Sábado, 10:00 de la noche. Abrir X por pura inercia y que lo primero que aparezca sea un post que dice: “El mundo se está convirtiendo en Zootopia”.
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Que aparezca una mujer con máscara, orejas y cola de perro que se acuesta en el suelo esperando que la acaricien. Deslizar. Ahora, en pantalla, dos adolescentes que pelean como lobos en plena plaza. Deslizar. Que un reportero entreviste a un grupo de chicas que dicen sentirse identificadas como husky, pastor alemán, oso panda y hasta serpiente.
El algoritmo sabe lo que hace: hay que quedarse unos segundos más, al menos para leer esas reacciones en caliente en los comentarios: risa, rabia, indignación. “Esto es falta de correa”. “La generación perdida”. “Qué vergüenza”.
Pero si somos honestos, esto no apareció hace seis meses ni nació en TikTok.
Los therians —personas que se identifican con un animal específico— existen desde hace milenios. No como “fenómeno” en tendencia, sino como comunidad: “No tiene nada que ver con creencias psicóticas ni con brotes psicóticos. Es una identidad psicológica subjetiva”, explica Claudia Barreto, psicóloga que hace parte la compañía de salud mental Sana Mente.
Refiriéndose específicamente a esta subcultura, ubica los primeros espacios organizados en los años noventa, cuando internet permitió que las personas que se sentían de forma similar se encontraran en foros anónimos. asegura que lo que cambió no fue necesariamente la experiencia, sino la posibilidad de validarla a través de los contenidos y los encuentros masivos y presenciales.
El proceso de exploración en los adolescentes
Intentar entender de dónde viene esta subcultura no significa celebrarla sin hacernos preguntas, desestimar la incomodidad que genera en muchos o, incluso, ridiculizar a quienes pertenecen a ella. Pero reducirla a un “trastorno” o “falta de disciplina” tampoco aclara mucho el panorama. Más bien, desinforma.
“Es ese el momento en el que se organiza la identidad base”, dice Barreto. Todos los seres humanos atraviesan este proceso. Se redefine quién soy, cómo me veo, cómo quiero que me vean.
El adolescente necesita diferenciarse del adulto. No por capricho, como podría pensarse, sino porque es parte del proceso de separación. Es la forma de construir territorio propio. De probar límites y de ensayar versiones de sí mismo.
“¿Qué está pasando ahorita? Ya están convocando a la comunidad nivel Colombia: en Bogotá, en Chía, en Cajicá, en Cali... entonces yo ya me siento respaldado. Cuando estoy solo y tiro una piedra, me puedo acobardar, pero cuando somos 100 ya no", continúa explicando la profesional.
El papel de las redes en la validación instantánea
Algunos consideran absurdo comparar esta expresión con los emos, los hippies o cualquier otra subcultura. Y es cierto que no es lo mismo, pues estos grupos no se identificaban con otra especie, pero tienen un punto en común: con su visibilización y, en general, cada vez que algo rompe con la idea de “normalidad”, la reacción social se parece mucho. Hay burla, rechazo, miedo y hasta asco.
Aquí, la psicóloga Diana Ducuara incluye un elemento que no se puede ignorar en un punto tan álgido de este fenómeno: las redes sociales. “Hoy juegan un papel fundamental en la construcción del autoconcepto. Los algoritmos pueden conocernos incluso más que nuestra propia red de apoyo. Nos llevan a comparaciones constantes y pueden distorsionar la percepción que tenemos de nosotros mismos”, dice.
Cuando un joven publica un video y recibe miles de comentarios —positivos o negativos— hay algo que ocurre a nivel psicológico: el comportamiento se refuerza, porque la visibilidad igual funciona como recompensa. Y si, además, encuentra comunidades en donde se siente entendido, la experiencia deja de ser individual. Ya no soy “el raro”. Soy parte de algo.
Eso no convierte automáticamente el fenómeno en saludable. Pero sí explica por qué crece.
Hasta ahora no existe una clasificación clínica que catalogue el comportamiento therian como trastorno. Es importante aclararlo para no caer en falsos diagnósticos en el afán de hallar una explicación. Pero no, no todo proceso identitario es necesariamente funcional.
Ambas profesionales, Ducuara y Barreto, coinciden en que la alerta no está en la curiosidad o en querer explorar otras facetas, sino en la interferencia con la vida real.
Estos son algunos puntos en los que podemos identificar que se vuelve problemático:
- Hay aislamiento durante un tiempo prolongado.
- Se abandonan responsabilidades académicas o laborales.
- Se deterioran vínculos previos y únicamente se entablan relaciones con personas dentro de la misma comunidad.
- No hay autocuidado.
- Aparecen o se intensifican síntomas de ansiedad o depresión.
Es decir, cuando la identidad asumida empieza a afectar la capacidad de adaptación en el entorno. Antes de eso, hablar de trastorno es precipitado y erróneo.
“¿Y ahora qué hago si mi hijo dice que es therian?”
Las respuestas en redes suelen ser, inevitablemente, tajantes: “generación de cristal a la que le faltó juete“. Pero prohibir -no solo en esta época- suele desembocar en actitudes radicales. Ducuara explica que esto puede adherir más al joven a la conducta. Si la identidad se convierte en territorio de confrontación, es probable que se defienda con más fuerza.
Al respecto, Barreto complementa aclarando que no todo se reduce a padres “buenos” o “malos”. No obstante, sí pueden existir dinámicas de desconexión emocional, ambientes hostiles o negligentes que vuelvan más atractivos los espacios donde hay validación inmediata.
El rechazo de frente, especialmente si viene de figuras significativas, puede afianzar distorsiones cognitivas y fortalecer el vínculo con la comunidad que sí lo respalda. Eso no significa que deba aplaudirse o fingir acuerdo. En realidad, se debe optar por crear espacios en donde el adolescente se sienta visto sin que su identidad explorada sea el único tema de conversación. Preguntar sin ridiculizar el porqué de sus expresiones, observar desde cuándo cambiaron sus comportamientos y cuál es el círculo social en el que se mueve.
Establecer límites si es necesario, pero no convertir el tema en una guerra. Si la situación supera la capacidad familiar, buscar acompañamiento para tratar profesional es la mejor herramienta para la prevención de problemas futuros.
La pregunta del millón: ¿en dónde queda la incomodidad social?
Barreto dice que, en términos prácticos, este tipo de expresión puede resultar desadaptativa en contextos como el laboral o el académico. Pero no lo dice a modo de juicio moral. Es una apreciación funcional desde el campo psicológico.
Hoy estamos viendo cómo se amplifican identidades que antes existían, pero que, curiosamente, se hacen virales cuando la sociedad atraviesa por un par de situaciones que nublan cualquier criterio.
Tal vez no estamos frente a una epidemia ni frente a una patología masiva. Muchos comportamientos humanos han existido siempre sin ser públicamente validados. La diferencia es que ahora, en cuestión de horas, el algoritmo amplifica lo que evidentemente genera interacción.
Ni todo es sano, ni todo es alarmante. Porque no deberíamos centrarnos solo en los therians, aunque sea importante cuestionarnos qué está pasando con la manera en que estamos construyendo nuestro reconocimiento en la era digital.
Porque detrás de una máscara con orejas puede estarse gestando una necesidad de diferenciación o, en algunos casos, señales de un malestar. Y, por supuesto, porque vivimos en un mundo desbordado al que deberíamos prestarle más atención, hacerle más preguntas y frente al que deberíamos actuar con mucho más criterio.
Pero esa es una conversación que apenas empieza y necesita, aunque no lo creamos, más matices que insultos.
¿Cuál es su opinión frente a toda la tendencia de esta subcultura? Lo leemos en los comentarios.
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