia.

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Imagen de uno de los mosquitos que transmiten el virus de la fiebre amarilla.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

O para no ir tan lejos, basta pensar en las inundaciones de Córdoba. Hoy, mientras leemos estas páginas, hay personas en guardia en Montería y sus municipios vecinos para evitar que prolifere un viejo enemigo de la humanidad: el Aedes aegypti, ese mosquito que transmite los virus que causan dengue, zika o chikungunya.

“Las inundaciones constituyen uno de los desastres naturales con mayor impacto sanitario a nivel global”, recordaba hace unas semanas la Asociación Colombiana de Infectología (ACIN), para que las autoridades no perdieran de vista que esas tragedias vienen acompañadas de un incremento del riesgo de enfermedades infecciosas transmitidas por vectores.

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Varias zonas rurales en Córdoba quedaron inundadas luego de las lluvias de febrero.
Foto: UNGRD

Esa relación entre la “salud” de la naturaleza y la nuestra, y sobre la que queremos que conversemos más a menudo este año, también está atravesada por asuntos tan cotidianos como el aire que respiramos. Quien haya subido a los cerros orientales de Bogotá durante una mañana entre lunes y sábado, sabe que parece increíble que todos los días nos movamos entre esa capa de smog que se levanta entre edificios.

“¿Cómo podemos vivir así?”, me decía un colega alguna vez cuando subíamos por un sendero. ¿No exigiríamos un aire más limpio si tuviéramos presente que es un factor de riesgo asociado a muchas muertes en el planeta? La Organización Mundial de la Salud dice que tanto la contaminación del aire exterior como el doméstico se asocian a 6,7 millones de muertes prematuras cada año.

Contaminación del aire en Bogotá. Atrás, el Nevado del Tolima.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Lo que queremos, entonces, es que estas conversaciones se conviertan en un diálogo cotidiano. Que las historias que aquí les vamos a contar —con WWF como director técnico y con la Unión Europea e ISAGEN como aliados—, sirvan para que ese mensaje haga parte de sus rutinas; que las divulguen en sus redes sociales; que las compartan con sus amigos o en un simple almuerzo familiar.

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En un momento en el que enfrentamos crisis climática, pérdida de biodiversidad, una inacabable contaminación por plásticos, la degradación de los bosques o el blanqueamiento de corales, en BIBO estamos convencidos de que todos podemos sumar para construir un planeta más saludable. Así sea como simples divulgadores o exigiendo mejores políticas a nuestros gobernantes. Así sea replicando historias y mensajes sobre la importancia de la Amazonia para el agua de nuestros páramos, o recordando cada día que, incluso, lo que desayunamos, cenamos o desperdiciamos (o reciclamos) hoy tiene todo que ver con la protección de la naturaleza y de nuestra vida.

Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar.@SergioSilva03ssilva@elespectador.com
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