A principios de esta semana, la ministra (e) de Ambiente, Irene Vélez, pidió a diferentes entidades e institutos científicos del país organizar la información disponible sobre la inminente llegada de un fenómeno de El Niño en Colombia en los próximos meses. El objetivo del llamado es preparar un anuncio, programado entre la segunda y tercera de mayo, sobre las medidas que tomará el país para mitigar el incremento de la sequía, con efectos claros como el desabastecimiento de agua y, entre otros, incendios forestales.
Entre los encargados de dar este dictamen se encuentra Ghisliane Echeverry, directora del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), quien habló con este diario unos días antes de que se citara nueva reunión entre actores del sistema ambiental sobre lo que se puede esperar a partir de los datos disponibles.
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“Ya tenemos certeza científica de que en este segundo semestre del año vamos a tener un fenómeno de El Niño”, comenta Echeverry, mientras revisa las últimas actualizaciones que emitió la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), que señalan que existe la probabilidad de 62 % de que se desarrolle entre junio y agosto y que persista, al menos, hasta finales de 2026. Estas estimaciones las puede ver a continuación.
Estos cálculos parten de una variable clave para anticipar la llegada de El Niño, una de las fases del ENOS (El Niño–Oscilación del Sur): la temperatura del océano Pacífico ecuatorial. Hoy, como advierten el Ideam y distintos científicos, esas aguas se están calentando con rapidez. Ese aumento no ocurre aislado: está ligado al debilitamiento de los vientos alisios, que normalmente empujan las aguas cálidas hacia el oeste, en dirección a Asia. Cuando esos vientos pierden fuerza, el calor acumulado se desplaza hacia el centro y el oriente del Pacífico, más cerca del continente americano, alterando la circulación atmosférica y reduciendo las lluvias en varias regiones, como en la mayor parte del territorio colombiano.
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Con estos datos sobre estos ciclos meteorológicos, la pregunta que sigue, sostiene la directora del Ideam, es qué tan intenso será y cuánto durará. Frente a la intensidad, la NOAA estima que a finales de año existe la posibilidad de que sea muy fuerte: superior al 20 %.
“Que ese ‘niño fuerte’ aparezca con igual de probabilidad que un ‘niño moderado’ es algo significativo, porque no debería ni siquiera aparecer en los modelos, pero lo hace, lo cual es muy significativo”, explica Echeverri
En este punto la directora aclara que el concepto de “super niño”, que se ha replicado en varios medios de comunicación y redes sociales, no existe.
“En el Ideam hemos hecho en los últimos meses un análisis de la correlación entre la intensidad y duración, pero no existe de manera clara. No se puede decir que un Niño débil va a durar menos o que uno fuerte va a durar más tiempo”, asegura Echeverry. “Hemos tenido niños de cinco meses y hemos tenido niños de 19 meses de diferentes intensidades. Lo que sí vemos es que el área afectada sí varía, en un Niño fuerte, pues hay un área afectada mucho mayor que en un niño moderado.”
Lo cierto es que la posible llegada de un nuevo fenómeno de El Niño —que suele presentarse cada tres a siete años— ocurre hoy en un planeta, y en particular en unos océanos más cálidos como consecuencia del calentamiento global. Esto, como comenta Juan Diego Giraldo, director de la Maestría en Hidrosistemas de la Universidad Javeriana, ha hecho que se tengan que ajustar los modelos para predecir este tipo de fenómenos.
“Aún no hay respuestas muy claras de la relación entre El Niño y el cambio climático, pero el mundo de los modelos está ajustando los índices de cómo medirlo justamente por tendencias crecientes de las temperaturas del océano, que es de donde se saca esta información”, afirma Giraldo.
Por su parte, Felipe Costa do Carmo, director del Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN) señala que también existe la relación inversa pues “los eventos El Niño están relacionados con un aumento de temperatura global debido a la gran concentración de calor que se da en el océano Pacifico y que es liberado hacia la atmósfera. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la temperatura del aire depende de muchos factores”.
Ante el anuncio, la directora del Ideam aclaró que, para que el país declare el fenómeno, se tienen que presentar cinco meses de este tipo de anomalías en las temperaturas oceánicas para hacerlo oficial.
“Estamos ante una alerta temprana para que el país se prepare no solo para el tema de abastecimiento de agua, sino para nuestra matriz energética que depende del estado de los ríos”, agrega Giraldo, de la U. Javeriana.
¿Cuáles son las áreas más vulnerables?
A pesar de ser uno de los países con mayor riqueza hídrica del planeta, Colombia ha vivido en su historia reciente los efectos devastadores de sequías prolongadas relacionadas con El Niño. Para dar solo unos ejemplos en 2015 provocó incendios forestales significativos en la Amazonía. Y, aunque fue técnicamente un El Niño débil, a finales de 2023 marcó una época de sequía que llevó a Bogotá al racionamiento.
Los datos del más reciente Estudio Nacional del Agua (ENA) apuntan a que en Colombia los departamentos y regiones más afectadas por desabastecimiento hídrico por los periodos de sequía en Colombia han sido históricamente Bolívar, Córdoba, La Guajira y Sucre, aunque en esta lista, con menor intensidad, también se encuentran Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y, entre otros, Tolima. Las zonas hidrográficas donde se identificó, según se lee en el informe, el mayor número de eventos de sequía corresponden a la zona de Orinoco-Directos, Tomo, Meta, Vichada, Guaviare, Sinú y Caribe-La Guajira.
“En el último estudio eran casi 300 municipios en riesgo de desabastecimiento en época seca, pero eso puede variar en esta información que actualicé, y pero ya estamos preparando una actualización es probable que aumente ese número de municipios en el país”, indica Echeverri.
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“El riesgo no es solo el tema de abastecimiento, sino que, con los posibles incendios, llegará una contaminación adicional que afectará la calidad del aire en la ciudad”, agrega Giraldo, de la Javeriana.
Frente a los impactos en los ecosistemas, investigadores de la Universidad del Rosario publicaron a mediados de abril un estudio publicado en la revista Journal of Biogeography en el que concluyen, tras analizar más de 60 años de información climática, que varias regiones boscosas de Colombia se encuentran entre las más expuestas a estos fenómenos en América Central y del Sur.
Como comenta Benjamin Quesada, autor del estudio y director del pregrado de Ciencias del Sistema Tierra de la Universidad del Rosario, este estudio busca cerrar “una brecha para entender las presiones que se están ejerciendo en varios ecosistemas con relación a la variabilidad climática junto con la deforestación y los incendios forestales”.
La conclusión principal es que Colombia aloja cinco de los siete ecosistemas boscosos más afectados por estas tres variables en el continente. “En particular, tenemos la Sierra Nevada de Santa Marta, un macizo aislado en el Caribe, que mostró índices de exposición térmica comparables a los que se registran en la crisis amazónica”, asevera el investigador.
Los científicos indican que los datos piden poner más atención también a los bosques húmedos del Catatumbo, los de la Cordillera Oriental y, entre otros, a los del valle del Magdalena. “En total, se tratan de siete ecorregiones con un territorio comparable a Japón o Noruega”, agrega Quesada.
Con este contexto, las autoridades están revisando las medidas para disminuir la vulnerabilidad en el territorio, en particular frente a los mecanismos para aplicar en las hidroeléctricas en el país con las experiencias de años pasados.
“Muchas de nuestras cuencas están altamente intervenidas porque concentran poblaciones muy grandes. Ahí es donde entra el trabajo de concienciar a la gente sobre el ahorro de agua y el cuidado personal, además de involucrar a diversos actores para lograr cuidados mínimos y en un estado básico de salud de nuestras cuencas y ríos, para no deteriorarlos más”, indica Giraldo, de la Javeriana. “De lo contrario, frente a eventos como los que se vienen, nuestros ríos no responderán de la misma manera”.
Costa do Carmo, del CIIFEN concluye que “aún existen muchas áreas por mejorar, como por ejemplo la preparación contra eventos extremos de los grupos más vulnerables”.
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