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¿Se puede amar después de amar? Tal vez esa sea una de las preguntas más complejas que deja una ruptura, no solo por el dolor que implica, sino porque modifica la manera en que volvemos a mirar a los otros y también a nosotros mismos.
Durante un tiempo, todo parece arder. Hay que volver a aprender a convivir con la ausencia, con las calles que ya no se caminan igual, con las salidas que ya no se viven de la misma manera.
Se lucha contra todo: contra las canciones que recuerdan a esa persona, contra el contacto cero, contra las preguntas, los recuerdos, el llanto, los “hubiera”, las culpas, los vacíos. Algo se rompe y, con eso, también se mueve la idea que uno tenía del amor.
Pero un día entra la luz. La herida deja de ocuparlo todo. El dolor ya no organiza cada pensamiento, cada recuerdo, cada detalle. Y entonces aparece otra posibilidad: la de un amor menos ingenuo, pero más consciente; menos idealizado, pero quizá más verdadero, más propio.
Se pasa del Tuyo siempre, de Andrés Calamaro, a El amor después del amor, de Fito Páez.
Ahí está una de las razones por las que este álbum sigue resonando con tanta fuerza más de tres décadas después. Fito Páez, que hace pocos días -13 de marzo- cumplió 63 años, nombró como pocos esa experiencia de volver a sentir después de la herida, cuando el amor ya no es inocente, pero tampoco ha sido derrotado.
Publicado en 1992, el álbum no solo se convirtió en un hito cultural: también terminó siendo el disco más vendido de la historia del rock argentino.
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Un amor distinto
La lectura más simple del título diría que habla de un amor que viene después de otro. Pero la más profunda parece ir más allá. Ese “después” no nombra solo el paso del tiempo. También nombra una transformación.
En una entrevista publicada por Netflix sobre la serie El amor después del amor, Fito dijo que ese amor era “claramente” Cecilia Roth después de Fabiana Cantilo, y lo ligó a “la idea de la redención”.
La frase importa porque abre una puerta más grande que la anécdota: aunque en su experiencia haya estado asociada a una nueva relación, la idea también permite pensar algo más amplio. El amor después del amor no tiene por qué depender solamente de otra pareja. Puede aparecer también como una forma más madura de mirar lo vivido, de querer desde otro lugar, sin la herida abierta, sin la necesidad de volver, pero tampoco de borrar lo que fue.
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Dicho de forma simple, El amor después del amor puede entenderse como un amor transformado. No tiene la inocencia del primero. Ya conoce la pérdida, el caos y la memoria. Pero aun así no se clausura. Aun así vuelve a abrirse al deseo, a la celebración y a la vida. Ahí está la fuerza del disco: en haber convertido una experiencia íntima en una idea compartida por generaciones.
Aceptar no es olvidar
Desde la psicología, esa intuición también tiene sentido. La aceptación no equivale a borrar a alguien ni a fingir que no dolió. Tampoco significa que el recuerdo desaparezca. Más bien implica algo más difícil y más hondo: integrar lo vivido sin que siga gobernándolo todo.
Aceptar no es traicionar lo que se sintió. No es restarle valor a una historia ni negar la herida que dejó. Es permitir que la vida se reorganice alrededor de esa experiencia. Es dejar de habitar únicamente la pérdida. Es mirar distinto incluso a esa persona que se amó y luego dolió.
Es entender que lo vivido fue real, que importó, que dejó marca, pero que ya no tiene por qué seguir definiéndolo todo.
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La Asociación Estadounidense de Psicología (APA) recoge la formulación clásica de las cinco etapas del duelo —negación, ira, negociación, depresión y aceptación—, pero también se advierte que el duelo no se vive necesariamente de forma lineal ni igual para todas las personas.
Por eso la aceptación no debería entenderse como una meta perfecta ni como un punto final. Muchas veces se parece más a un cambio silencioso, pues es el momento en que el recuerdo deja de ser una herida y empieza a ocupar otro lugar en la memoria. Ya no desordena la vida entera. Ya no impide mirar hacia adelante. Ya no obliga a volver.
Y ahí aparece algo decisivo: una forma de querer más serena. No necesariamente un regreso, no necesariamente una nueva pareja, sino una relación más clara con lo que se vivió. Una manera de recordar sin quedar atrapado. De agradecer incluso lo que fue, sin necesidad de repetirlo. De aceptar que hubo amor, que hubo pérdida y que, aun así, también puede haber paz.
La luz después del incendio
Tal vez por eso El amor después del amor sigue siendo una obra tan poderosa. Porque no habla del amor ideal, intacto o ingenuo. Habla del amor que llega cuando uno ya sabe que amar también puede romper. Y, aun así, decide seguir. Seguir sintiendo. Seguir creando. Seguir apostándole a la vida.
El álbum transmite una sensación de renacimiento, de plenitud y de vida después de una etapa rota. Ahí están canciones como Pétalo de sal, Un vestido y un amor, Tumbas de la gloria, Brillante sobre el mic, A rodar mi vida y La rueda mágica.
Quizá esa sea la mejor definición posible del disco: El amor después del amor es el momento en que el amor deja de ser ingenuo y se vuelve consciente, honesto. Nace después de la ruptura, acepta lo vivido y, aun así, encuentra una forma nueva de celebración, deseo y sentido. De la ansiedad a la calma. De la herida al entendimiento.
Al final, el amor se acaba y vuelve a empezar.
Ahora, cuéntenos: ¿qué significa para usted El amor después del amor?
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