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Se quemaron varios páramos, pero hay motivos para conservar la calma

En Santander, Boyacá, Valle del Cauca y Norte de Santander se registraron incendios en páramos durante enero. Aunque aún hace falta estudiar más a fondo los daños, hay varios aspectos que se deben tener en cuenta antes de empezar a restaurar estos ecosistemas que abastecen de agua a 17 millones de personas en el país.

Daniela Bueno
08 de febrero de 2024 - 07:00 a. m.
Antes y después del valle de frailejones del páramo de Berlín, afectado por los recientes incendios. /Foto: Nelson Rodríguez.
Antes y después del valle de frailejones del páramo de Berlín, afectado por los recientes incendios. /Foto: Nelson Rodríguez.
Foto: Nelson Rodríguez

Durante las últimas semanas las imágenes de frailejones calcinados, animales heridos y muertos debido a las llamas de los incendios, así como de organismos de rescate tratando de controlar el fuego, se han vuelto recurrentes. De acuerdo con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd), desde noviembre de 2023 hasta enero de este año se han registrado 582 incendios en el territorio nacional, que ya han consumido 36.818 hectáreas, un área similar a la que ocupa Medellín (37.621 ha). (Lea: ¿Lo invitaron a sembrar árboles tras los incendios? Mala idea, mejor restaurar)

Entre los ecosistemas afectados están los páramos, los encargados de regular y proveer cerca del 70 % del agua del país. El de Berlín, en Santander; Siscunsí, en Boyacá; Pamplona, en Norte de Santander, y Las Hermosas, en Valle del Cauca, son algunos de los que han reportado incendios durante el primer mes del año.

Según el profesor Nelson Rodríguez López, magíster y doctor en fisiología vegetal, de la Universidad Industrial de Santander (UIS), los páramos ofrecen servicios ecosistémicos fundamentales, como el almacenamiento de agua y CO2 atmosférico, por lo que son indispensables en la regulación hídrica del país.

A esto se suma que tienen una función de conectividad con otros ecosistemas. “Estos lugares permiten que animales como el oso andino y diferentes especies de aves se puedan mover entre las zonas de páramo y los bosques altoandinos”, sostiene por su parte Paola Echeverri Ramírez, coordinadora regional de Andes, de WWF Colombia. (Lea: La nueva lista que muestra las especies que están en riesgo de extición en Colombia)

En ese sentido, una de las grandes consecuencias de los incendios registrados recientemente está relacionado con la regulación hídrica, pues “al quemarse esa vegetación asociada al páramo, no solo los frailejones, se rompe ese ciclo hídrico”, agrega Echeverri.

De allí la importancia de restaurar las áreas afectadas por los incendios, pues, según Rodríguez, estos eventos “no solo afectan el páramo, sino también los ecosistemas montaña abajo, es decir, los ecosistemas aledaños donde hay organismos como aves, que tendrían que emigrar hacia lugares donde existan condiciones para poder seguir sobreviviendo”.

¿Cómo restaurarlos?

Las afectaciones por los incendios forestales en los páramos varían dependiendo del área afectada o por las condiciones de cada zona. Por ejemplo, en el de Siscunsí-Ocetá se quemaron 20 hectáreas donde predominaban los valles de los frailejones, mientras que en el páramo de Pamplona hubo cerca de 200 hectáreas afectadas. Por eso Echeverri recalca que no existe una “fórmula absoluta” para restaurar estos ecosistemas.

De hecho, son muchas las preguntas que hay sobre la mesa. “¿Cómo recuperar? ¿Cuáles especies van a desaparecer? ¿Cuáles se pueden recuperar? Debemos investigar esto para saber qué podemos hacer en el futuro con situaciones similares que se puedan presentar”, sostiene Björn Reu, geoecólogo y profesor de la Escuela de Biología de la UIS.

Sin embargo, sí hay cosas que se deben aplicar antes de iniciar con estos procesos en la alta montaña. El docente Rodríguez, de la UIS, menciona que lo más importante es delimitar esas áreas para que no haya ingreso exacerbado de personas particulares, “que en nada podrían colaborar, hasta concertar de manera técnica y científica, con el apoyo de las comunidades locales, un proceso que permita y logre favorecer la recuperación del ecosistema”. (Lea: El Carnaval de Barranquilla está midiendo su huella de carbono por primera vez)

Aunque, según Orlando Rangel, profesor del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional, este es uno de los ecosistemas más resilientes, hay que conservar la calma y dejar que el ciclo natural continúe. “Algo muy importante es el banco de semillas. Todas las especies en su ciclo (nacer, crecer, reproducirse y morir) van dejando sus huellas (semillas). Cuando se va incorporando más material natural, ese banco se va compactando. Esto favorece que en un momento dado, luego de un fenómeno que altere el ecosistema, se pueda recuperar”, menciona Rangel.

Dependiendo de la calidad de ese banco de semillas, agrega, en la fase de sucesión natural, es decir, en la recuperación por su propia cuenta, se puede llegar a una condición cercana a la original, pero, cabe resaltar, esto toma mucho tiempo y varía dependiendo del lugar y las afectaciones. “Nunca se va a alcanzar la condición original. Toda intervención tiene sus consecuencias”.

Si luego de los análisis, que pueden tomar varios meses después de que regresen las lluvias, los investigadores consideran que el ecosistema no se puede recuperar por sí solo, tendrán que intervenir, en un proceso conocido técnicamente como restauración asistida. Aunque es muy pronto para saber qué páramos podrán hacerlo de manera natural y cuáles no, los científicos coinciden en que para intervenir en procesos de restauración se necesita información muy robusta y acciones planificadas.

El caso de Santander

Uno de los incendios más graves se registró en el páramo de Berlín, en Santander, ubicado al sur del páramo de Santurbán, del que dependen alrededor de 50 municipios para el abastecimiento de agua. Allí se quemaron cerca de 300 hectáreas de vegetación, debido a que, pese a los esfuerzos por contenerlas, las llamas duraron encendidas cuatro días.

“El incendio tuvo impactos bajos, medios y altos en las diferentes zonas. Asimismo, hay especies que murieron, mientras que otras tienen la posibilidad de sobrevivir”, afirma Diego Suescún Carvajal, profesor de ingeniería forestal de la UIS, quien, junto con otros investigadores, funcionarios del Acueducto Metropolitano de Bucaramanga y autoridades locales, visitó la zona afectada una semana después del evento para llevar a cabo análisis preliminares.

Esta institución académica está trabajando de la mano de otros actores locales y comunidades que habitan el páramo con el fin de trazar un plan de restauración adecuado. Pero, por el momento, lo ideal es “no hacer nada”, apunta Suescún. Aunque algunas instituciones, como el Ejército Nacional, que ayudó a controlar las llamas del incendio, han empezado a plantar frailejones en el páramo, diferentes académicos, la Red Colombiana de Restauración Ecológica e incluso la ministra de Ambiente, Susana Muhamad, han insistido en que ahora no es un buen momento para hacerlo.

Y es que de acuerdo con Rodríguez, de la UIS, varias de las especies de flora que habitan en esta zona necesitan estudios, pues han sido poco analizadas. Además, explica, que las acciones de siembra tienen que ser planificadas, porque el páramo de Berlín tiene unas particularidades especiales. “Hay zonas relativamente inclinadas, otras que son como una meseta, zonas más húmedas, otras menos húmedas. Y eso es lo que hay que diagnosticar”, agrega.

Dentro de los estudios, dicen los investigadores de la UIS que han visitado la zona, se deben tener en cuenta análisis de suelos para mirar cómo cambiaron sus propiedades físicas y químicas luego de los incendios, qué especies sobrevivieron, cuáles fueron las menos afectadas, y cuáles tienen capacidad de rebrote para que en los futuros procesos de restauración estas sean tenidas en cuenta.

Todos estos estudios necesitan, además, un componente clave: el conocimiento de las comunidades del páramo. “Ese proceso se debe hacer con personal técnico especializado y con personas locales, que son los que lo han vivido allí y quienes conocen la zona. Si no se logra esa concertación, ni se reconoce el conocimiento local, el proceso no podría ser exitoso”, señala Rodríguez.

Entonces, ¿qué se puede hacer por el momento, más allá de las restricciones? Suescún menciona algunas actividades que sirven para ir abonando terreno: rescatar germoplasma, semillas, estacas (ramas o tallos verdes sin raíces) en la misma zona, y cuidarlas en un vivero, para que cuando regresen las lluvias y haya una evaluación más completa se pueda empezar con los programas de restauración.

Otro aspecto, menciona Rangel, de la UNAL, es revisar la capa de ceniza y, en los sitios donde es muy profunda, tratar de disminuirla y guardarla, “porque es vital, es el abono que permitirá la recuperación”.

Toda la investigación que se haga a partir de estos eventos de incendios será esencial para enfrentar situaciones similares, de acuerdo con los investigadores. Para Fernando Rondón González, vicerrector de investigación y extensión UIS, esta es una buena oportunidad para estudiar la sucesión en una zona tan frágil como lo es un ecosistema de alta montaña. “Y también para hacer integración de varios equipos interdisciplinarios”.

La información que resulte cobrará mucho más sentido en un contexto como el actual, donde los incendios, las altas temperaturas, las sequías y el desabastecimiento de agua serán cada vez más recurrentes por cuenta del cambio climático que, como ha explicado el Ideam, influyen en la intensidad de fenómenos como El Niño, el cual, prevé el Instituto, se extenderá hasta marzo.

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