¿Quién habrá sido la primera persona en deshojar una margarita? ¿Un duque, una doncella, una vendedora camino al mercado o una niña jugando en el campo? No existe un registro: pudo haber sido cualquiera, en cualquier época, pero pocas cosas son tan reconocibles como esa de arrancar pétalos mientras repetimos “me quiere, no me quiere”.
Y este pequeño ritual antiguo está relacionado con una necesidad muy humana: hallar una respuesta cuando no disponemos de certezas para hablar del corazón.
De acuerdo con información recopilada por Rodolfo Díaz en Noroeste, en México, consiste en deshojar una margarita blanca pétalo a pétalo mientras se alternan las respuestas afirmativas y negativas en voz alta. El resultado está sujeto al último pétalo que puede arrancarse, algo así como un veredicto sentimental definitivo, pero carente de algún fundamento lógico o científico.
Podríamos decir que entra en la categoría de los juegos que, gracias a esa réplica cultural, se mantuvo durante generaciones como una forma lúdica de enfrentar las incertidumbres amorosas, sobre todo en los jóvenes.
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La elección de la margarita, conocida científicamente como Bellis perennis, es originaria de Europa y fue introducida en América por los primeros colonizadores, extendiéndose posteriormente por gran parte del mundo. Tiene entre veinte y treinta pétalos alargados, una variabilidad en el número que convierte cada intento de predicción amorosa en un resultado imprevisible, ya que ninguna flor posee exactamente la misma cantidad de pétalos.
La necesidad humana de encontrar señales
La idea de deshojar las margaritas también se popularizó, en buena parte, gracias a la cultura pop. Muchas personas crecieron viendo escenas adaptadas en películas y dibujos animados —como ocurre en La Sirenita, en donde Ariel arranca los pétalos de una flor acuática para proyectar su deseo de ser amada por Eric, el príncipe de la historia—, lo que ayudó a convertirlo en una imagen reconocible, incluso para quienes nunca lo practicaron en la vida real.
También podríamos hablar de sus apariciones en la música que, en este caso, apela a la poesía. En el artículo, Noroeste recuerda cómo el cantautor Joan Manuel Serrat alude a ese gesto en una de sus canciones, asegurando que el amor verdadero no necesita recurrir a la incertidumbre del azar para confirmarse:
La mujer que yo quiero no necesitaDeshojar cada noche una margaritaLa mujer que yo quiero es fruta jugosaPrendida en mi alma como si cualquier cosa
Joan Manuel Serrat, La mujer que yo quiero
Y hasta podríamos hablar de la flor en sí misma, porque por más sencillo que parezca, este ritual posee diversos elementos que no son, irónicamente, escogidos al azar. Por ejemplo, en algunas tradiciones se utiliza como metáfora de la pérdida de alguien valioso, como si la vida misma fuera una flor cuyos pétalos se desprenden con el tiempo.
Y así como sus interpretaciones, las teorías sobre el origen de esta costumbre son muy diversas.
Según Lourdes Fernández, en La Vanguardia, una de las hipótesis más difundidas sitúa sus raíces en las tradiciones orientales. En ellas, los enamorados guardaban un pétalo fresco de margarita en alguno de sus bolsillos, esperaban hasta el final del día para sacarlo, verlo y comprobar su estado. Si permanecía intacto, se interpretaba como un señal del amor correspondido. Pero, por el contrario, si se marchitaba, el mensaje era menos alentador: tal vez había que dejar de insistir.
Aunque, como ya lo dijimos, no existen pruebas históricas definitivas, hemos recurrido a la naturaleza para simbolizar y desenredar emociones difíciles de medir, de explicar. No cabe duda: la falta de certezas en el amor lleva a la humanidad a buscar maneras de darle forma a la incertidumbre.
¿Cuánto influyen las historias, películas o canciones en la manera en que aprendemos a vivir el amor? ¿Conoce algún otro gesto similar? Lo leemos en los comentarios.
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