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¿Es normal que me caiga mal mi pareja?

Desde la psicología, esto no se entiende como una falla, sino como parte del proceso en una relación.

Redacción Bienestar

18 de enero de 2026 - 10:16 a. m.
¿Es normal que me caiga mal mi pareja?
Foto: Ayo Ogunseinde en Unsplash - Ayo Ogunseinde en Unsplash
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¿Por qué la persona que usted más quiere a veces es la misma que logra sacarlo de quicio? ¿Es normal que ciertas actitudes de la pareja produzcan una reacción tan fuerte, mucho más intensa que con cualquier otra persona?

Sentirse mal por necesitar distancia de la pareja en momentos como esos es más común de lo que parece. Pero, lejos de la culpa, esto tiene una explicación y no necesariamente habla de falta de amor.

La psicóloga clínica Valentina Ospina (@una.aletafeliz) explica que, desde el conductismo, el inicio de una relación funciona, en buena parte, gracias a los refuerzos positivos. Es decir que en la etapa de enamoramiento hay dopamina casi todo el tiempo: todo nos gusta más, todo nos parece mejor, todo se siente mucho intenso. Por eso, casi no hay roces. Las cosas que más adelante pueden molestar —hábitos, manías, formas de hacer, de decir o de ser— en ese momento pasan sin problema o incluso se ven como algo tierno.

Pero, después de un tiempo juntos, el efecto ya no es el mismo. El cuerpo ya no responde con la misma descarga química y empieza a registrar lo que antes quedaba tapado por el enamoramiento: “De pronto ya no me parece tan hermoso que se lave los dientes tan duro, por ejemplo. Esas cosas tan sencillas que antes nos parecían perfectas, ahora nos empieza a parecer terribles”, explica. Es la percepción que se transforma.

A esto debemos sumarle la convivencia. Compartir los mismos espacios, las mismas rutinas o las mismas conversaciones genera saturación. Eso es normal. Hay momentos en los que una persona se cansa de estar siempre con el otro, pero solo logra identificarlo cuando esa sensación ya aparece traducida en fastidio: “me cae mal”, “no me lo/la aguanto”, “no quiero verlo/verla”.

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Según Ospina, parte del problema es que no solemos entender la individualidad como algo innegociable dentro de los vínculos. Entramos a las relaciones con la idea de que la pareja debe ser esa media naranja y compañía el 100% del tiempo: “Pero hay que entender que no significa que esa otra persona sea enteramente todo lo que yo necesito para mi vida. Eso va a desgastarnos y en algún momento va a ser una idea muy difícil de sostener”. Oxigenarnos también aporta a la sana convivencia.

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Hablemos de individuación, expectativas y proyección emocional

Muchas relaciones se construyen sobre ideas poco realistas, como la idea de una pareja perfecta, siempre feliz y siempre disponible. Entonces, cuando eso no ocurre, la frustración se acumula.

Más que corregir al otro, lo que hace falta es recuperar lo propio. La psicóloga habla de la individuación como algo básico: dos personas que se acompañan, pero que no se absorben. Y si hay cosas que irritan, no todo tiene que convertirse en discusión; basta con tomar cierta distancia, salir a caminar o guardar silencio hasta sentirse seguros de que la comunicación será, en efecto, asertiva.

Otro elemento importante que debemos reconocer es la proyección emocional. A veces el enojo no tiene que ver solo con la conducta del otro, sino con lo que esa conducta puede despertar en nosotros. “Vamos a suponer que me molesta que coman con la boca abierta y resulta que mi pareja siempre lo ha hecho, pero yo hasta ahorita me estoy dando cuenta. No me cae mal él: me cae mal cuando lo hace y no soporto que esté cerca por mi reacción”, ejemplifica la psicóloga.

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Y explica que, curiosamente, “puede que yo también coma con la boca abierta o sorba muy fuerte cuando tomo algo, pero en lugar de verlo en mí, termino descargando ese enojo con él. Eso es una proyección”.

Amar no implica estar bien todo el tiempo. Como lo afirma Ospina, es completamente posible querer a alguien y, aun así, experimentar fastidio, rabia o molestia. Las emociones no son lineales y siempre se modifican gracias al tiempo y lo que está pasando alrededor. Es la cercanía la que intensifica todo: eso incluye lo bueno y lo incómodo.

Cuando lo entendemos, esta necesidad de distancia deja de leerse como una señal de que la relación está fallando, que existe algún problema grave o que nos “falta amor”. Pero si la situación parece salirse de las manos y es cada vez más frecuente, es preciso preguntarse si la etapa corresponde, más bien, a un desgaste definitivo.

Ahora bien, no se trata de romantizar el malestar o de justificar situaciones o reacciones que hacen daño, sino de asumir que el amor no borra la incomodidad y que aprender a convivir con esos momentos también forma parte de estar en pareja.

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Por Redacción Bienestar

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