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Todos recordamos aquella época en la que llevar barba era tendencia. Y, cómo no, otras en las que dejarla crecer se consideraba más bien un descuido, un desarreglo.
La buena noticia es que hoy en día decidir cómo llevamos el cabello, las uñas, cómo nos vestimos o cómo hablamos responde, cada vez más, a una elección personal y no a expectativas y cumplimientos externos.
Pero... ¿sabía que para algunas personas el atractivo del vello facial va mucho más allá de una preferencia ligera? A esto se le conoce como pogonofilia.
¿Y qué es exactamente?
El psicólogo argentino Juan Armando Corbin, en el portal Psicología y Mente, la define como la “atracción desmedida por los hombres con barba”. Aunque este término también abarca, en realidad, una fascinación tan intensa que puede rozar el fetiche y que no necesariamente depende del género de quien la porta.
En su análisis, asegura que, con el paso del tiempo y dada la relevancia que comenzamos a otorgarle, aparecieron productos específicos para cuidarla, peluquerías especializadas y hasta una estética que muchos identifican como “lumbersexual”: una barba cuidada y un aire “rudo” en quien la porta.
Una imagen que, explica, desplazó al ideal del hombre metrosexual y le otorgó, además, distintas cargas simbólicas.
En esa misma línea, el blog de Sir Fausto —compañía que se especializa tanto en productos como en consejos para el cuidado de la barba—, en un texto firmado por Pablo Mardones, aclara que la pogonofilia no es una enfermedad, pero sí un “fenómeno” que se ha hecho más visible gracias a las redes y las tendencias actuales (como la percepción colectiva de que “hoy en día todo tiene un nombre”).
De hecho, menciona un estudio de la Universidad de Queensland en el que 918 mujeres estadounidenses evaluaron distintos rostros masculinos. Según ese análisis: “cuanto más pelo tenían los hombres, más atractivos y masculinos parecían”, y los rostros con barba eran percibidos como mayores y más dominantes que los afeitados.
Para complementar, y volviendo a Corbin, el psicólogo cita una investigación de Barnaby Dixon y Bob Brooks, de la Universidad de Sur Gales, publicada en Evolution & Human Behavior, que encontró que una barba de aproximadamente dos semanas aumentaba el atractivo sexual.
Pero no todos los casos son “extremos”
No debemos sacar conclusiones tan pronto: que a alguien le gusten las personas con barba no significa que experimente obligatoriamente la pogonofilia.
De acuerdo con lo que explica Mardones, para hablar de una atracción intensa tendrían que aparecer reacciones más desmedidas e involuntarias, como la aceleración del pulso, la sudoración, el aumento del deseo sexual al verla o, incluso, el rechazo hacia las personas sin barba (y con ello la imposibilidad de sentir un mínimo de atracción).
Según la psicología, este tipo de “filias” puede verse influido por factores sociales y culturales. En pocas palabras, si la barba está en auge, es posible que esa preferencia se refuerce. Y si la tendencia cambia, ella también. Entonces, ¿hasta qué punto un detalle físico puede convertirse en el factor decisivo en el deseo o el afecto?
¿Conocía la pogonofilia? Lo leemos en los comentarios.
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