…que no son elecciones, ni desorden público, ni mundial de futbol, se resumen en clima, salud y alimentación. En el primero, principalmente nos quejamos: ¡Qué calor tan bravo! O, si la nube negra amenaza, ¡van a llover maridos! Con el solazo sin nubes que lo oculten durante el día, mañana o tarde —nunca se sabe—, los citadinos también lo agradecen: aprovechan el minuto que pueden para salir a darse un baño de sol. Rociarse con su vitamina D, de manera natural, ojalá con un poco de protector. Mejor prevenir que tener que lamentar. Comerse un helado para refrescarse. Conversar en un día iluminado por el astro rey, en camiseta y con el pelo recogido.
Momentos de esparcimiento… ¡qué día tan lindo! suelen decir cuando están bajo la sombra. Y si llueve, que los trancones, que calles inundadas, que las goteras, que no es posible conseguir un taxi… mejor quedarse resguardado si se tiene la posibilidad de esperar a que escampe, para reflexionar, o hacer tiempito. Nada más lindo que un día gris, cuando la niebla con sus trazos atraviesa las montañas, cuando por las ventanas no se ve a dos metros de distancia y uno se siente entre las nubes. Y confieso, ese sentimiento no tiene que ver con mi apellido, pero lo llevo con orgullo.
Mientras el campesino sufre con sus eras secas, ruega por una gota de lluvia que al menos moje la tierra y ojalá, perfore la superficie hasta llegar a las raíces de sus futuras cosechas, surgen todo tipo de propuestas. Se invoca a San Isidro Labrador, el agricultor, y son muchas las oraciones que se rezan para que llueva.
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Los indígenas bailan para que llueva. Los científicos proponen bombardear nubes, para que llueva. Esta técnica, que se ha utilizado en el mundo desde mediados del siglo XX ante las largas temporadas de sequía, hace que llueva. Consiste en enfriar las nubes con anhídrido carbónico o hielo seco, o disparar moléculas de yoduro de plata sobre ellas. Al atravesarlas, dichas partículas se adhieren a las moléculas de agua acelerando la producción de lluvia. También llamada ‘siembra de nubes en el cielo’, un término más agrícola, aún la evidencia científica no es contundente y puede ser nociva si el manejo es inadecuado. Así, el sol es importante para los cultivos, y el agua —aun mejor el agua lluvia—, también lo es. Pero todo en exceso, como todo en la vida, perjudica. Independientemente del calentamiento global, que es una realidad sin discusión, el clima siempre será tema de conversación no importa con quién.
La salud, a medida que pasan los años, se vuelve un tema crónico, casi sin remedio. Compartimos los dolores, buscamos historias de dolores similares, luego el calvario de buscar al médico especializado, las citas que nos programan para dentro de varios meses, y los síntomas continúan; con el tiempo empeoran. Mejor ir a urgencias. Desde una simple gripa, que ya no son tan sencillas ni se curan en un segundo como nos lo pintan en las propagandas de televisión, hasta esos dolores raros que surgen de la noche a la mañana, sin previo aviso. Y es que dicen que, a cierta edad, si uno amanece y no le duele nada, es que está muerto.
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Así que no sobra quien recomienda la medicina perfecta. Encontramos en la naturaleza muchas opciones, interesantes, pero es necesario ir con cuidado. En el libro La terapéutica en el Nuevo Reino de Granada, el botánico e historiador Santiago Díaz Piedrahita (Q.E.P.D.) y el padre Luis Carlos Mantilla Ruíz, describen el recetario franciscano del siglo XVIII. Tengo marcados varios remedios como la raíz de la caña de Castilla ‘majada y hecha emplastro puesta encima’ para sacar espinas o estacas del cuerpo; o la bolsa de artemisa sobre el corazón que da ‘vigor y osadía’, o el zumo de las hojas de mostaza puesto en las narices que hace estornudar y quita el dolor de cabeza. O para ¡quitar las canas! Las hojas de culantrillo de pozo —un pequeño helecho que seguramente tenemos en casa— cuando se muelen y se pone ese ungüento en la cabeza, ‘ayudan a crecer el pelo y lo hacen negro, aunque esté blanco de canas’.
Para mejorar el bienestar, también hay recomendación de alimentación más saludable, hoy que nos estamos volviendo más naturalistas. Ahí sí que encontramos propuestas con base en lo que nos da la huerta. No hay como una ensalada con lechugas recién cosechadas del jardín o un jugo de frutas del árbol frente a casa. Pero ese será motivo de otra columna y otra conversación.
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