En diciembre, en una novena bailable en la casa de un amigo, caí en cuenta de que era el último soltero del grupo. A mi alrededor: parejas con sacos navideños, conversaciones de “nosotros” y planes que ya no me incluían. Y yo, poniendo la música y sirviendo una botella de aguardiente amarillo.
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La pasé bien. Me reí, hablé con todo el mundo, bailé. No hubo drama ni chistes raros. El golpe llegó después, cuando se apagó la música. En el carro de regreso a casa se me repitió la escena. Y en la cama pensé: qué dirían mis amigos, qué opinaría mi familia… Hasta que apareció la pregunta: ¿qué me pasó?
El desencuentro
Paola Díaz, psicóloga experta en salud mental para la infancia y la juventud de la Universidad Incca de Colombia, explica para El Espectador que lo que sucede es una pérdida de la sintonía grupal: “Lo que suele ocurrir es un fenómeno de desconexión con el ritmo del entorno, aunque cada persona lo vive distinto según su personalidad y edad”.
De pronto, lo que era natural se vuelve raro: sigues perteneciendo, pero con una distancia nueva. Díaz lo describe con una imagen precisa: “Es como si todos hubieran pasado de curso y uno se hubiera quedado repitiendo. Lo que genera una extrañeza profunda: sigues queriendo a tus amigos, pero sientes que ya no habitas el mismo mundo que ellos. Es una crisis de pertenencia”.
Ese desfase no siempre pesa igual. Mónica P. Castro David, médico psiquiatra de la Pontificia Universidad Javeriana y maestrante en psicoanálisis, menciona que “se puede experimentar distinto de acuerdo a la edad” y que también “va muy de la mano con los momentos biológicos”.
En su lectura, esa sensación puede vivirse de forma diferente según el sexo, la edad, las expectativas y el plan de vida. “Evolutivamente hablando, para la mujer hay ciertas desventajas con el paso del tiempo. Por eso quizás la mujer puede sentir el peso del desfase con más angustia que el hombre; los tiempos reproductivos de los hombres son mucho más amplios y eso supone unos retos diferentes”.
El mapa social diseñado para dos
Después pasa algo simple: los planes empiezan a venir con el “más uno” incluido. Patricia Jerez, ingeniera industrial de 40 años, lo notó en la logística: “Ya las salidas no eran de solo amigos, sino amigos con sus respectivas parejas”.
Su amiga María Paula Sánchez, de 34, sintió algo parecido al entrar a los 30, cuando esas situaciones empezaron a repetirse y le hicieron más evidente que el grupo estaba entrando en otra etapa.
No es rechazo a las parejas, es que el tiempo deja de ser un recurso propio. La psicóloga Díaz lo explica así: “Es totalmente natural que el grupo cambie, porque la vida de mis amigos ha cambiado de forma radical. Cuando llegan la pareja o los hijos, el tiempo deja de ser propio para volverse un recurso que se debe repartir entre la crianza, el trabajo y los quehaceres de un hogar que ahora demanda mucho más. Ya no hay espacio para la improvisación; todo se vuelve una logística de agendas. Es esperable que el grupo se reorganice porque las prioridades cambiaron”.
Esa logística termina matando planes que antes eran sagrados. Hace unos meses, por ejemplo, íbamos a montar karts con mis amigos del colegio. Era un “plan de amigos”, pero empezó a deformarse: “voy con mi novia”, “ella también quiere ir”. Y, al final, entre coordinar a todos, el plan se canceló. No hicimos nada. Queda una sensación extraña de estar de invitado en un plan que antes era tuyo.
El guion invisible
Al desencuentro se le suma la presión. Patricia la vive desde afuera, a través de sus amigos y sus preguntas: “¿cómo va el corazón?” o “¿de verdad no estás saliendo con nadie?”. Para María, la presión es una conversación interna: “Me cuestiono a mí misma”. Para mí, en muchas ocasiones, llega desde mi familia en cada reunión: “¿Y la novia? ¿Ya le tiene nuera a su mamá?”.
La psicóloga Díaz llama a esto el “guion invisible”: normas y tradiciones que observamos por imitación. “Estas expresiones operan como un guion invisible que, cuando no se sigue, genera una sensación de estar fuera de lugar o de haber fallado a un compromiso familiar, afectando la seguridad con la que tomamos decisiones”.
Ahí entra otra capa del problema: no todos entienden lo mismo por haber “avanzado” en la vida. Castro lo plantea así: “No es tan fácil de generalizar, depende mucho también del momento de la vida y lo más importante es qué percibe cada persona de lo que es ser ‘exitoso’. Hay personas que sienten o consideran que el éxito es tener una pareja, formar una familia”.
Sin embargo, la psiquiatra añade que esa medida no es universal: “Hay personas que el éxito lo viven como renunciar a un trabajo en el que no eran felices, renunciar a una relación que les hacía daño, superar una enfermedad”. El problema, entonces, no es solo ver que otros parecen ir más adelante, sino medir la propia vida con una vara que muchas veces fue heredada.
Ese impacto puede ser desgastante. Ver que otros “prosperan” mientras los intentos propios fallan suele activar pensamientos de desvalorización como “no soy valioso” o “estoy haciendo las cosas mal”. Si no se maneja, el individuo se retrae socialmente para evitar el dolor de la comparación, deteriorando su bienestar emocional.
Volver a elegir el propio ritmo
La salida es entender que cada quien tiene su propio reloj. Por ejemplo, Patricia y María Paula han encontrado sus propias herramientas para navegar esta etapa. Patricia decidió cambiar de círculos cuando se sentía incómoda y entendió que “no necesariamente uno debe tener a alguien para ser feliz”. María, por su parte, se apoya en su fe y en una idea que no negocia: “Que una relación no define quién soy, ni me da propósito”.
En esa misma línea, la médico psiquiatra Castro propone una distinción clave: “Muchas personas dicen: tengo miedo a quedarme solo, y automáticamente se circunscriben al aspecto de la pareja. Y no necesariamente uno está solo en tanto no tiene pareja. Puedes estar solo porque no cuentas con tu familia, porque consideras que estar solo es no tener amigos. Y es diferente del concepto de solitud, que hace alusión justamente al disfrute de la propia compañía, muy distinto al de la soledad”.
Como cierre, la psicóloga Paola Díaz propone tres herramientas clave:
- Límites con amor: es válido decirle a un familiar o amigo: “Me hace sentir incómoda que me preguntes cuándo voy a tener pareja”.
- Dejar de compararse: cada persona va a su propio ritmo. Estar soltero no significa haberse quedado atrás; simplemente es una etapa con libertades distintas.
- Cuidar el diálogo interno: háblate como le hablarías a tu mejor amigo. No le dirías que es un fracasado; le dirías que es una persona valiosa viviendo su propia historia.
Ser el último soltero del grupo no es una condena. Es el momento en que entendemos que la felicidad no depende de cumplir un libreto externo.
Como dice la psicóloga Díaz: “La vida no es una carrera en la que haya un horario oficial o un reloj para enamorarse”. El reto real es sostener la pertenencia sin traicionarse, mientras el grupo y uno mismo aprende su nueva versión.
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