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La novela del caimán llanero, parte 2: Y ahora, ¿qué hacemos con estos huevos de cocodrilo?

En la discusión sobre los cocodrilos que están en Villavicencio hay un asunto de fondo que, creen especialistas, hay que poner sobre la mesa: ¿Por qué no se libera más pronto a los animales y se frena la “producción de huevos”?

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Sergio Silva Numa
07 de junio de 2026 - 06:13 p. m.
Imagen de un ejemplar del cocodrilo del Orinoco, en Unillanos (Villavicencio).
Imagen de un ejemplar del cocodrilo del Orinoco, en Unillanos (Villavicencio).
Foto: Sergio Silva Numa
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*Nota editorial: Esta es la segunda entrega de un reportaje sobre “Crocodylus intermedius”. Antes de leerla, le sugerimos ver la primera parte: “Algo no encaja en esta historia de cocodrilos”.

Las instalaciones de la Estación de Biología Tropical Roberto Franco parecen detenidas en el tiempo. Régulo Súa, su funcionario más antiguo, no ha visto cambios significativos en la infraestructura en los 40 años que lleva trabajando allí. Salvo la construcción de los estanques para mantener a los cocodrilos y la adaptación de unas habitaciones en las que otros años se alojaban estudiantes, no recuerda grandes transformaciones. Los procesos, claro, sí han cambiado: él pasó de porcionar la comida con hacha y machete, tras recogerla en el mercado, y usar rodilleras de deportista como protección, a recibir porciones precisas de cachama y tener mejores equipos. “Solo hasta 2004 vinimos a conocer la seguridad industrial”, cuenta entre risas.

—Pero físicamente la estación sigue idéntica a como estaba cuando yo entré en 2011 —rememora Germán Preciado, el veterinario de planta de la Estación—. Solo ha cambiado una cosa: la cantidad de cocodrilos.

Cuando Federico Medem, originario de Letonia, se puso al frente de la Estación en 1966, uno de los planes que se trazó fue sacar de apuros al cocodrilo del Orinoco. Algunos trabajos indican que la caza de esta especie, entre 1930 y 1960 la llevó al borde de la extinción: en ese lapso se comercializaron más de 250.000 pieles. Cuando Medem hizo el primer censo nacional, entre 1974 y 1975, detalló que la situación no pintaba nada bien: solo quedaban 780 ejemplares de Crocodylus intermedius una de las trece especies de cocodrilos y que solo está en Colombia y Venezuela.

Pese a que se había prohibido su caza y la recolección de sus huevos, el segundo censo del orden Crocodylia, entre 1994 y 1997, mostró que la población continuaba reduciéndose. La última edición del Libro Rojo de Reptiles de Colombia (2015) señaló que había menos de 250 individuos maduros en el medio natural (claro: esa cifra no contempla las liberaciones que se han hecho desde entonces).

Hoy nadie niega que la Estación Roberto Franco ha sido clave en evitar que esa especie se extinga en el país. Aunque Medem apenas empezó con dos parejas de reptiles en la década de 1970 (Polo y Dabeiba, y Custodio y Lizeth) que permitieron la primera anidación en 1986 y la primera cría en 1991, su descendencia —y la de otros F0, como se conoce a los ejemplares que provienen de la vida silvestre— se ha expandido: en 1999, menciona Cormacarena en un documento, había 60 individuos nacidos en la estación (de un total de 89).

En 2004 la población en cautiverio llegó a 117 cocodrilos (algunos repartidos en otros lugares como el Parque Wisirare, en Casanare, o Piscilago, en Cundinamarca). En 2007 creció a 220, y en el año 2012 solo la Estación Roberto Franco custodiaba 300 ejemplares. De ellos, indica Cormacarena, 200 ya tenían el tamaño apropiado para ser reintroducidos al medio natural. Un documento de 2021, escrito por el exdirector de la estación Mario Vargas junto con otras colegas, mencionaba que en octubre de ese año había 423 ejemplares. En noviembre, escribieron en otro, había 361.

Pero en medio del éxito había un problema: las liberaciones no marchaban a la misma velocidad que las eclosiones de los huevos.

—Ahora todos hablan de hacinamiento, pero ¡usted viera a principios de los 2000! Eso nacían y nacían y nacían y nosotros sin tanques dónde meterlos —dice Régulo Súa—. También reconoce que hubo años en los que los cocodrilos duraron tres o cuatro meses sin comida.

La tabla en excel que guarda el veterinario Germán Preciado en su oficina muestra que, mientras la población ex situ crecía, entre 2015 y 2024 se liberaron apenas 48 cocodrilos de la Estación Roberto Franco, distribuidos así: 19 en 2015, 4 en 2018, 14 en 2023 y 11 en 2024.

De hecho, Julia Miranda, la directora de Parques Nacional Naturales entre 2004 y 2020 y hoy congresista, tiene presente que, al menos durante esos 16 años, la entidad no tuvo una estrecha relación con la Estación.

—En la Roberto Franco no mostraron voluntad de trabajo conjunto. Más bien, intransigencia. Quienes estuvieron en esos años en la decanatura de Ciencias y en la rectoría parecían no mostrar interés en liberar caimanes llaneros —señala.

Otra historia muy diferente vivió con la Fundación Palmarito, a cargo del Bioparque Wisirare, que había recibido ejemplares. Su director, Alejandro Olaya, sostiene que, entre 2015 y 2026, han liberado 287 individuos y ya hay otros 85 con talla de liberación.

Conscientes de que ese era uno de los mayores desafíos, en la reunión que hubo el 31 de julio de 2025 varios de los actores que tenían que ver con la situación del Crocodylus intermedius, entre ellos la U. Nacional, el Minambiente y Cormacarena, llegaron a un acuerdo: a más tardar, el 25 de diciembre liberarían 35 ejemplares de cocodrilo en el Parque Nacional El Tuparro, en la Orinoquía. Si se “presentaban razones climáticas, logísticas y sociales”, el límite para hacerlo sería marzo de 2026.

En ese encuentro, la Unal también le había dejado claro tanto al Ministerio de Ambiente como a Cormacarena y a Unillanos, que no contaba con recursos disponibles para seguir alimentando a los grupos de Merecure ni de Unillanos, como lo había hecho desde 2020 y desde 2017, respectivamente.

Hoy Natalia Ramírez, la directora de Bosques, Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos del Ministerio de Ambiente, reconoce que han tenido dificultades para cumplir con ese compromiso que pactaron hace un año y en el que dice que deben tomarse decisiones de forma conjunta con Cormacarena y la Unal, pero certifica que la primera liberación no pasará del próximo julio.

Se hará en los cinco puntos que definió Cormacarena (Guarrojo, Planas, Manacacías I, Manacacías II y la laguna Las Tolitas), pero aún no se conocen más detalles sobre su costo y quién pondrá la plata. En uno de los últimos pisos de esa entidad, Franklin Lozano, el líder del grupo Ciencia Tecnología y Innovación Ambiental, señala que entre 2013 y 2020 desde allí se han desembolsado COP 933 millones para apoyar las liberaciones de la Estación.

Andrés Felipe Aponte, el director de la Estación, aún no sabe con certeza cuáles ejemplares serán los elegidos ni cuántos se liberarán, pero todo parece indicar que serán los del grupo que están en el estanque 41. Allí, desde 2024, recuerda el veterinario Germán Preciado, hay 33 ejemplares (antes había 36, pero murieron tres) que habían sido seleccionados para ser trasladados a la vida silvestre, pero el proceso no ha prosperado.

El profesor y exdirector de la Estación, Carlos Moreno, quien fue el que los seleccionó de acuerdo con sus condiciones genéticas, culpa a la decana Gabriela Delgado de haber frenado el proceso y ella, como defensa, muestra una carta de Germán Forero-Medina, el director de Ciencia y Conservación de Wildlife Conservation Society (WCS), una conocida organización ambiental que ha apoyado a la Estación en liberaciones previas.

“Las liberaciones previstas para noviembre 2024 no se llevaron a cabo debido a limitaciones logísticas asociadas a la ausencia de apoyo aéreo por parte de la Fuerza Aérea Colombiana”, le escribió Forero-Medina, al tiempo que reiteró que no se habían concretado liberaciones posteriores ni existía, para aquella fecha (31 de marzo del 2026), un proyecto formulado, financiado o estructurado en el que estuviera participando WCS.

Si la promesa que hizo el Miambiente se concreta el próximo mes, quienes han participado de estos esfuerzos —que requieren desplazamientos a áreas protegidas en las que, a veces, solo se llega por agua o aire— solo tienen una petición: que se lleven a cabo con toda la rigurosidad del caso y no solo por apagar el incendio de estas semanas.

Rafael Moreno-Arias, del grupo de especialistas en cocodrilianos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y quien participó en liberaciones que lideró la Estación Roberto Franco hace una década, recuerda que no es buena idea tomar estas decisiones de afán.

—Hay que garantizar que los individuos tengan recursos para reproducirse y alimentarse y, primordialmente, hay que tener la certeza de que no habrá conflicto con los pobladores. Las relaciones entre cocodrilos y humanos se han perdido —argumenta Moreno, que dice que lo correcto es que un cocodrilo sea liberado cuando supere los dos metros, pues de lo contrario “es como meter biomasa al sistema: solo sirve para alimentar otros animales”.

En otras palabras, uno de los mayores temores en una liberación es que algún humano se encuentre con uno de estos depredadores que pueden llegar a ser tan largos como un microbús (siete metros). Es por ese motivo que, antes de trasladarlos a un área natural, los cocodrilos que son aptos genéticamente pasan a un estanque (el 41) con un muro que les impide ver personas. Poco a poco, cambian su dieta de cachamas picadas a presas vivas.

Hoy, si alguien se asoma unos minutos a “la isla”, como llaman informalmente al estanque 41 los trabajadores de la Estación, verá que varios de los 33 individuos que fueron elegidos para regresar a la vida silvestre aún se acercan a la reja esperando recibir alimento. Si eso ocurre en un río colombiano, cualquier persona podría huir despavorida o, en el peor de los casos, podría lastimar al animal.

¿Qué hacemos con estos huevos?

Una de las imágenes que ha circulado estas semanas es una infografía donde se lee que uno de los principales problemas de la “crisis” de la Estación Roberto Franco es que, en diciembre de 2025, se perdieron 1.200 huevos de Crocodylus intermedius por falta de mantenimiento a las incubadoras. Quienes la hicieron, aseguran que otros 1.200 están en riesgo de perderse este año.

Incubadora no es, propiamente, lo que ha habido en ese centro de reproducción del caimán llanero. El profesor Ricardo Murillo, veterinario de Unillanos, la describe con estas palabras: “fue, más bien, un cuarto de herramientas que adecuaron para que cumpliera esa función, pero una incubadora sistematizada, con todos los juguetes, no era. Yo, por ejemplo, sí tenía una digitalizada cuando trabajaba hace 25 años en un zoocriadero de babillas”.

Él ve en ese espacio, en el que no caben más de cinco o seis personas, una muestra de ingenio ante la estrechez de recursos. A otros, como la decana Gabriela Delgado, le molesta que algunos medios e influencers la presenten como “incubadora” sin conocer cómo era ni cómo operaba.

Hoy la “incubadora” está en obra gris, sin puerta y con pedazos de aislante térmico en las paredes. Tan solo queda, en el piso, la estufa y la olla en la que los trabajadores echaban agua para mantener la temperatura y humedad del lugar con el vapor que generaba. Un termostato les indicaba, recuerda el veterinario Germán Preciado, en qué momento debía dejar de hervir, pues si hay algo con lo que hay que tener especial cuidado para que eclosionen los huevos de un cocodrilo del Orinoco es con la temperatura.

Los registros de la Estación Roberto Franco muestran que, efectivamente, en 2025 sus funcionarios recogieron 1.274 huevos de los otros lugares, entre los que están Merecure y Unillanos. Pero, como replica Andrés Quirós, contratista de la Estación y licenciado en Producción Agropecuaria, una cosa es que haya huevos y otra muy diferente es que haya huevos fértiles. De esa cantidad, eclosionaron 35 y murieron 18. En 2024, de 293 que recogieron luego de la época de apareamiento, solo eclosionaron 16 y murieron 7.

En diciembre del 2025 y en enero de 2026, explica el director de la Estación, Andrés Felipe Aponte, también recogieron huevos al interior de la Roberto Franco: 180. Ninguno resultó viable.

Al hablar de huevos, a Moreno-Arias, del grupo de especialistas en cocodrilianos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), le parece que el debate de fondo es otro: “En mi opinión, la reproducción de huevos de la Estación Roberto Franco debió pararse hace mucho tiempo”.

Tanto él, como Aponte y el profesor Murillo, creen que no tiene mucho sentido seguir recogiendo huevos para incubarlos y que eclosionen cuando no hay espacio para más cocodrilos en la estrecha Estación Roberto Franco.

Aunque Mario Vargas, el director de la estación entre 2019 y 2023, critica que la “decisión de no incubar no haya sido científica y sino administrativa”, reconoce que “no hay que incubar si uno no puede realmente liberar, porque lo que uno hace es acumular cocodrilos. Federico Medem no tenía ese plan”.

—¡Es que el programa del Caimán Llanero no se creó para coleccionar caimanes! —reclama Gabriela Delgado, decana de Ciencias de la Universidad Nacional—. El objeto por el que se creó este programa era reintroducir caimanes a su hábitat natural.

En la evaluación que hizo de la situación en la Estación Roberto Franco, el Comité Permanente de Ética de la Facultad de Ciencias fue claro en su recomendación: “La actividad más necesaria y urgente es detener el aumento de la población al no recibir más huevos ni individuos (...) No se considera éticamente pertinente continuar con la reproducción de estos animales en cautiverio ni con la colecta de huevos provenientes de nidadas externas, mientras no se cuente con condiciones que garanticen de manera adecuada su bienestar, manejo responsable y un horizonte claro de conservación”.

Esa tarea se la encomendaron al biólogo Andrés Felipe Aponte, que hace unos tres meses asumió como director. Pero, se ha llevado una que otra sorpresa.

*Lea este lunes 8 de junio “La novela del caimán llanero, parte 3: La casa de los cocodrilos no es que esté muy ordenada

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Sergio Silva Numa

Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar.@SergioSilva03ssilva@elespectador.com
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