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Regresaron al bosque a monitorear al imponente águila crestada, pero encontraron un potrero

Cuando el biólogo Mateo Giraldo Amaya regresó a las montañas de la zona rural de Segovia, Antioquia, para continuar con el monitoreo de las águilas crestadas, un depredador clave para esos ecosistemas, se llevó una sorpresa: talaron parte del bosque que han intentado conservar en los últimos años.

Andrés Mauricio Díaz Páez

21 de mayo de 2026 - 07:00 p. m.
En esta región, la deforestación es impulsada por la ganadería extensiva, los monocultivos y la expansión de la frontera agrícola.
Foto: Cortesía Mateo Giraldo-Amaya
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Las primeras veces que Mateo Giraldo Amaya entró a la zona rural de Segovia, Antioquia, en busca de nidos de águilas crestadas (de los géneros Spizaetus y Harpia), tenía que caminar por el bosque para llegar a los árboles que elegían estas aves para poner sus huevos. En 2023, el camino era de puro bosque, con senderos empantanados en los que a veces solo era posible pasar a lomo de mula.

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Hace un par de semanas, en una nueva visita a inicios de mayo, se encontró con un panorama muy diferente. “Entramos por una carretera hasta un punto muy cerca del nido y ya casi no había bosque”, dice Giraldo. El lugar en el que se conectan el nordeste antioqueño y el Magdalena Medio los recibió con zonas de bosque quemadas, troncos por el piso y una gran preocupación: que uno de esos árboles talados albergara el nido de una de las águilas que han ido a visitar en los últimos años.

Giraldo es biólogo y fundador del proyecto Grandes Rapaces, una iniciativa para monitorear y conservar a los grandes depredadores del aire en los bosques de Colombia. Su trabajo, después de encontrar nidos de águila crestada, ha sido verificar si hay huevos, alguna cría o si los nidos están inactivos. Junto a sus colegas han trepado árboles que superan los 30 metros de altura para instalar cámaras trampa, en las que meses después pueden ver la actividad de los animales.

En la región, que es parte de la Zona de Reserva Forestal del río Magdalena, convergen la ganadería extensiva, los monocultivos y la expansión de la frontera agrícola como motores de la deforestación, de acuerdo con la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre (WCS Colombia). Esto amenaza un importante corredor de biodiversidad dentro del que se encuentran monos araña, el primate más amenazado del país; jaguares, el felino más grande del continente; y las águilas crestadas, un grupo de depredadores clave para el equilibrio de los ecosistemas.

Conservar a los grandes depredadores del aire

En el vídeo se aprecia a un individuo de Spizaetus ornatus junto a su cría en uno de los nidos del nordeste antioqueño. / Cortesía Mateo Giraldo-Amaya

Buscar águilas crestadas (Spizaetus ornatus, S. tyrannus, S. melanoleucus y Harpia harpyja), especies con las que trabaja el proyecto Grandes Rapaces en el nordeste antioqueño, no es una tarea fácil. “No son aves como los gavilanes de ciudad, que se pueden adaptar a la presencia de las personas”, explica Giraldo.

Las águilas son conocidas por los científicos como depredadores tope, pues se encuentran en la cima de la cadena alimenticia, al igual que los jaguares. Se alimentan de mamíferos, como monos o perezosos; aves grandes, como tucanes y pavas, y reptiles, como iguanas. Aunque solo el águila harpía está catalogada como “vulnerable”, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), las cuatro especies tienen poblaciones en disminución, principalmente por la pérdida de hábitat.

Luis Miguel Renjifo, PhD en biología y profesor titular del Departamento de Ecología y Territorio de la Universidad Javeriana, ha liderado desde hace más de 30 años las investigaciones detrás de los libros rojos de aves en Colombia, que analizan las amenazas para la conservación de diferentes especies. Todas las grandes rapaces, explica, “tienen varias necesidades: la primera es que tengan un hábitat muy extenso, porque, como son depredadores grandes, necesitan áreas grandes. Pero no solamente se trata de que tengan una gran extensión de bosque, sino también fauna en buen estado o abundante, porque se alimentan de presas grandes”.

Individuo de "Spizaetus ornatus" captado durante una jornada de monitoreo.
Foto: Cortesía Mateo Giraldo-Amaya

Cuando se pierde parte del bosque en el que habitan, también se pierde parte de la biodiversidad que necesitan para sobrevivir. A pesar de que la zona en la que el proyecto Grandes Rapaces hace monitoreo pertenece a una zona de reserva forestal, es difícil controlar lo que ocurre en algunas partes del territorio.

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“Uno va viendo poco a poco cómo se expanden esas fincas para ganadería o para extraer madera, que es un negocio muy usual en la región”, apunta Giraldo.

A esto se debe agregar que hay pocas alternativas para las familias que viven allí, pues, añade el biólogo, “son tierras muy abandonadas por el Estado”, en donde es difícil encontrar actividades económicas que no estén vinculadas al uso de la tierra.

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Al ser animales muy sensibles a los cambios en los ecosistemas y a la presencia humana, con la deforestación empiezan a aparecer otros problemas. “Al perder la disponibilidad de presas en tierra, empiezan a cazar más aves, como pavas o tucanes. Pero cuando la afectación al ecosistema hace que estas tampoco estén presentes, es posible que empiecen a cazar animales domésticos, como gallinas”, señala Renjifo.

Desde el proyecto Grandes Rapaces explican que este es un comportamiento que ocurre principalmente en individuos juveniles. Al no tener disponibilidad de presas mientras aprenden a cazar, ven en las gallinas una presa fácil”. El problema, entonces, no es solo la deforestación, sino las repercusiones que toman las familias campesinas al ver amenazada una de sus fuentes de ingresos y alimentación.

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“Lo que hacemos nosotros es tener diálogos con los dueños de los predios para mostrarles la importancia de conservar estas aves, para evitar que talen la zona en la que se encuentra el nido”, cuenta Giraldo.

El águila arpía ("Harpia harpyja") es una de las más grandes de los bosques de Colombia.
Foto: Cortesía Mateo Giraldo-Amaya

A pesar de lograr acuerdos en algunos casos, terminan conservándose “pequeñas islas de bosque” desconectadas entre sí, haciendo que las águilas atraviesen potreros deforestados para ir de un lado a otro, exponiéndolas a los riesgos del contacto con las personas.

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En sitios altamente transformados, dice Renjifo, “la probabilidad de que una especie de este género sobreviva es mínima. Pero en sitios intervenidos que todavía tienen selva, es posible tomar medidas”.

Por ejemplo, se podría controlar la cacería de especies que sirven como alimento a las águilas y conservar el bosque que aún está en pie. En esto “es fundamental el rol de las diferentes corporaciones autónomas regionales que convergen en el Magdalena Medio, que son las encargadas de tomar medidas frente a la deforestación”, agrega el profesor de la U. Javeriana.

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Cuando los científicos del proyecto Grandes Rapaces preguntan por el águila crestada en el nordeste antioqueño, muchas veces la recuerdan por algún conflicto que resultó en la caza de un individuo para evitar perder gallinas. El objetivo es transformar esa percepción de estos grandes depredadores, concluye Giraldo, “para investigarlas y conservarlas, porque muchas veces tenemos tan poca información que podríamos estar perdiéndolas a nivel local sin darnos cuenta”.

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Por Andrés Mauricio Díaz Páez

Periodista y politólogo enfocado en temas ambientales, transición energética y educación.diazporlanocheamdiaz@elespectador.com
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