Publicidad

Los hermanos y el lugar que ocupan en el amor

Antes de las parejas y de las amistades más largas, aparece alguien que comparte la casa —a veces un cuarto—, la infancia, los juguetes, los mismos padres y buena parte de la historia personal.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Paula Andrea Baracaldo Barón
25 de enero de 2026 - 01:52 a. m.
Los hermanos y el lugar que ocupan en el amor
Foto: Vitaly Gariev / Unsplash
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Del amor se habla todo el tiempo. Está en los libros, en las películas, en las canciones, en las conversaciones por chat. Se habla de él cuando empieza, cuando se acaba, cuando duele, cuando se idealiza. Es, en sí, un tema inevitable (igual que el desamor).

En ese campo hay palabras para nombrarlo todo: la ilusión, la ruptura, la herida, el duelo. Pareciera que es una zona de combate -y a veces de paz- que ya conocemos bien, aunque no nos acostumbremos ni a los ataques ni a la calma.

Pero hablar mucho de algo no garantiza haberlo pensado a fondo. Porque aunque el amor está en todas partes, casi siempre lo reducimos al sentimiento en pareja. Ese es el que ocupa el centro. Es el que genera expectativas, angustias, preguntas. El que se intenta entender en terapia. El que parece definir etapas completas y únicas de la vida. El que puede sanar o destrozarnos por completo.

Existen otros amores, claro. El amor por los papás, por la familia, por los amigos. Nadie niega que existen. El problema no es su ausencia, sino que muchas veces quedan en el aire, que funcionan en automático, y los "vivimos" sin demasiada (o suficiente) reflexión encima. Tal vez por eso cuesta detenerse a pensar qué vínculos han estado presentes desde siempre; sin inicios espectaculares que recordamos con frecuencia, sin finales dramáticos o dolorosos que siguen calando hondo.

Los vínculos familiares suelen pensarse como un andamio, como algo cotidiano y tan arraigado que cuesta mirarlo con atención y con cuidado. Esa familiaridad, irónicamente, nos juega en contra. Se asume que la familia “siempre va a estar”, que el vínculo no necesita cultivarse porque esa "función" ya viene incluida. Pero, como cualquier relación, también puede desgastarse, también puede doler, también puede romperse.

Y dentro de esos afectos que suelen darse por sentados aparece el amor entre hermanos. Un vínculo difícil de encasillar, que no responde del todo a las reglas del amor romántico, pero tampoco a las del amor parental. Para muchas personas, es uno de los primeros vínculos emocionales reales. Antes de las parejas y de las amistades más largas, aparece alguien que comparte la casa —a veces un cuarto—, la infancia, los juguetes, los mismos padres y buena parte de la historia personal.

En esa relación se aprende mucho más de lo que creemos. No solo sobre ellos, sino sobre nosotros mismos. Los hermanos también son el primer espacio seguro en el que aparecen emociones difíciles de entender. Los celos, la comparación, la competencia, las peleas, la rabia. Muchas veces son los primeros aliados y, al mismo tiempo, los primeros rivales. Se puede querer y molestar al mismo tiempo. Cuidar y fastidiarse. Estar y querer huirle. Esa mezcla es parte de su naturaleza: es un amor ambiguo.


Cuidar al otro desde temprano

Hace poco, la cantante Joaquina lanzó su sencillo Pelinegra. Una canción dedicada a su hermana, al paso del tiempo, los recuerdos y algunas incertidumbres, incluso en el presente:

Perdón si con los añosYo no he estado para ti como debíaPelinegra, que me falte todoMenos tú en la vida

"Pelinegra", canción de Joaquina

Video Thumbnail

La venezolana le canta a esa necesidad de cuidar al otro, incluso cuando hay cansancio, “fastidio” o distancia. Reconoce que el mundo puede ser duro, pero no abandona la idea de estar ahí para recordarle que la crueldad recae sobre las cosas brillantes y que destacan. Sí, como su hermana.

Y sé que el punto no es hablar de la falta de representación de los hermanos en los productos culturales. Que existen otras letras, poemas, libros, publicaciones, reflexiones sobre él. Que a ese amor le han cantado desde Laura Pausini o Billie Eilish, hasta Los Hermanos Zuleta. Pelinegra es la semilla, la excusa o el detonante —como lo queramos llamar— para hablar, hoy, de cómo suele quedar relegado frente a otras definiciones de amor.

Por aterrizarlo a un ejemplo cotidiano, en muchos procesos de terapia, el foco suele estar puesto en las heridas del amor de pareja o en las relaciones con los padres. Y claro, no se puede generalizar. No todos los vínculos están libres de conflicto. Hay relaciones fraternales rotas y dañinas, y reconocer que existen también es liberador y válido. Pero he ahí lo importante de nombrarlo: poder cuestionarlo.


El amor entre hermanos es un vínculo que se construye muy temprano, cuando todavía no tenemos muchas herramientas emocionales para entender lo que pasa en el mundo real. Se ensayan formas de convivir y de ser que luego se replican en otros espacios. Con ellos aprendemos a negociar, a compartir, a perder, a defender un lugar o un sentimiento propio. Muchas de las maneras en que una persona se relaciona después con otros —en la amistad, en el trabajo o en pareja— tienen algo de ese aprendizaje inicial.

Es un espejo. El hermano es testigo de versiones de uno mismo que ya no existen y nos recuerda historias o momentos que a veces quedan en el olvido.

Ampliar la idea de amor

Para quienes no tienen hermanos, ese rol suele ocuparlo alguien más. Un primo, una prima, un amigo o una amiga de la infancia, una relación que se siente como familia. No es tanto la consanguinidad como la función emocional que cumplen. Alguien que estuvo ahí desde siempre (dependiendo del significado que cada quien le otorgue a esa palabra), que acompañó procesos, duelos, miedos, que conoce historias que no se cuentan en cualquier lado.

Ser consciente de la relación con los hermanos también permite entender quiénes somos. Qué lugar ocupamos, cómo aprendimos a querer, a competir, a ceder, a marcar límites. Son relaciones que parecen normales porque siempre han estado ahí. Pero basta con que se enfríen, se rompan o se pierdan para entender cuánto peso tenían realmente.

Y hablar de ellos, de un “nosotros” también es hablar de amor.


Paula Andrea Baracaldo Barón

Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.