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10 Feb 2022 - 2:03 a. m.

Lo que puede aprender Colombia de la protección del páramo de Chingaza

El Parque Nacional Natural Chingaza fue un corredor para grupos al margen de la ley. Hoy un grupo de investigadores junta esfuerzos para conservar los mamíferos de la zona. Como resultado publicó un libro para conocer las especies que habitan el parque y enseñar a la ciudadanía cómo protegerlas.
Juan Pablo Correa

Juan Pablo Correa

Periodista sección Vivir
Desde 1980 se realizaron las primeras investigaciones sobre mamíferos en el Parque Natural Chingaza. / Gabriel Eisenband
Desde 1980 se realizaron las primeras investigaciones sobre mamíferos en el Parque Natural Chingaza. / Gabriel Eisenband
Foto: GABO EISENBAND

Óscar Raigozo es un habitante del municipio de Choachí (Cundinamarca), un sector aledaño al Parque Nacional Natural Chingaza. Desde pequeño escuchó historias de sus abuelos, padres y vecinos sobre los osos que deambulaban por el área. Algunos decían que eran peligrosos y otros estaban seguros de que la grasa de estos animales servía para sanar las fracturas. Raigozo, con el tiempo, se convirtió en un sabedor y guardián del parque, un proceso que empezó cuando fue brigadista para apagar incendios a causa de la ganadería en el páramo en 1994. (Lea Colombia está perdiendo un parque nacional natural)

La primera vez que vio un oso andino fue cerca de la quebrada El Mangón, por las lagunas de Palo Blanco, en Chingaza. Ese día, recuerda, estaba haciendo un recorrido de control y vigilancia, lo vio por un instante, a unos 10 metros de donde estaba. Cuando el animal los olió, se esfumó por los matorrales. “Lloré de emoción, había cumplido un sueño”, dice. (Lea 190 académicos piden a Duque detener la deforestación de la Amazonía)

Los osos andinos y otras 100 especies de mamíferos (de las 543 que existen en el país) habitan el Parque Natural Chingaza. Esta área protegida desde 1977 se ubica en la cordillera Oriental de los Andes y queda a 20 km de Bogotá. Es un parque que se distribuye entre 11 municipios, en los departamentos de Cundinamarca y Meta y está entre los 800 y los 4.020 metros sobre el nivel del mar. Dentro de sus límites hay ecosistemas de bosque subandino, alto andino y páramos además de especies endémicas de anfibios y plantas.

Es un reservorio de biodiversidad”, escribió Diego Andrés Zárrate en la introducción del libro Los rastros ocultos de Chingaza. Este libro-guía nació como una propuesta para recuperar la historia de investigación y ciencia que se ha realizado en el parque para entregarla como un producto que busca generar conocimiento y un sentido de apropiación de la naturaleza a los ciudadanos.

También, señala José Fernando González, biólogo y director científico de ProCAT Colombia, el proyecto de Conservación de aguas y tierras “es un homenaje a los guardaparques, a los funcionarios, a los científicos, a todas las personas que están diariamente allá y se encargan de la tarea de monitoreo para que, entre otras cosas, haya agua en Bogotá y se conserve una joya como Chingaza”.

La edición del libro estuvo a cargo de González y Ángela Parra, una científica que desde 2014 se encuentra liderando procesos de investigación y manejo de mamíferos en el parque. En esta guía están registradas las 101 especies de mamíferos que viven en el área protegida, además de 50 fichas de caracterización que resaltan a los animales más importantes por su representatividad y potencial de observación, que estuvieron revisadas y escritas por expertos. Incluye, además, memorias y recomendaciones para su avistamiento.

Los osos andinos y los mamíferos de Chingaza

Desde 1980 se realizaron las primeras investigaciones sobre mamíferos en el parque. En ese momento inició un camino de descubrimientos y largas caminatas para conocer la fauna de estos ecosistemas. Algunos de ellos, como el puma, los dejaron de avistar durante 40 años. El día que apareció de nuevo un ejemplar de esta especie, Parra y Raigozo estaban revisando las cámaras trampas. “Gritamos de alegría. Ya les podíamos contar a las personas que no eran leones de montaña, eran pumas y los estábamos viendo. Recuerdo tanto ese momento que sé que el animal tenía una orejita pellizcada”, comenta Raigozo.

En el parque habitan venados como el soche y el de cola blanca, que en las temporadas de cortejo se les ve chocar sus cornamentas. Felinos como el yaguaroundí, el tigrillo lanudo y el ocelote, predadores de gallinas y animales domésticos. También se pasean por las montañas de este ecosistema nutrias y hurones, comadrejas y zorros. Vuelan en las cuevas murciélagos peludos, lengüilargos, fruteros y orejiamarillos.

Existe una especie de armadillo, que se conoce como nueve bandas, y una de musaraña, que nombraron como la de Thomas. Se ocultan dos especies de zarigüeyas y el conejo de páramo. Incluso camina por los matorrales del parque el oso mielero, un animal que no posee dientes, pero sí una lengua larga y pegajosa para alimentarse de termitas, como su primo el oso hormiguero, que coexiste en este hábitat.

De los primates, explica Ángela, es sorprendente ver a los churucos por su tamaño y la forma en la que mueven las ramas para demostrar su fuerza y territorialidad. En los árboles también brincan monos ardilla, maiceros y el traficado mono llanero nocturno, una especie monógama que una vez forma pareja se mantiene con ella toda su vida.

Además, en cuatro patas caminan roedores como el curí, el ratón montañero, el arrocero y el colombiano de bosque. Está la lapa, una animal anaranjado y con manchas blancas que ayuda a la dispersión de semillas, el puercoespín bicolor y el borugo, reconocido porque su carne es la más exquisita del páramo, según los pobladores.

De acuerdo con la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), solo una especie de las 101 está en peligro crítico de extinción, cinco están en un estado vulnerable y 82 en la categoría de preocupación menor. Estas cifras demuestran los esfuerzos de conservación que han implementado en Chingaza, aunque aún queda mucho por hacer, coinciden los expertos.

Ciencia en Chingaza: más de cuatro décadas

Poco después de declararlo como Parque Nacional Natural iniciaron los registros de las primeras investigaciones. En 1987, un grupo de científicos se internó en el páramo para desarrollar inventarios de flora y fauna del área protegida. Consistió en un proyecto de ecología que duró 10 años. En las salidas de campo se hospedaban en la cabaña de Piedras Gordas que, según narran en el libro, era similar a un “chalet suizo”. Entre ellos estaba Julio Mario Hoyos, un biólogo de la Pontificia Universidad Javeriana.

“Efectivamente, era una casa que no tenía luz y tampoco duchas, entonces nos bañábamos en las quebradas con un frío impresionante. Nosotros nos alojamos ahí porque era lo único que quedaba cerca para hacer nuestros trabajos, después el proyecto consiguió un carro y nos podíamos mover más. Fueron condiciones relativamente difíciles, todo lo hacíamos por amor a la ciencia y porque éramos jóvenes, fue una aventura”, recuerda Hoyos.

Durante los años noventa, Chingaza se convirtió en un sector de tránsito para diferentes grupos armados, lo que complicó muchos de los proyectos que se llevaban a cabo. A pesar de las circunstancias, los investigadores y los guardaparques continuaron con sus labores. González los ve como héroes anónimos que han tenido que cuidar la zona en épocas difíciles.

Además, el esfuerzo físico para resistir las caminatas es exigente. “Esto no es un trabajo para todos. Durante 11 años me partí las rodillas por el frío, la inclinación del terreno y por transportar equipo”, comenta Raigozo. Con eso está de acuerdo Ángela Parra, que entre risas recuerda todo el frío y las eternas excursiones en Chingaza. Sin embargo, para ella todo valía la pena. Nunca olvidará la primera vez que vio un oso. “Estaba parado en dos patas, husmeando detrás de un frailejón. Era grande y curioso. Ese día comprendí la fragilidad de estos animales, son vulnerables a todo lo que pasa”, recuerda.

Chingaza, un paraíso de la conservación

Esta área protegida, como muchas en el país, está rodeada de cultivos y ganaderías. Si bien se han reducido los incendios en esta zona, hay otros temas como la convivencia entre las comunidades y la fauna que son complejos. Según Parra, si en Chingaza es difícil, en otras zonas hay que añadir el tema del conflicto armado y la tenencia de tierras a la lista de problemas.

Además, asegura, son figuras de conservación muy complejas, porque están impuestas y rompen con las dinámicas de las comunidades. “Antes de estar allá criticaba muchas cosas. Cuando estuve inmersa en el campo, entendí por qué las cosas son como son. ¿Cómo puedes hacer conservación en un país con hambre, con problema de tierras, con deforestación y conflicto armado interno? Ese es uno de los mayores retos. Hay que regular en vez de prohibir, y todo de la mano de la gente”, acierta en decir Parra.

Uno de los mayores problemas en Chingaza, después del cambio climático, que conduce a la pérdida de especies, y la cacería ilegal, son las retaliaciones de los campesinos con la fauna silvestre. “Pero esto hay que verlo bien. Si un animal se come a dos marranos o dos vacas eso puede afectar fuertemente la economía de un campesino, y si no hay recursos todo es más complejo. Cuando se responde el llamado de una persona, uno tiene la posibilidad de ir y brindar ayuda o dar recomendaciones, pero más allá de eso nada”, explica el sabedor y guardaparques.

Raigozo cree que el trabajo conjunto de los últimos años ha sido importante, pero aún queda mucho por hacer. Por ejemplo, una forma de evitar la expansión de la frontera agrícola y ganadera es invertir recursos en fortalecer las economías campesinas de la zona. “No es producir más, sino mejor con lo que hay”, argumenta.

La alianza entre los saberes científicos y de las comunidades ha permitido la conservación del Parque Chingaza tal como lo conocemos hoy. La creación de un libro como este es una forma de vincular y empoderar a la gente, asevera González, además, es una herramienta de conservación porque la ciudadanía entiende las problemáticas y contribuye al monitoreo que, según cuenta, muchas veces está limitado por los recursos. “Ahora tienes más ojos documentando lo que quieres documentar. Es un instrumento de educación en un momento de crisis de biodiversidad, como este”, puntualiza González.

Juan Pablo Correa

Por Juan Pablo Correa

Periodista y antropólogo de la Universidad Javeriana, con énfasis en temas en medio ambiente y salud.@jpablocorreapjcorrea@elespectador.com
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