
Seguramente si está en el colegio, en la universidad o tiene un grupo de amigos muy cercano, para estas fechas ya sabe quién es su amigo secreto. A lo mejor esté sufriendo en este preciso momento porque no sabe qué obsequiarle, porque el presupuesto no le alcanza o porque el azar le jugó una mala pasada y le tocó la persona que menos le agrada. Sin embargo, en medio del ajetreo por conseguir el detalle perfecto, cabe preguntarse por qué en el país se juega al amigo secreto en este mes y por qué resulta tan relevante esta fecha en lugar del tradicional San Valentín.
En Colombia, el Día del Amor y la Amistad no se celebra en febrero sino en septiembre debido a una estrategia comercial adoptada en 1969. En aquel momento, los comerciantes y el gobierno buscaron trasladar la festividad a un mes que carecía de fechas especiales, evitando que coincidiera con la carga económica del inicio de año.
Pero más allá de esta decisión comercial que moldeó la tradición nacional, la fascinación humana por el afecto y la pasión es tan antigua como la civilización misma, por lo que resulta esclarecedor explorar cómo las culturas han concebido a sus deidades del amor.
El referente más cercano en el imaginario occidental es San Valentín, aunque su figura no nació precisamente como un héroe romántico, sino como un sacerdote del Imperio Romano. Su vínculo con las relaciones surgió de un acto de desobediencia civil. El emperador Claudio II había prohibido los matrimonios entre los jóvenes, convencido de que los hombres solteros y sin ataduras familiares se convertían en mejores soldados.
Valentín consideró que la medida era profundamente injusta y comenzó a casar a los jóvenes enamorados en secreto bajo el rito cristiano. Al ser descubierto por las autoridades imperiales, fue encarcelado y condenado a muerte. La tradición cuenta que, durante su cautiverio, entabló una profunda amistad con la hija ciega de su carcelero y que, justo antes de ser ejecutado el 14 de febrero del año 269, le dejó una carta firmada como “Tu Valentín”. Siglos más tarde, el papa Gelasio I instituyó oficialmente la festividad para cristianizar las antiguas fiestas romanas de la Lupercalia, dedicadas a la fertilidad.
No obstante, mucho antes de que la fe cristiana moldeara la figura del santo, el mundo grecorromano ya rendía culto a las fuerzas del amor. En la antigua Grecia, el amor era comprendido como una fuerza volcánica e incontrolable. Esa fuerza estaba encarnada en Afrodita —Venus en la mitología romana—, la diosa de la belleza y el deseo.
Su poder sobre los mortales y los dioses queda al descubierto en el mito del Juicio de Paris, bastante famoso por estos días gracias a La Odisea de Nolan, donde para decidir quién era la deidad más bella del Olimpo, el príncipe troyano Paris debió elegir entre Hera, Atenea y Afrodita. Mientras que las dos primeras le ofrecieron poder político y gloria militar, Afrodita le prometió el amor de la mujer más hermosa de la Tierra, Helena de Esparta. Al raptar a Helena, desencadenó la célebre Guerra de Troya.
De la misma familia olímpica nace Cupido, denominado Eros en la tradición griega, quien actúa como ejecutor directo del enamoramiento. Cupido personifica el flechazo, ese instante repentino, arbitrario e ineludible en el que alguien cae rendido ante otra persona.
La mitología lo describe portando una aljaba (una especie de maleta para arqueros) con dos tipos de flechas muy distintas: las de oro con punta de diamante, que provocan una pasión inmediata e instantánea, y las de plomo, que generan una aversión absoluta hacia el otro. Su costumbre de disparar con los ojos vendados o por mera travesura simboliza lo caprichoso e ilógico que resulta el amor humano, donde la razón carece de dominio sobre las inclinaciones del corazón.
Al cruzar el océano y adentrarse en la filosofía de Oriente, la visión sobre el afecto adquiere una dimensión distinta. En la tradición hindú, el dios Kama encarna el amor erótico, la pasión y el deseo. Lejos de ser visto con culpa o sospecha, en la India el kama es considerado uno de los cuatro grandes propósitos nobles de la vida humana.
Kamadeva es representado como un apuesto joven que cabalga sobre un loro, ave vinculada a la primavera y a las conversaciones afectivas. Su armamento refleja la dulzura de la atracción: porta un arco hecho de caña de azúcar flexible con una cuerda formada por abejas mieleras, y dispara cinco flechas compuestas por flores distintas que despiertan la fascinación, el entusiasmo, el deseo pasional, la melancolía y la unión en el corazón de los enamorados.
Por su parte, en el continente americano, la mitología mexicana tiene la figura de Xochiquetzal, cuyo nombre significa “flor preciosa”: es la diosa de la belleza, el placer, el deseo, la sensualidad y las artes. Ella encarna la alegría de vivir el amor y la complicidad afectiva sin culpas. Su presencia recordaba a los pobladores del valle de México que el afecto y la belleza son manifestaciones vitales que hacen florecer la existencia.
Si ha llegado hasta acá, es probable que continúe con la incertidumbre sobre qué regalarle a su amigo secreto este fin de semana. Sin embargo, al reflexionar sobre estas antiguas tradiciones, podrá consolarse sabiendo que la humanidad lleva años intentando descifrar los caprichos de la atracción y celebrando bajo distintas formas, esa fuerza incontrolable que sigue transformando nuestras vidas y a la que llamamos amor.
👗👠👒 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias sobre Bienestar y amor? Te invitamos a verlas en El Espectador.