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“Monserrate separa a las parejas que suben”: ¿de dónde viene ese mito?

“Como un símbolo de Bogotá, era inevitable que no le atribuyéramos propiedades más allá de ser un simple punto de referencia geográfico”.

Paula Andrea Baracaldo Barón

29 de enero de 2026 - 01:16 p. m.
Panorámica de este atractivo turístico de la capital.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Podría decirse que, desde siempre, los seres humanos hemos buscado algo o alguien en quien depositar nuestra fe. No importa la forma o el nombre. Siempre hay espacio para un eso que nos haga sentir más fuertes, de alguna manera escuchados, con una fuerza para creer, nombrar y pensar en cosas que muchos de nosotros, por si solos, no lograríamos concebir. “Es normal que en nuestra necesidad de comprender la naturaleza y sus fenómenos, el ser humano haya buscado atribuir propiedades mágicas o predictivas a los objetos, a los eventos o, en general, al mundo”, asegura el historiador Felipe Arias.

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Y existe un cerro en Bogotá que ha sido testigo de innumerables promesas hechas por los feligreses. Muchas de ellas cumplidas con gotas de sudor en la frente y la respiración casi que suspendida en medio de la altura de la montaña.

Dicen que debajo de Monserrate yace un volcán, que “en cualquier momento haría erupción y acabaría con la ciudad entera”. Dicen que quienes visitan al Señor Caído para agradecerle, lo hacen descalzos, subiendo el cerro de espaldas, de rodillas, con los ojos cerrados e incluso rezando Padres Nuestros infinitos. Así, hasta que sus pies sienten el último escalón. Dicen que a ese accidente geográfico lo cobijan y lo resguardan ánimas. Muchas.

Dicen que al Caído le crece el cabello y que incluso pesa más de bajada que de subida. Que es inamovible.

Y poco importa el grado de superstición en el que uno se encuentre: también dicen -y este sí que lo aseguran- que las parejas que suben a Monserrate tienen una probabilidad inmensa de que ese encuentro sea al principio del fin del amor. ¿Por qué?

Las “víctimas” de una fe heredada

Historias hay miles. Incluso alguien podría preguntar en casa y, aunque recibiera un “no”, tendría al menos una historia cercana que respalde la idea, ya sea para confirmarla o para desmentirla.

De esas anécdotas quisimos recoger tres cortas, muy cortas, de personas que a día de hoy no entienden cómo sucedió lo que vivieron, aunque su creencia en el mito sea mínima, y que además quisieron compartir la “explicación” que le dieron a cada situación.

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Porque, para algunos, la incredulidad en el mito no es suficiente como para arriesgarse a comprobarlo. Y hay otros que no creen en él tanto como lo hacen en las coincidencias.

El peor pecado de Óscar* fue aceptar, junto a su novia, la idea de subir Monserrate para pasar tiempo juntos. Lejos de ser un día trágico, fue tranquilo: luego fueron al cine y todo parecía marchar bien.

“Pero casi dos semanas después me llamó y me dijo: ‘Creo que tu vida está mejor sin mí’… y adiós. Se fue. Nunca pude explicármelo”, cuenta. Y, de hecho, es uno de quienes aseguran que esto no es más que superstición, o una simple coincidencia ante un cambio repentino en su relación.

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Luego está la historia, más bien puntual, de Tania*, quien, incluso sin ser novia oficial del muchacho con el que subió, terminó en ruptura. Según ella, la teoría podría explicarse por el estrés, el cansancio de la subida, y que en esos momentos en los que el cuerpo está débil o ha trabajado mucho no hay amor que resista una discusión. “¿El mito es falso? Tal vez. Pero estábamos muy bien y luego de eso todo se fue en picada”, dice entre risas. “No suban cansados”.

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Jessica* probablemente tiene uno de los testimonios más alentadores y menos propensos a un corte abrupto. Fue con su novio, terminaron antes de subir, regresaron al bajar y, tiempo después, resultó comprometida. “Parece que la leyenda completa dice que si subes a Monserrate con tu pareja y no es el indicado, terminan. Pero si es, te bendicen la relación”, cuenta.

Pero, ¿alguien sabe de dónde surgió ese relato?

Andrés Felipe Montoya, representante al Consejo Directivo desde los programas de Historia y Sociología de la Universidad Externado, es oriundo de Boyacá. No cuenta los días que lleva viviendo en la ciudad de los rolos, pero no puede evitar recordarlo cuando, en su casa, su vecino más próximo es Monserrate.

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“Es muy difícil encontrar un génesis para esa teoría, porque la tradición oral y los testimonios son los que las sostienen. Pero, independientemente de si es —o no— algo probable, justamente creo que esa es la función, la lógica del mito: darle explicación a cosas que están fuera del alcance del método científico o de la razón, como en occidente lo conocemos”, dice.

A lo largo de su historia, las ciudades van creando puntos de referencia —ambientales o arquitectónicos— que terminan convirtiéndose en símbolos urbanos. La nuestra no es ajena a este proceso: los cerros han aportado agua, recursos energéticos y, además, han contribuido a la construcción de una identidad como ciudad andina. “Su importancia, eso sí, se ha adaptado a los cambios de la historia: para la Ilustración y la Expedición Botánica fue un lugar de interés para observaciones científicas, para la cultura de masas desde principios del siglo XX fue inspiración para la pintura, la fotografía, la música y la publicidad”, complementa el historiador Arias.

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“A Monserrate, como un símbolo de Bogotá, era inevitable que no le atribuyéramos propiedades más allá de ser un simple punto de referencia geográfico”, dice refiriéndose a los relatos que se han construido a su alrededor. Pero esa creencia puntual, explica, no es particularmente antigua, pues “ni en la Colonia o entre los muiscas se sabe de algo así”. Curiosamente, el compositor Jorge Añez, en Los cucaracheros (o El cucarachero), “pide que llevemos a la pareja a Monserrate a desayunar tamal”. ¿Por qué subiríamos para terminar?

Desde la historia, podría pensarse que así, lo que antes parecía simple superstición se volvió un elemento de nuestra identidad cultural, reforzado por la acción del nacionalismo y la difusión mediática. “Puede que creamos o no en los efectos, pero el 31 le damos la la vuelta a la manzana o creemos que Néstor Lorenzo debe ponerse blazer negro y camisa vinotinto para dirigir a la Selección Colombia (importando, además, una costumbre de otro país, Argentina, de llenar el fútbol de esa clase de rituales), ¿no?“, sustenta Arias.

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“Y eso también habla mucho de la ciudad, de las personas que la habitan. Porque ya no es solo una tradición religiosa; hay personas que suben y lo hacen por diversión, por deporte, por turismo, por retarse. Y claro, eso incluye a quienes creen tanto en ese poder, que conciben que Monserrate les puede llegar a quitar el novio y se sienten atraídos por la superstición”, respalda el representante Montoya.

Hoy, esas prácticas viejas no siguen porque la gente necesariamente las tome por ciertas, sino porque se volvieron costumbre, símbolo. Y en ese mismo proceso aparecen otras nuevas que terminan funcionando igual: como mitos. Lejos del cerro y en una línea de tiempo aquí difusa, a la lista se suman la leyenda del G6, la ruta fantasma de Transmilenio; la del bobo del tranvía; el venado de oro; la casa de los siete balcones.

“Dicen, dicen, dicen…“. Y ante tantas historias, ante tantas ideas que explican la forma en la que concebimos el amor, la vida o la religión, resuelve con ironía el historiador Arias, “tocaría preguntarle entonces a San Isidro o a la propia iglesia si han perdido clientela los últimos años por eso”.

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*Los testimonios recogidos para este artículo, aunque cortos, son reales. Los nombres fueron cambiados a petición de las fuentes.

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Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com

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