Un monstruo, por definición, debería provocar miedo: es aquello que rompe el orden natural, lo desconocido, lo que amenaza. La misma palabra lo menciona; monstrum, proveniente del latín, es entendida como una advertencia o señal de lo sobrenatural.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Sin embargo, la cultura popular ha dado un giro inesperado a esta idea. En lugar de huir de ellos, el cine, la literatura y las series han convertido a muchos monstruos en figuras románticas, personajes capaces de despertar empatía, ternura e incluso deseo.
Los ejemplos abundan. La Bella y la Bestia, Drácula, King Kong, El fantasma de la ópera, la relación entre Shrek y Fiona o el fenómeno que fue la película de Crepúsculo para las adolescentes. Incluso en tiempos recientes, la fascinación que ha despertado la nueva representación de Frankenstein —interpretado por el actor australiano Jacob Elordi— ha vuelto a poner este tema en el centro de la conversación cultural.
Y es que estas historias demuestran que el público no solo acepta estas relaciones imposibles, sino que regresa a ellas una y otra vez, atraído por la misma pregunta que las sostiene: ¿por qué, si deberían asustarnos, los monstruos también logran enamorarnos?
❤️👀💌 Le podría interesar: “Monserrate separa a las parejas que suben”: ¿de dónde viene ese mito?
Un gusto más profundo
Según Valentina Cepeda Monsalve, psicóloga clínica, docente e investigadora de la Universidad El Bosque, quien se ha interesado por el estudio de la experiencia emocional, la sexualidad y los vínculos afectivos, este fenómeno ocurre porque el monstruo no suele representar únicamente la maldad, sino una forma intensa y visible de la vulnerabilidad humana.
“Un cuerpo expuesto, una fuerza desarrollada para protegerse y, detrás de una coraza forzada, una sensibilidad inocente cargada de bondad”, dijo la experta.
Estas historias ponen en el centro preguntas profundas sobre la condición humana, como la búsqueda de amor, aceptación y comprensión. Frankenstein, por ejemplo, explora la capacidad de amar y ser amado más allá de la apariencia, al tiempo que retrata la soledad y el rechazo que acompañan a la diferencia.
“Es difícil encontrar a alguien que haya leído Frankenstein y no haya experimentado alguna reacción afectiva hacia la criatura, desde ternura y compasión hasta identificación, e incluso atracción”, señala Cepeda. “Es un ser creado sin pedirlo, rechazado desde el inicio sin comprender la razón, condenado a existir sin pertenecer y marcado por su diferencia. En el monstruo vemos aquello que sentimos que no encaja del todo en nosotros: lo torcido, lo roto, lo que cuesta mostrar. Y cuando alguien se presenta así, sin ocultar su vulnerabilidad, se genera una conexión profunda, casi inmediata, de consuelo y cuidado”.
Sin embargo, estos personajes no solo conmueven por su vulnerabilidad; también resultan seductores porque combinan fuerza y fragilidad sin ocultar ninguna de las dos. Ejemplos de esta dualidad aparecen en distintas historias, según Cepeda:
- El hombre anfibio de La forma del agua: ama sin palabras, es fuerte, curioso e ingenuo, y su manera de vincularse nace del cuidado y la presencia constante.
- Howl Jenkins, del universo de Hayao Miyazaki: un mago temido por su enorme poder, rodeado de rumores que lo describen como alguien que roba corazones, pero que en realidad es profundamente sensible, marcado por la soledad y el miedo a perder su humanidad.
- Alucard, en Castlevania: un vampiro ancestral, bello y letal, que combate a otras criaturas mientras carga con el duelo, la culpa y una persistente sensación de aislamiento.
“Todos ellos comparten algo esencial; su dolor es visible, su peligro es explícito y su deseo no busca dominar. Al mostrarse genuinos y vulnerables desde su fortaleza, generan confianza emocional y atracción”.
Sin embargo, también existen aquellos monstruos que permiten explorar dimensiones más carnales del deseo y fantasías difíciles de abordar en la vida cotidiana, sin que la mujer deba ocupar necesariamente el rol de la figura empática que protege o cuida. En estas historias, la relación abre espacio a representaciones donde ella también aparece como sujeto de deseo, capaz de moverse más allá del ideal tradicional de pureza.
Figuras como Drácula, por ejemplo, encarnan esta tensión entre razón y deseo. La mordida, la sangre y el hambre simbolizan una entrega intensa que oscila entre el peligro y el erotismo. En este tipo de narrativas, el encuentro con el monstruo no solo habla del atractivo de lo prohibido, sino también de la posibilidad de representar a la mujer como un ser deseante y seductor, de la corrupción, que explora su propia intensidad emocional y sexual fuera de los límites sociales que históricamente la han contenido.
Cepeda lo explica así: “Estas historias funcionan como un espacio simbólico donde se pueden explorar deseos y fantasías que en la vida real suelen generar miedo, culpa o vergüenza. Al tratarse de criaturas no humanas, la ficción crea una distancia que permite dejarse llevar sin sentirse definido por ello. El deseo aparece ligado a lo prohibido y al riesgo controlado; se puede fantasear con la entrega, con perder el control o con ser deseado de forma absoluta, sin las consecuencias emocionales que esto tendría en una relación real”.
La experta menciona que estas figuras funcionan tan bien en la ficción porque permiten explorar el deseo sin engaño. El monstruo no disfraza su sombra. Se muestra con lo fuerte y lo roto a la vista. En contraste, en la vida real, hay personas que parecen inofensivas, encantadoras, que saben exactamente qué decir. Ahí el peligro no se ve, se oculta. Por eso, muchas veces, lo monstruoso en la ficción puede sentirse más seguro que lo aparentemente normal en la realidad.
❤️👀💌 Le podría interesar: Unión libre en Colombia: reinventando el “hasta que la muerte nos separe”
¿Cómo permea esto las relaciones actuales?
En estas narrativas, especialmente en el romance fantástico y la literatura erótica, los monstruos no son solo amenaza, son figuras emocionalmente accesibles. Son poderosos, pero sensibles; intensos, pero capaces de cuidado y reciprocidad. Como menciona Cepeda, aquí la aceptación y el amor no surgen de encajar, sino de ser reconocido incluso con las propias diferencias.
En ese sentido, estas historias proponen que el poder no está en dominar ni en transformarse para ser amado, sino en la libertad de desear y de vincularse con autenticidad, aunque ese vínculo no responda a modelos tradicionales.
Además, estas narrativas integran la sexualidad como un espacio de placer compartido y elección consciente. No es casual que sagas como Ice Planet Barbarians, de Ruby Dixon, o títulos como Casada con un hombre lagarto, de Regine Abel —popularizados en comunidades de lectura en TikTok— exploren fantasías más explícitas, incluso vinculadas a parafilias. El “monstruo” puede ser radicalmente otro en lo físico, pero emocionalmente ofrece seguridad y devoción.
No obstante, también es necesario matizar, pues estas narrativas pueden tener efectos en la vida real. Cepeda advierte que su impacto depende del lugar que ocupen en la experiencia de cada persona. Es decir, el problema no está en la fantasía en sí, sino cuando esta reemplaza el contacto con la realidad o instala expectativas rígidas sobre cómo “debería” ser una relación.
“Si se desdibuja la frontera entre lo simbólico y lo cotidiano, los vínculos reales pueden sentirse insuficientes o decepcionantes”, afirma.
En la misma línea, el Dr. Pablo Andrés Rodríguez Camargo, director de la Maestría en Salud Sexual y Reproductiva de la Universidad El Bosque, señala que el punto de cuidado aparece cuando estas narrativas moldean expectativas poco realistas sobre el consentimiento, la reciprocidad o la construcción de vínculos saludables.
“Por ello, la importancia está en fortalecer la educación sexual integral y la educación para la gestión emocional, herramientas que permiten disfrutar de la ficción sin que esta sustituya las habilidades necesarias para construir relaciones reales basadas en el respeto, la comunicación y el bienestar mutuo”, afirmó.
Aun así, los beneficios también son claros. Estas historias pueden ampliar la imaginación afectiva y sexual, ayudar a reconocer deseos sin culpa y ofrecer un espacio simbólico para explorar la diferencia, la vulnerabilidad y el poder desde otros lugares.
“Leídas con conciencia, no empobrecen la vida emocional, pueden enriquecerla, hacerla más flexible y abrir nuevas formas de comprender el deseo y la intimidad en el presente”, concluye Cepeda.
Al final, la fascinación por los monstruos habla menos de criaturas imposibles y más de nuestra propia relación con la vulnerabilidad, el deseo y el miedo a no encajar. Y quizá, en el fondo, amar a un monstruo en la ficción sea otra forma de preguntarnos cuánto nos permitimos ser —y aceptar— aquello que también en nosotros se siente distinto.
👗👠👒 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias sobre Bienestar y amor? Te invitamos a verlas en El Espectador.