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Caminar por las calles de Nueva York y tropezarse, sin querer, con un hombre encorbatado de mirada “hipnotizante”, mientras la cartera —que lleva condones lubricantes y maquillaje— sale volando, es aparentemente la escena más romántica que jamás pudo imaginarse Carrie Bradshaw, la protagonista de Sex and the city.
¿Quién iba a pensar que ese encuentro fortuito se convertiría en un bucle doloroso de más de una década? Que nuestra famosa columnista de amor del The New York Star empezaría, poco a poco, a depositar todos sus esfuerzos en algo mucho más simple y mucho más devastador: que ese desconocido misterioso la escogiera.
Mr. Big, cuyo nombre real supimos hasta el último episodio, “John”-, era un hombre que huía del compromiso. Punto. Basta con ver los videos que aún circulan en internet con títulos como “Top 10 momentos en los que Carrie debió dejar a Mr. Big”, teniendo en cuenta uno de los más icónicos fue dejarla plantada el día de su boda, por decir lo menos.
En medio del deseo por crear un “nosotros”, Carrie también fue su amante, aunque no fue esa la única vez que la llevó a su punto más vulnerable. Un hombre desligado del amor que, aunque sabía que la quería, no la quería bien. El clásico: no me suelta, pero tampoco me deja ir.
Los que conocen Sex and the City suelen dividirse entre quienes la entienden y quienes la juzgan. Para algunos, Carrie parecía más una obsesionada, una pick me, que una enamorada. ¿Y qué pasa en el mundo real? ¿Qué sucede allá afuera, en donde hay miles de Carries —no solo mujeres— atrapadas en espirales similares?
Incluso detrás de las historias fallidas hay ilusión, expectativa y una narrativa que no se alimenta sola. Porque a veces no se trata de amar a alguien, sino de necesitar que nos elija. Bradshaw y Mr. Big son tan solo nuestra excusa para hablar de esto hoy.
“Carrie: ¿por qué no te fuiste antes?"
Uno de los conceptos que nos ayuda a entender este fenómeno es el refuerzo intermitente. Diana Marcela Ducuara, psicóloga, explica que la atención discontinua es uno de los patrones más adictivos emocionalmente. Cuando el “cariño” aparece y desaparece, el cerebro se queda esperando. Y esa espera genera más “enganche”.
“Esto pasa muchísimo y no tiene que ver con una intención de sufrimiento de la persona. Hay dos factores que podrían influir: el primero está relacionado con el aprendizaje previo de los vínculos y el segundo con temas de autoestima y seguridad”, explica.
Entonces no es “drama”, sino un sistema emocional activado que aprendió a sobrevivir en esas situaciones.
Cuando alguien siente que el vínculo está en riesgo, su sistema nervioso entra en modo amenaza, de alerta. “En ese estado, la capacidad de autorregularse baja muchísimo”, dice. Y es por eso surgen conductas impulsivas: llamar muchas veces, insistir en conversaciones aparentemente urgentes, revisar redes sociales, bloquear (y desbloquear), buscar validación constante, suplicar (o hasta pensar en abandonar su país por ir tras los sueños de otra persona).
“En terapia muchas personas lo describen con una frase y es ‘sé que estoy actuando mal, pero siento que no puedo controlarlo’”, explica.
Las señales tempranas de estar bajo el efecto de Mr. Big
“Cuando él hace una cosa bien, se me olvida todo lo demás”. Tranquilo, tranquila: no ha sido solamente usted. En los vínculos inestables, los gestos mínimos se agrandan. Es como si infláramos un globo que en 20 minutos, a causa de tanta presión, igual va a estallar.
Uno de los indicios es la esperanza desbordada y las heridas emocionales que la adrenalina nos ayuda a conservar y confundir con amor: “cuando la relación se vuelve más confusa que tranquila, cuando hay más ansiedad que paz, cuando la vida empieza a girar alrededor de lo que el otro hace o deja de hacer”.
Pero estas relaciones no solo afectan el corazón. También se trasladan sus efectos secundarios al cuerpo, la autoestima y la identidad. “La incertidumbre afectiva constante desregula el sistema nervioso: aparece ansiedad, insomnio, cambios de apetito, rumiación mental, cansancio. Pero ocurre algo más doloroso: la persona empieza a ponerse al servicio del vínculo. Se abandona a sí misma”, asevera Ducuara.
Por eso no es para nada un capricho el estado en el que Carrie entra -cada vez más a fondo y sin rescate-, cuando Mr. Big aparece y desaparece, o incluso cuando ella misma decide dejarlo.
No hay ganas de comer bien y menos de dormir. La rutina se abandona porque parece que consume. La solución es aislarse, dejar hobbies y amistades (o hablar sobre aquel Mr. Big hasta que alguna, como Miranda, Charlotte o Samantha le diga que se está perdiendo a sí misma en el intento).
“¿Me va a escribir?, ¿me quiere?, ¿por qué se alejó?, ¿qué hice mal?“, son pensamientos difíciles de opacar en medio de relaciones intermitentes.
Por eso, si después de varios días de distancia, llega un mensaje, una llamada o una muestra de cariño, “el cuerpo lo vive como un alivio enorme”. Y ahí el ciclo se refuerza. En consulta, explica la profesional, es común ver personas que pasan días con ansiedad intensa y que, con una sola señal del otro, vuelven a ilusionarse, aunque racionalmente sepan que es una relación inestable.
“Me siento irreconocible en esa relación” es una de las frases que, asegura, pueden describir este círculo vicioso.
Hay algo que no podemos perder de vista: estas relaciones no son solo entretenimiento. Son, muchas veces, una radiografía de dinámicas que a nadie le resultan extrañas en la vida real. Podemos juzgar a alguno de estos dos personajes y haber ocupado su lugar antes (o estarlo haciendo ahora).
Al final, Carrie sí se quedó con Mr. Big. Después de años poniendo su energía y su disposición. Después de haber sido “la otra”. Después de perdonar que él tuviera otras también. Después de un altar vacío y de golpearlo con el ramo de flores. Después de perder tiempo —y partes de sí misma— esperando que él le diera un poco de lo suyo.
Carrie se casó, sí. Pero no con el vestido que soñaba, no con sus amigos alrededor, no con una gran fiesta. Se casó en una ceremonia pequeña, casi improvisada, con la misma ligereza de un vínculo que por momentos la llevó al borde de la locura. ¿Cuánto de ella quedó en el camino?
“Porque cuando tu atención está puesta en ‘que el otro no se vaya’, tu mundo interno se reduce”, comparte la psicóloga.
Nota: que en And Just Like That Carrie llegara a preguntarse si Mr. Big había sido una mala decisión (¿hasta ahora?) es otra conversación que tenemos pendiente.
¿De qué otra serie, personaje o relación le gustaría que habláramos en esta sección? Lo leo en los comentarios.
Recuerde que puede leer otros artículos sobre Amor aquí, en El Espectador.
