En El dilema del omnívoro, Michael Pollan, el popular divulgador norteamericano, muestra varios ejemplos de cómo nuestra dieta está directamente relacionada con el ambiente. Los cultivos de maíz que se extienden por monocultivos o la carne que ingerimos en una hamburguesa son algunos de los ejemplos más populares que usa para mostrar cómo comer es un acto mucho más complejo de lo que creemos. Así como incide en nuestra salud, también puede tener consecuencias en la naturaleza.
Luis Germán Naranjo, director de Conservación y Gobernanza de WWF, tiene una buena manera de sintetizar esa compleja relación: “Invertimos recursos naturales, económicos y sociales para producir comida, pero el sistema alimentario no nos está haciendo más sanos, y al planeta, tampoco”. Como anota, el sector agrícola, por ejemplo, es hoy el “principal sector económico detrás del uso y la transformación del suelo, lo que hace peligrar ecosistemas claves para la estabilidad planetaria, como los bosques o las sabanas”.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
(Lea Incendios, alertas y efectos de la ola de calor en algunos países de mundo)
Esas palabras las escribió para la presentación del informe que hoy presenta WWF Colombia con un título provocador: “El verdadero valor de los alimentos”. En él trató de comprender qué tan conscientes son los colombianos de esas dinámicas y cómo, entre otras cosas, se relacionan con su comida. ¿De qué manera sus comportamientos inciden en prácticas no sostenibles? ¿Estarían dispuestos a cambiar su forma de comer?
Para despejar esas dudas, la organización, junto con la agencia Sancho BBDO, realizó 1.950 encuestas y visitó 47 hogares en ocho ciudades: Bogotá, Barranquilla, Bucaramanga, Cali, Medellín, Florencia, San José del Guaviare y Leticia.
Saltándonos los detalles metodológicos, los autores del informe hicieron varios hallazgos valiosos. Uno de ellos es que, en general, “las personas no ven las consecuencias sociales y ambientales que implica el proceso de compra de sus alimentos”. La muestra es que la mayoría deja en un segundo plano las características que tienen que ver con el ambiente cuando pagan por comida.
(Le puede interesar Reading FC, el equipo de fútbol con un uniforme para alertar sobre cambio climático)
En cifras, eso quiere decir que el uso de químicos (60 %), la cantidad de grasa (53 %), el precio (59 %) y que sean menos procesados (53 %) es lo que más les importa a los compradores colombianos. Que esos productos tengan menos empaques (21 %) es lo que menos tienen en cuenta cuando van a comprarlos.
De hecho, según el documento, los encuestados creen, en su mayoría, que los alimentos procesados son los que causan más impacto en la naturaleza debido a los químicos, pero ignoran que la producción de frutas y verduras también tiene un impacto. “El 53,7 % de los encuestados asocian los alimentos empacados y enlatados como aquellos que más efectos negativos tienen frente al ambiente, mientras que solo el 8 % creen que las frutas y las verduras causan este mismo efecto. Hay una falsa asociación: lo más natural no causa daño ambiental”, dice WWF.
(También puede leer Así se está preparando el departamento de Bolívar para hacer frente a la crisis climática)
Otro hallazgo importante está relacionado con el lugar donde se adquiere la comida. “Mientras que el 40 % de las personas de estratos 1 y 2 prefieren comprar frutas y verduras directamente de la plaza de mercado, el 62,9 % de las personas estratos 5 y 6 prefieren comprarlas en supermercados”, se lee en el documento de más de 250 páginas.
La razón por la que los altos estratos prefieren ir a los supermercados es simple: allí las frutas y verduras se venden en una presentación que perciben como más “estética”, lo cual le da al comprador la sensación de que está en mejor estado. Se trata de una percepción que no, necesariamente, es correcta y que, por el contrario, es la causa de un grave problema: el desperdicio de muchos alimentos con formas irregulares que son igualmente nutritivos.
(Lea El papa pide a los países más ricos tomar medidas más ambiciosas por el clima)
Además del desperdicio, hay una brecha entre el consumo de frutas: mientras en promedio los colombianos comen 4,26 frutas distintas a la semana, en los estratos 1 y 2 ese promedio es de 3,89.
Un punto más que vale la pena resaltar del informe tiene que ver con la variedad de lo que comemos. Pese a que el 43,7 % de quienes participaron en la encuesta piensan que su alimentación es variada, lo cierto es que repite, con frecuencia, ciertos productos como el arroz, que se consume cinco veces a la semana, o el café. Además, señala WWF, “compran siempre las mismas marcas y frecuentan las mismas tiendas, lo cual dificulta que se incorporen nuevos ingredientes a la alimentación, un aspecto clave para reducir las presiones sobre la naturaleza y aprovechar la biodiversidad de Colombia”.