¿Cómo pasó un concepto filosófico que hablaba del amor como parte de la aspiración humana a convertirse en una etiqueta que usamos, a veces, con tanta ligereza?
Bueno, es casi imposible que alguno de nosotros recuerde exactamente cómo o por qué, o incluso en dónde, aprendió que un amor platónico se refiere a una relación imposible, lejana, sin sexo y sin contacto físico. Lo convertimos en un sinónimo de “inalcanzable”, pero realmente nunca se trató de eso.
Aclaremos algunas cosas juntos.
Primero: ¿qué es lo realmente significa?
Si bien la explicación aparece en boca de Sócrates, la idea la escribe Platón, su discípulo; recordemos que Sócrates no dejó nada por escrito y lo que sabemos de él proviene de quienes recogieron su pensamiento para plasmarlo.
Ahora sí. Comencemos aclarando lo que, definitivamente, no es el amor platónico: una relación imposible o no correspondida, un escenario ficticio que vive en nuestra mente y sale a relucir en esos sueños que nos persiguen de vez en cuando. Un flechazo mal dado.
Este concepto proviene de las reflexiones sobre el amor que aparecen en El Banquete, el libro de Platón. Allí, según el texto, varios de los grandes pensadores —entre ellos Aristófanes y Agatón, y por supuesto, Sócrates— ofrecen distintas perspectivas sobre el amor, su función y su sentido.
El amor que nos explica Platón no se plantea como negación del deseo, sino como un proceso que debemos atravesar para conocer lo que realmente significa amar. En ningún momento la atracción física es eliminada o condenada. De hecho, ese suele ser el punto de partida para lo que ocurre después.
El deseo no es incompatible con el amor. Lo importante es cómo puede transformarse o motivarnos para encontrar la admiración, el carácter, el aprecio por la inteligencia. Es el empujón hacia una búsqueda más amplia de conocimiento, belleza y verdad. Porque amar, al menos en el sentido platónico, no es simplemente querer poseer a alguien, sino dejarse conducir por ese impulso para crecer.
El amor, una especie de “ascenso”
El deseo, inevitablemente, comienza por y con un cuerpo. La diferencia con el amor, aunque se complementen, es que este va más allá de la satisfacción inmediata. Lo que sentimos puede ampliarse hacia algo que trasciende lo individual si decidimos no quedarnos únicamente en el placer.
Con el paso del tiempo, esa concepción filosófica se redujo. En muchas culturas, el adjetivo “platónico” empezó a asociarse sobre todo con la imposibilidad: con el amor que no se confiesa, con el que no es correspondido o con el que, por alguna razón, no puede convertirse en relación. Ay, los amores contrariados.
Fue por eso que también apareció la idea de que una relación platónica es aquella que excluye el sexo, como si lo central fuera la abstinencia y no pudiéramos alcanzar ningún otro nivel de profundidad a través de él.
Ahora, aunque no podemos ubicar la fecha exacta, tratemos de entender ese pequeño malentendido.
Parte de la explicación está en la forma en que las ideas filosóficas se simplifican cuando entran en lenguaje común. Pero no porque la filosofía deba pertenecer a ciertos espacios o a unos cuantos lectores, sino porque las ideas nacen en un contexto específico y, con el paso del tiempo, cambian los marcos culturales, las sensibilidades y las preguntas que nos hacemos.
Ocurre con casi todo: los conceptos complejos se adaptan al día a día y pierden matices que alimentan su discusión y, sobre todo, que alteran su significado. Además, la cultura romántica actual ha reforzado la noción de amor como búsqueda de lo que nos falta —que nos perdone Aristófanes por haber deconstruido su idea de la “media naranja”—, o como una experiencia marcada por la frustración y el anhelo imposible e infinito.
Eso de “platónico” encajó fácilmente como etiqueta, pero entendemos que necesitábamos nombrarlo.
Entonces, si se vuelve al origen, no hablamos desde la renuncia sino desde la aspiración. Una belleza, ¿no?
Si el amor pretende cultivar una versión más plena de uno mismo, esa diferencia nos cambia casi todo y lo convierte en una reflexión sobre cómo y por qué amamos.
Quizá por eso vale la pena acercarnos a su estado más puro, a la posibilidad de que el deseo no se agote, sino que se convierta en motor de crecimiento intelectual y ético. Quizá nos hemos equivocado. Porque Platón (o bueno, Sócrates) no hablaba de amores imposibles, sino de amores que hacen posible lo que nos parece inalcanzable.
¿Cree usted que existe una diferencia entre robar la atención de alguien y robarle el corazón? Lo leemos en los comentarios.
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