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Trabajar ya no alcanza: burnout y crisis del cuarto de vida en los adultos jóvenes

A propósito de El descontento, la novela de Beatriz Serrano, reflexionamos sobre cómo el trabajo se ha convertido en una fuente de desgaste más que de sentido.

Mariana Álvarez Barrero

23 de enero de 2026 - 08:00 a. m.
No toda crisis es una patología. Desde una perspectiva sistémica, el malestar puede funcionar como una señal de alerta que invita a revisar expectativas, valores y límites.
Foto: Getty Images/Westend61 - Westend61
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“Marisa odia el trabajo. Sin embargo, no puede dejarlo: le gustan demasiado las cosas bonitas”. La frase, tomada del libro El descontento de Beatriz Serrano, condensa con ironía una experiencia que atraviesa a buena parte de los jóvenes adultos contemporáneos: la imposibilidad de escapar de un trabajo que desgasta, aun cuando ese trabajo ha dejado de ofrecer sentido, entusiasmo o proyección.

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No se trata solo de cansancio o de estrés. Lo que se despliega en la novela es una mezcla de anestesia emocional, hastío laboral y preguntas existenciales que hoy se reconocen bajo dos nombres cada vez más frecuentes: el burnout y la crisis del cuarto de vida.

Marisa no está en crisis porque haya fracasado, sino precisamente porque ha cumplido. Tiene empleo, rutina, sueldo. Ha aprendido incluso a “jugar a las oficinas”, a interpretar el papel que se espera de ella con la eficacia justa para sobrevivir; sin embargo, algo se ha ido apagando en el proceso.

El trabajo aparece como un escenario repetitivo, intercambiable, donde el esfuerzo parece no conducir a nada y donde la vida personal se administra en los márgenes: en la famosa pasta con atún, en el llanto cronometrado y en el cansancio que no se va.

Aunque El descontento es una novela de ficción, su potencia radica en que pone palabras a una experiencia ampliamente compartida. El hastío laboral y la sensación de estar atrapados en una vida que no se eligió del todo son experiencias hoy comunes entre muchos jóvenes adultos.

Especialmente entre millennials y centennials, el trabajo ha dejado de ser solo una fuente de sustento para convertirse en un foco persistente de frustración, agotamiento y desencanto.

El cansancio es también existencial

Durante años, el malestar laboral se explicó principalmente a través del burnout. Desde la psicología del trabajo, autoras como Christina Maslach han señalado que este síndrome surge de la exposición prolongada a entornos laborales exigentes, con sobrecarga, presión constante, falta de reconocimiento y conflictos de valores.

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No se trata solo de estar cansado: el burnout implica agotamiento emocional, distancia afectiva frente al trabajo y una sensación creciente de ineficacia.

Sin embargo, como explica la psicóloga clínica Paola Burgos, en la adultez temprana este desgaste suele entrelazarse con un malestar más profundo. La llamada crisis del cuarto de vida no nace únicamente del trabajo, aunque muchas veces se manifieste allí. Es una crisis existencial que emerge cuando la vida construida deja de responder a las expectativas que se tenían sobre quién se iba a ser.

A diferencia del burnout, cuyo origen está más claramente vinculado a las condiciones del empleo, la crisis del cuarto de vida atraviesa la identidad y el proyecto vital. Aparecen preguntas que no se resuelven con vacaciones ni con un aumento de sueldo: ¿esto es lo que quiero?, ¿esto me representa?, ¿qué pasó con lo que imaginaba para mí?

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Desde una mirada compleja, como la propuesta por Edgar Morin, sociólogo francés, estos momentos de desorganización no son necesariamente patológicos, sino transiciones que abren la posibilidad de nuevas formas de reorganización.

Entre los 25 y los 40 años, ambas experiencias suelen superponerse. A los veintitantos, socialmente se espera consolidar la autonomía económica, dar los primeros pasos firmes en el mundo laboral y definir vínculos significativos.

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Más cerca de los cuarenta, se espera haber alcanzado cierta estabilidad profesional y emocional. Como señalan Betty Carter y Monica McGoldrick, autoras del libro El ciclo vital familiar expandido, un texto clásico en terapia familiar, estas etapas vienen acompañadas de balances vitales: una revisión de lo logrado y de lo que aún queda por construir. Cuando ese balance se vive como decepcionante o insuficiente, el malestar se intensifica.

En ese contexto, el trabajo ocupa un lugar central. No solo porque organiza el tiempo y garantiza ingresos, sino porque estructura la vida cotidiana y se convierte en un eje clave de la identidad adulta.

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Cuando ese eje se percibe como vacío, precario o incoherente con los propios valores, el impacto no se limita a la oficina: se filtra en el cuerpo, en los vínculos y en la forma de imaginar el futuro. Pero este malestar no ocurre en el vacío ni puede explicarse solo desde la experiencia individual.

Desgaste generacional

Para millennials y centennials, este malestar no puede separarse del contexto social y económico en el que intentan construir sus vidas. Son generaciones que crecieron con promesas claras de éxito, realización y estabilidad, pero que hoy enfrentan un mercado laboral inestable, competitivo y muchas veces precarizado.

Es por esto que el autor Byung-Chul Han ha analizado cómo la cultura del rendimiento empuja a una autoexigencia permanente: ya no es necesario un jefe que presione; cada persona se convierte en su propio supervisor.

El cansancio deja de ser una consecuencia ocasional y se transforma en un estado constante. Desde esta perspectiva, el burnout no es una falla individual, sino un síntoma de un sistema que exige más de lo que devuelve.

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A este desgaste estructural se suma un mandato cultural particularmente pesado: la idea de que el trabajo debe ser una pasión. “Ama lo que haces” se ha instalado como un ideal incuestionable.

Cuando la experiencia real no coincide con ese mensaje, lo que aparece no es solo frustración, sino culpa. La sensación de que, si el trabajo no satisface emocionalmente, el problema está en uno.

Desde una mirada humanista, Abraham Maslow, una de las figuras centrales de la psicología humanista, planteó que la autorrealización solo es posible cuando existen condiciones mínimas de seguridad, reconocimiento y pertenencia.

Cuando estas fallan, no se trata de falta de motivación, sino de un contexto que limita el desarrollo. Sin embargo, el discurso dominante suele invisibilizar estas condiciones y trasladar toda la responsabilidad al individuo.

En la práctica clínica, explica Burgos, este desajuste se expresa como vacío, apatía, ansiedad, irritabilidad y pérdida de motivación. A nivel corporal, aparecen la fatiga crónica, los dolores musculares, el insomnio y diversos síntomas psicosomáticos. El cuerpo señala que algo no está funcionando.

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Para la psicóloga, las redes sociales intensifican este malestar. La exposición constante a trayectorias laborales exitosas, cuidadosamente editadas, alimenta la comparación y la sensación de estar quedándose atrás. La distancia entre lo prometido y lo posible se vuelve más evidente, y con ella, el desencanto.

No toda crisis, sin embargo, es una patología. Desde una perspectiva sistémica, el malestar puede funcionar como una señal de alerta que invita a revisar expectativas, valores y límites. Estos momentos pueden convertirse en oportunidades para fortalecer la resiliencia y reorganizar el proyecto vital.

El problema aparece cuando el vacío, la tristeza o la ansiedad se vuelven persistentes y empiezan a interferir con la vida cotidiana, el autocuidado y los vínculos. En esos casos, buscar ayuda profesional no es una derrota, sino una forma de cuidado.

El descontento no ofrece respuestas ni salidas ejemplares, pero sí pone en escena un malestar que atraviesa hoy a buena parte de quienes transitan la adultez temprana.

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Al narrar el agotamiento, el hastío y la sensación de vacío de su protagonista, la novela deja ver cómo el trabajo, cuando pierde sentido y se vuelve supervivencia, puede convertirse en un punto de quiebre identitario.

Más que una historia individual, el libro funciona como un síntoma: el de generaciones que cargan con la exigencia de rendir, sostenerse y “sentirse realizadas” en contextos laborales inestables y emocionalmente desgastantes.

En ese cruce entre burnout y crisis del cuarto de vida, el cansancio deja de ser solo físico y se vuelve existencial, una señal que invita a revisar qué lugar ocupa hoy el trabajo en la construcción de una vida adulta posible.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador.malvarez@elespectador.com

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